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miércoles, 5 de enero de 2011

La clave de la obra de Murakami

La da él mismo en un artículo titulado (no muy acertadamente, a mi entender) "Realidad A y Realidad B", publicado en una traducción justita y con problemas de maquetación (qué daño hace a la vista que se coman los espacios entre las palabras, y qué poca justificación tiene tamaño error) en La Vanguardia justo antes de navidades (cuando estaba aún más "entretenida" que ahora).

Murakami escribe: "el papel de una historia es mantener la solidez del puente espiritual construido entre el pasado y el futuro". Y aunque pueda decirse de tantas novelas (suyas y de otros escritores), me recordó la interesante sesión que dedicaron no hace tanto (o se me pasa a mí el tiempo muy deprisa) los Novelantes a Kafka en la orilla.

Os deseo un año lleno de interesantes lecturas y películas, pero también con viajes / paseos / excursiones (me pido lo mismo). No abandonéis las ilusiones y ellas no os abandonarán a vosotros (proclamo). Espero poder dejarme caer de vez en cuando por aquí. De mi tintero, mejor no hablar (reventó y lo puso todo perdido, el muy cochino).

lunes, 11 de octubre de 2010

Sábado en Japón

Con mucho retraso, porque los Novelantes le han dado ya tres vueltas al libro (por lo visto había que leerlo más de una vez, cosa que puede que yo, con mi mala memoria, haya hecho de forma inconsciente), conseguí acabar Saturday, de Ian McEwan, a tiempo para releer Kafka on the Shore, de Haruki Murakami (que los Novelantes comentan el jueves 14 de octubre).
Me dio mucha pereza ponerme con McEwan y el texto me dio la razón. Una vez más, el autor nos endilga una historia floja, que se hace leíble por lo bien que escribe el hombre. Saturday (2003) me recuerda muchísimo (demasiado) a Enduring Love (1997), y teniendo en cuenta que esta última me pareció bastante insoportable... Creo que Amsterdam (1998) me gustó más; pero no me acuerdo demasiado. Sé que cuando leí Atonement (2007) respiré aliviada: por fin me contaba algo que me interesaba, una historia con fundamento. Vamos, que por mucho que sea un autor premiadísimo, uno de los 50 mejores escritores británicos desde 1945 según The Times, a mí McEwan tiende a aburrirme / irritarme. Le reconozco lo bien que escribe (si no, no hubiera pasado del primer libro), pero esos mundos burgueses en los que él se siente tan cómodo no me resultan excesivamente interesantes (por no decir que me dan urticaria directamente). En el caso concreto de la novela que nos ocupa, en mi opinión, si se trata de narrar un día "à la Woolf", debe ser un día con sus más y sus menos; pero no tan disparatado y excesivo como el del médico ese (por cierto, cómo se nota que estuvo dos años presenciando el trabajo de un neurocirujano, que ya son ganas, pero al menos le sirvió de mucho en la novela). Es que le pasan unas cosas de lo más inverosímil (y absurdas, no solo se enfrenta a un desequilibrado con problemas neurológicos, que ya es casualidad, sino que va y ¡lo ablandan con poesía!).
Lo curioso es que inverosímil sería un adjetivo muy adecuado para la novela de Murakami y en cambio me lo creo todo (los gatos que hablan, las puertas de acceso a otros mundos, los chulos caracterizados como el señor del Kentucky Fried Chicken y con unos poderes que no veas...). Supongo que es porque no consigo adentrarme en el mundo de McEwan (ni lo deseo) y en cambio Murakami me seduce de tal manera que me sumerjo encantada en las historias más increíbles. De hecho, puede que Murakami no escriba tan bien como McEwan (apostaría algo a que es así, a pesar de a McEwan lo leo en inglés y a Murakami traducido); pero tiene una facilidad pasmosa para fabular y atraer al lector a su mundo. Me parecen, justamente, dos autores totalmente opuestos; cada uno de ellos sobresale en un aspecto clave (a mi entender) de la ficción: el estilo (McEwan), la trama (Murakami). Aunque para ser exactos, en la obra de Murakami no es tan importante lo que pasa como la ambientación que se crea alrededor de los sucesos. Y en eso es muy japonés por más que muchos críticos de su país le tilden de excesivamente occidental (hubiera entendido más que le acusaran de "pop", la verdad, aunque tampoco lo comparto).
Con la relectura de Kafka... se confirma que las novelas (los cuentos no creo) de Murakami resisten nuevas lecturas si se deja pasar un tiempo prudencial. La verdad es que recordaba algunas cosas; pero otras, no. Es curioso porque no me acordaba para nada de la "pulsión sexual" del libro. Y ha sido interesante captar referencias que la primera vez se me escaparon (ahora he leído a Soseki, he visto a los ciervos en los templos, he viajado dos veces a Japón). Habrá que seguir releyendo.

Kafka en la orilla está publicada por Tusquets (también en edición de bolsillo).
Sábado está disponible en Anagrama y Quinteto (bolsillo).

domingo, 10 de octubre de 2010

Miyuki Miyabe, por fin en español

El próximo día 18 sale a la venta la primera novela de Miyuki Miyabe en español, publicada por Quaterni (traducción del inglés de Purificación Meseguer). La primera, pero no la última; porque le seguirán Crossfire, The Devil's Whisper y Shadow Family; todo un festín. Esta "avanzadilla" (es mucho más que eso, la verdad) es Kasha (1992), una novela que me cautivó las pasadas navidades tras comprarla en Tokio. Miyabe es una escritora japonesa de gran prestigio y una abundante (y variada) obra.
Respecto a la edición en español, un primer aspecto a comentar sería el título. Me consta que en la editorial le dieron bastantes vueltas al tema. No era sencillo. El título original es metafórico y hace referencia a una criatura mítica sintoísta que devora los cadáveres. Para un japonés, la referencia es, por lo tanto, clara y puede ver cómo se construye la metáfora al leer el libro. Para un occidental, no está tan claro. Aquí podía optarse por dejar el título original y explicar qué es eso del Kasha (Quaterni lo hace, desde luego), o cambiarlo por otro totalmente diferente, como hicieron en la traducción al inglés (All She Was Worth). La solución de Quaterni (La sombra del Kasha) no me acaba de convencer (para gustos, colores), porque yo creo que llama a error. Puede pensarse (y a eso ayuda el diseño de la portada) que vamos a leer una historia de espíritus (y yo no contaría con ello). Vamos, que puede hacer que algunos lectores se sientan defraudados por un contenido más sociológico que de terror. Y que otros lectores que no se animen a leer la novela pensando que es una historia de terror, se pierdan un libro estupendo que no puedo sino recomendar. Pero, vamos, que el título original suponía, sin duda, un reto.
La traducción parece muy correcta y fluida, lo que me hace pensar que es posible que los lectores en español salgan ganando con una traducción del inglés en lugar de una del japonés. En mi experiencia, las traducciones de novelas en japonés al español no acaban de dar grandes resultados (suelen chirriar bastante, con loables excepciones como el Kafka en la orilla de Lourdes Porta). En cambio las traducciones al inglés suelen ser muy buenas. Quizás a alguien pueda llamarle la atención esta práctica, que es, por otra parte, bastante habitual entre las editoriales de este país. Sin ir más lejos, la versión catalana de dos de los tres volúmenes de Millenium se hizo del francés. En fin no seré yo quien defienda las traducciones de lenguas puente; pero tampoco voy a criticarlas si el lector sale ganando. Y ya digo, muchas traducciones al inglés que he leído me han parecido muy fieles al espíritu original de las novelas japonesas (desde las limitaciones de alguien que no habla japonés, pero que aprecia una prosa natural y no forzada), entre ellas, la de la novela que nos ocupa.
Pues, nada, a disfrutar de una trama rica y variada, bien hilvanada, que además nos descubrirá una cara de Tokio que puede resultarnos desconocida (y brutal). Y todo ello de la mano del inspector Honma, el típico policía japonés que no es un genio, pero que resuelve los casos a base de tenacidad cuando no está comiendo, bebiendo sake, leyendo el periódico o viajando el tren.
Una auténtica novela policíaca (recomendable incluso para quienes no sean muy partidarios de este género), por más que atípica (de ahí su atractivo para muchos públicos diferentes), que engancha y mantiene el interés hasta el mísmisimo final, inesperado por abrupto y muy original.

Se puede descargar el primer capítulo aquí.

viernes, 27 de agosto de 2010

Para los restos

En su (vano) afán por conseguir titulares a la anglosajona, o por pura ignorancia / falta de sensibilidad del redactor (vaya usted a saber), los periódicos nos obsequian continuamente con titulares como este de hoy del ABC: Los restos de los guardias viajan a sus localidades tras un emotivo funeral. Sin entrar en las claras diferencias entre unos "restos" y otros que se han dado en este caso, sí parece evidente que se refieren a los "restos mortales" de los guardias civiles asesinados en Afganistán.
Más sensibilidad (por llamarla de alguna manera) demuestran las autoridades niponas que, según muestra el mismo periódico en su edición de hoy, tienen a bien colocar una figura de Buda en la entrada de la sala donde ahorcan a los condenados a muerte. Hay que ser detallista, sí señor.

Actualmente son muy pocos los países que llevan a cabo ejecuciones. Japón destaca claramente entre los grandes países industrializados por ser el único con un sistema de pena de muerte plenamente operativo; aunque parece que el partido gobernante desea abrir un debate al respecto.

jueves, 5 de agosto de 2010

Rebajas de agosto: cine

Vamos a ver si hacemos un poco de limpieza aunque sea ofreciendo algunos artículos a precio de saldo; o nos sumamos a las rebajas o no hay manera de hacer inventario, con tanto género de otras temporadas. Así que hoy "hablaremos", brevemente, de cinco películas, muy variadas, que he visto este año.
Empezaremos con
Luck by Chance (2009), la película india con la que se inauguró el BAFF en su última edición y que supuso el debut de la directora Zoya Akhtar. Un viaje a las entrañas de Bollywood, más ambicioso que conseguido; más juguetón que sarcástico. Con coreografías (no podían faltar) de Vaibhavi Merchant y cameos de actores tan famosos como Hrithik Roshan (conocido en mi casa como "el mazas" por el asombroso volumen de sus músculos), John Abraham (a quien algunos conocemos como "el paleto" tras hacer un papel un poco tonto en una película bastante ridícula), Abhishek Bachchan, Kareena Kapoor, Rani Mukerji, Vivek Oberoi y, el dios de ese panteón, el gran Shahrukh Khan. Lo mejor de cada casa, vaya; no en vano la directora pertenece a una familia "bollywoodiense" donde las haya. Para fans de Bollywood resulta muy digna (dichos fans acaban tragándose cada tontería...).
Seguiremos con un hombre que no falla (sobre todo si la película parece hecha a medida para él): George Clooney. Es, sin duda, el protagonista absoluto de
Up in the Air (2009), del canadiense Jason Reitman (director de la muy aclamada Juno, de 2007, con la que tampoco ganó todos los Óscars a los que aspiraba). Y como en la propia Juno, falta amargura. Son películas bien hechas, que no ofenden la inteligencia de la gente, con actuaciones sólidas, guiones que no chirrían... pero que se olvidan sin más y no llegan a donde ambicionaban. Pero se pasa un rato entretenido, y Clooney es un tipo agradable y de buena presencia que no molesta tener delante durante una hora y media.
Va de guapos oficiales la cosa.
A Walk in the Moon (1999) y Good (2008) tienen un actor en común (aunque en la primera casi no hable, queda la mar de decorativo en plan hippy): Viggo Mortensen. La primera peli está dirigida muy dignamente por Tony Goldwyn, más conocido por ser el malo de Ghost. Podría ser un "telefilme" de sobremesa; pero los actores lo hacen bien (incluso los que no tienen guión) y la cosa tiene su interés. Además tiene la particularidad de estar ambientada en el año de mi nacimiento (que no diré cuál es, aunque puedo dar la pista, extremadamente útil y reveladora, de que fue en el siglo pasado). La segunda era más ambiciosa y parece que esta entrada va de ambiciones fallidas. En este caso, muy estrepitosamente. El pobre Mortensen, que es buen actor, no sabe qué hacer con un papel tan absurdo y tan mal definido. Cuando se acaba la película (dirigida por Vicente Amorim) nos quedamos con la boca abierta ante un desvarío semejante. Además, creo que ya lo he dicho alguna vez, a mí que los nazis hablen en inglés es algo que no me convence nunca.
Tras la sesión doble con el bueno de Viggo, y como broche de oro:
Picture Bride (1995) de Kayo Hatta. La "novia de foto" del título se refiere a las japonesas que se casaban (a principios del siglo XX) con inmigrantes que estaban trabajando en Estados Unidos a los que solo conocían por la foto que les enseñaban las casamenteras. Está ambientada en una plantación de azúcar de Hawai. Esta digna muestra de cine independiente ganó varios premios en festivales cinematográficos de renombre y muestra la dureza de las condiciones en las que vivían estas mujeres, y sus recursos. Flojea un poco hacia el final, pero tiene una hermosa fotografía.

lunes, 2 de agosto de 2010

Revoltillo japonés

No miremos atrás, que el número de borradores sin editar de este blog da auténtico pavor. Con ánimo constructivo, comentaremos brevemente, que es agosto y hace mucho calor (acabo de descubrir con gran asombro que el sudor puede pegarse a los ordenadores), la última peli y novela japonesas que he visto/leído (y alguna otra cosilla, ya que estamos).
Con Kuki ningyo (Air Doll), de Kore-Eda Hirokazu, me pasó como con El cielo es azul, la tierra blanca (novela de 2001 de Hiromi Kawakami). Iba viendo la película (mi primera visita a los cines de mi barrio en meses, dispuesta a disfrutar hasta del rato previo sin imágenes) e iba pensando "pues, bueno, pues me alegro"; por decirlo de alguna forma. No me sentía demasiado implicada por la fantasiosa fábula de la muñeca hinchable que se volvía de carne y hueso (la veía incluso un tanto forzada). Pero salí del cine con una gran tristeza (me repito, supongo, pero la afición al amor, la soledad y la muerte de esta buena gente, y a su combinación, por más señas, acabará conmigo). Y sigo recordando esa película como una experiencia dolorosa; es decir, me dejó más marca de la que hubiera esperado. En el caso de la novela de Kawakami, tres cuartos de lo mismo. La leía pensando que si nos dicen que es una historia de amor, pues habrá que creérselo; a mí más bien me parecía una apología de las izakayas (tabernas japonesas) que otra cosa. Sin embargo, semanas después, recuerdo la vida de la protagonista y su extraña relación amorosa con una punzada de dolor.
Desde luego, Kore-Eda Hirokazu parece obsesionado con la insatisfacción (además de los temas de siempre), presente en Still Walking y en Air Doll; algo no solo muy japonés, sino muy humano (como los consabidos temitas). En fin, lo que me queda claro es que si sigo reincidiendo con estos japoneses es porque hay algo en esa cultura que me atrae irremediablemente. Me pasó durante las vacaciones con una de las primeras novelas de Banana Yoshimoto, Goodbye Tsugumi (1989). No hubiera sido capaz de recomendarla a nadie; pero me encantaba volver a ese pueblo costero por las noches, en la cama, o en el jardín, después de comer. Me sentía super a gusto allí. Y eso que cuando acabé el libro pensé "otra vez me ha timado esta mujer, vaya por dios". Creo que me gusta tanto Japón, que si no puedo estar físicamente (ya caerá el tercer viaje, ya, todo llegará), me gusta sumergirme en ambientaciones que consiguen que me vea inmersa en esa cultura; me cuenten lo que me cuenten. Al final, el punto fuerte de muchas películas y novelas japonesas es, en mi opinión, el ambiente que recrean. Por eso no suele importar que no nos cuenten demasiado. Porque la historia no es lo más relevante. Son los instantes que se aprehenden. Y por eso, creo que el principal problema de Air Doll es que quiere contarnos una historia con su moraleja y todo (lo del vacío existencial y la muñeca hinchable es un poco demasiado evidente, para mi gusto). E igual no hacía falta.
En fin. Sé que mis análisis no están resultando muy sesudos. Esto no deja de ser un diario y lo que me importa es dejar constancia de mis lecturas, momento vital y demás. Hay días de más inspiración y de menos. Estamos de vuelta, pero por poco tiempo.

El cielo es azul, la tierra blanca
está en castellano en Narrativa del Acantilado.
Tsugumi está en castellano en Tusquets Editores.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Murakami a la carrera

Después de un montón de tiempo sin ir a correr, el otro día me hice cuatro kilómetros escasos (poquísimo, pero es que estoy desentrenada) por obra y gracia de la lectura de What I Talk About When I Talk About Running (Hashiru Koto Ni Tsuite Kataru Toki Ni Boku No Kataru Koto, 2007, diría que no está traducido al español), tal es el poder que tiene este hombre sobre mí. Bromas aparte, es difícil leer este librillo y no sentir ganas de ponerse en forma, y no será porque no cuente también todos los inconvenientes (el dolor, las lesiones, el calor, el cansancio, etc.).En la crítica que apareció en el New York Times cuando se tradujo al inglés, Geoff Dyer (que, por cierto, dejaba el libro a caer de un burro), decía de los potenciales lectores de este libro que serían "un 70% de fanáticos de Murakami, un 10% de entusiastas de este deporte y un 20% de fanáticos de Murakami y aficionados a correr que sencillamente estarían al borde del orgasmo antes siquiera de pagar en la librería". Me temo que estoy en ese 20%; no tanto por mi afición a correr (es algo que he hecho durante años de forma poco constante, según la época en la que me pilla la idea), como por el hecho ineludible de que me leería sus listas de la compra si Murakami hiciese como mi marido y no las tirase jamás.
Dyer se queja de la falta de estilo de Murakami, de lo poco trabajado que está el libro, de su sencillísima prosa. Es cierto que no está a la altura de nada de lo que he leído suyo (cosa que me imaginaba y por eso no lo había leído hasta ahora). Pero tiene otros aspectos interesantes. Por ejemplo, vemos la claridad de ideas de este hombre (Murakami, no Dyer). Me imagino que al ser un librito muy conciso, se ha simplificado mucho todo; pero no deja de ser admirable. He de reconocer que Murakami es un tipo que me cae bien. Aunque no me parece un requisito para leer la obra de nadie, desde luego, es más fácil que te gusten estos retazos de memorias si ya de entrada el hombre te resulta simpático. Y hay algunas partes cuyo mérito reconoce hasta el "criticón" de Dyer, como cuando nos cuenta que se va a Atenas para correr la ruta original de la maratón, en pleno verano. Quizá es la parte que más me ha gustado más a mí también.
Cuando comenté con otro entusiasta de Murakami que este decía que la mayor parte de lo que sabe sobre la escritura lo ha aprendido corriendo a diario, este escéptico por naturaleza (mi amigo, no Murakami) apuntó que siempre se pueden encontrar paralelismos entre los oficios y las aficiones (por lo visto, Camus decía que la mayor parte de lo que sabía sobre la moralidad y el sentido del deber lo había aprendido del fútbol). Pero lo cierto es que Murakami lo explica de forma que parece que realmente correr forme parte de su oficio de escritor. Nos dice que la literatura es tóxica (en cuanto el escritor se enfrenta a la toxina de la que no puede escaparse nada humano, sin la cual no hay creatividad) y que para hacer algo contaminante, como escribir, hay que estar muy sano.
Pues nada, ahora sí que solo me queda esperar a que traduzcan su última novela (ya tardan).

Los Novelantes han incluido (por fin) a Murakami en su cartel y hablarán de Kafka en la orilla en octubre.

sábado, 23 de enero de 2010

Sin final feliz (como la vida misma, vamos)

Con un título como Los canallas duermen en paz (Warui yatsu hodo yoku nemuru, 1960) y la corrupción inmobiliaria como tema de fondo (por cierto, vemos que no es nada nuevo, ya pasaba en el Tokio de la posguerra hace 50 años), está claro que esta película de Akira Kurosawa no puede sino ser una tragedia. Y como no es americano, lo del final feliz, como que se la trae al fresco.
La fama de este director se debe en gran parte a sus películas de época, que retratan el Japón feudal y se inscriben dentro de uno de los grandes géneros del cine japonés, el "jidaigeki". La más famosa sería, seguramente, Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), que tenemos pendiente de ver un día de estos. Pero Kurosawa también hizo películas del otro gran género japonés, el "gendaigeki", que toca temas y problemas contemporáneos. Y Los canallas... es una de estas.
Kurosawa refleja aquí un Japón que trataba de renacer tras la segunda guerra mundial y que encontró la forma de hacerlo mediante un capitalismo exacerbado que anulaba al individuo. Se trata de un tema muy teatral, en cuanto los personajes son meras marionetas de un sistema cruel que no permite escapatoria ni redención. Los personajes de Kurosawa son extremos, pero no caricaturas; hasta el malo-malísimo (Iwabuchi) tiene su corazoncito y hace barbacoas para distraer a su hija lisiada. Los actores (Kurosawa siempre trabajaba con los mejores) también contribuyen a que sus personajes no sean planos. Uno de sus favoritos era Toshiro Mifune, el protagonista de esta película, en la que interpreta a un joven atormentado, digno de la literatura de Dostoievski; lo cual no es coincidencia, porque Kurosawa reconocía a este novelista como una de sus principales influencias. La otra sería Shakespeare. De hecho, a menudo se han comentado los paralelismos de la trama de esta película con Hamlet (y alguno hay).
Los canallas... es una película realista filmada a la manera del cine negro americano y con una puesta en escena totalmente teatral; sobre todo al principio, con esa escena de la boda que se considera uno de los mejores comienzos de película de la historia del cine y que sirve, como la primera escena del primer acto de una obra de teatro, para presentar a los personajes gracias al artificio de la presencia de los policías y los periodistas, que son quienes facilitan la información. He de decir que a mí esta gente tan realista (como los guionistas de la serie de televisión "The Wire"), me mata. Shakespeare escribía tragedias; pero al menos tenía el concepto de la "justicia poética" para darnos un respiro como espectadores / lectores.

miércoles, 20 de enero de 2010

La cara oscura de Tokio

Por más que le guste esa ciudad a mi compañero de viajes, está claro que en todas partes cuecen habas, y tras descubrir el año pasado que hasta en Suecia había injusticias, corrupciones y demás, pues tampoco vamos a mitificar a los japoneses. De hecho, aparte de mi fotógrafo particular, seguramente nadie idealiza a un país obsesionado con la soledad y la muerte, que ha dado un vuelco tan grande desde la destrucción total causada por la segunda guerra mundial hasta la sociedad de consumo feroz y la bonanza económica (todo ello en menos de medio siglo), que claro, se han quedado un poco descolocados.
Para mí, uno de los grandes defectos de los japoneses (generalizando que es gerundio) es su consumismo, algo que me ha dejado patidifusa en las dos ocasiones que he estado en Tokio; sobre todo en el elegante y comercial barrio de Ginza, donde la gente hace cola para entrar a la tienda de ropa de moda como otros la hacen para ir a la discoteca. No deja de sorprenderme ver aglomeraciones en joyerías tipo Tiffany's o tiendas como Louis Vuitton, sobre todo porque en Barcelona parece que nunca haya más de un cliente dentro y a mí no se me ocurriría entrar en la vida. Pero no es que los japoneses entren a curiosear, ¡es que salen con bolsas! Me maravilla, vamos.

Y de ese consumismo y sus consecuencias personales y sociales es de lo que trata una estupenda novela de Miyuki Miyabe,
All She Was Worth (Kasha, 1992), premio Yamamoto Shugoro. Miyabe es una escritora tremendamente popular (y con gran prestigio crítico) en Japón y en otros países asiáticos que ha publicado novelas fantásticas, de terror, policíacas, de ficción histórica, de denuncia social, juveniles... Rara vez concede entrevistas, pero en una que he leído habla sobre las dos caras de Tokio: una reluciente y de poder económico (la que se conoce en el extranjero), y otra donde vive la gente normal y corriente, la que no tiene acceso al Tokio hermoso, que casi les asusta. Y ella ha elegido escribir sobre la cara que no reluce.
En el caso de
Kasha (el título en japonés hace referencia a una criatura mítica sintoísta que devoraba los cadáveres), Miyabe denuncia, desde una interesante perspectiva femenina, el consumismo de los japoneses y sus nefastas consecuencias. Lo curioso es que a pesar de que el contenido es casi de ensayo sociológico, se ha elegido como vehículo una novela policíaca, con el típico inspector de policía japonés que no es un genio, pero que resuelve los casos a base de tenacidad cuando no está comiendo (como un detective que yo me sé, pero sin los revolcones, que los nipones son muy púdicos), bebiendo sake o leyendo el periódico (o viajando el tren, que también tienen mucha afición).
Y el género no es excusa, estamos ante una auténtica novela policíaca, por más que atípica, que engancha y mantiene el interés hasta el mísmisimo final, inesperado por abrupto y muy original; aunque no resuelve algunas dudas (ni falta que hace, seguramente). Lo que empieza con la desaparición de una mujer tras lo que podría ser una riña de enamorados (por simplificar) acaba resultando una disección de la sociedad japonesa y sus encorsetamientos, vías de escape, trampas... La desesperación de una mujer es el hilo que mantiene firmamente hilvanada una trama rica y sofisticada, escrita con eficacia y (seguramente, por la impresión que me da) bien traducida. Un libro de los que no se leen todos los días. Absolutamente recomendable a pesar de la tendencia a las peroratas de algunos personajes (que según a quien pueden no resultar del todo creíbles).

Pero, claro, una escritora que lleva la friolera de 46 novelas publicadas (traducidas a 11 idiomas, son especialmente populares en China y en Corea), no puede mantener siempre el listón así de alto. Llevados por el entusiasmo tras leer All She Was Worth, nos propulsamos a comprar otro de sus libros en Kokuniya (creo que la estupenda librería de Times Square, en Shinjuku, se llama así) durante nuestra estancia en Tokio y dimos con The Devil's Whisper (1989, Majutsu wa sasayaku) que parece talmente que lo haya escrito otro autor. De entrada, la prosa no tiene nada que ver; resulta de lo más plana, algo que puede achacarse en parte a la autora, pero como se publicó tan solo tres años antes que Kasha, pues no lo acabo de ver muy claro. Yo diría que el traductor al inglés tiene mucha culpa; aunque, evidentemente, es solo una suposición. Otra teoría mía sería que esta novela esté destinada a un público juvenil (o al menos más joven que yo); algo que se vería refrendado por el hecho de que el protagonista sea un adolescente y se expliquen conceptos como el de "publicidad subliminal" que todos los adultos conocemos.
Lo que está claro es que se trata de una obra ambiciosa que no ha conseguido ser redonda. Será por tramas y subtramas: el negocio de utilizar a jóvenes que exprimen a hombres solitarios con medios (de lo más cruel), los daños que puede ocasionar la publicidad subliminal, el poder de la hipnosis, los "matones" del instituto, el rechazo social a los familiares de un ladrón de guante blanco o, de hecho, de cualquier persona a la que detenga la policía, la afición a robar en las tiendas... Vamos, que hay de todo, por no hablar de las cuitas de la adolescencia. Y lo curioso es que todo tiene un cierto sentido y la trama principal no se desmadra en exceso. Al final estamos hablando de cómo se puede manipular a las personas (da pavor lo fácil que parece). Y algo tiene la novela, claro, porque si no la hubiera dejado en la página 80 que para eso la ponen en las novelas. De hecho, resulta bastante llamativo que yo me haya leído semejante libro; hay que reconocerle ese mérito. Aunque en parte era por la magnífica impresión que me había causado
Kasha.

En inglés hay traducidos cinco libros de Miyuki Miyabe. En español no hay ninguno de momento.

martes, 19 de enero de 2010

En el tintero (III): libros y más libros

Bueno, ya veo el tintero medio vacío en lugar de medio lleno. Hablando en serio, espero dejarlo listo en enero; porque se me está llenando ya el de este año. Entre los libros leídos en 2009 y aún sin reseñar, destacaremos The Family Moskat (1945) de Isaac Bashevis Singer, premio Nobel de Literatura en 1978. Para entendernos, viene a ser un "antes de Auschwitz". Influidos por las películas de nazis, al final parece que en Alemania o en Polonia se pasara directamente de una situación normal al exterminio. Este libro muestra el deterioro de la convivencia, desde el desprecio a los golpes, pasando por los insultos, en Varsovia. Como ejemplo, al principio los judíos no pueden ir a la universidad; luego sí, pero no les dejan sentarse... La situación va "calentándose" hasta que sienten miedo de caminar por la calle fuera de sus barrios. A través de una familia (en la que se aprecian ecos de la familia de la que provenía el autor), se narran las decepciones de la vida, la insatisfacción de una clase social, todo ello desde principios del siglo XX hasta 1939, cuando estalla la guerra. Otro aspecto interesante para quien no conozca mucho de ese "antes de Auschwitz" es el amplio "muestrario" de judíos que aparece en la novela (siempre parece que fueran todos calcados); desde los muy ortodoxos que siguen las tradiciones al pie de la letra, como antaño, hasta los no practicantes, los que se convierten al catolicismo; desde las mujeres que llevan pelucas hasta las que se pintan. Sionistas, filósofos, "dilettantes", los que emigran a América, el sueño de Palestina; todo ello tiene cabida en esta novela de un escritor polaco que, aunque nacionalizado americano, siempre escribió en yiddish (supervisaba las traducciones al inglés). Muy recomendable.
Y seguimos con personajes judíos. Barney's version (1997) es una novela de Mordecai Richler, a quien se ha considerado en diversas ocasiones como el mejor escritor canadiense del siglo XX. Richler ha sido siempre un escritor provocador, con un ácido sentido del humor, y en esta novela hace gala de su incorrección política con un personaje de marcado corte autobiográfico que, como él, critica a la sociedad judía de Montreal y a los nacionalistas canadienses de ambos bandos. La verdad es que me esperaba más de un autor con tanta fama. Se trata de una novela bien escrita y para nada aburrida; pero no memorable. Quizá debería leer alguna de sus primeras novelas.
Otro de esos autores a quienes precede su fama y que estaban en mi lista de "hay que catar" es Kurt Vonnegut. De nuevo, puede que haya errado la obra con la que conocerle. Leí en diciembre Armageddon in Retrospect (and other new and unpublished writings on war and peace), una colección de relatos y escritos publicada de forma póstuma en 2008. Me pareció interesante el punto de vista del soldado raso estadounidense destinado a Europa en la segunda guerra mundial. De hecho, me acordaba de ello durante la visita a Hiroshima (porque en estos relatos se habla de la destrucción de Dresden, creo recordar). Puede que haya que seguir indagando y leer algo más representativo de este autor.
Acabaremos con los anglosajones (es un decir) con The House of Sleep (1997) de Jonathan Coe. Coe es un escritor curioso: escribe bien, sus novelas son muy elaboradas, inteligentes y divertidas, las ambienta bien... Pero no acaban de "cuajar". Sobre todo porque siempre lleva las tramas un paso más allá de lo que debería. Pensé lo mismo cuando leí su anterior novela, la disparatada ¡Menudo reparto!, sátira sobre la Inglaterra de Margaret Thatcher galardonada en Inglaterra y Francia (como la que nos ocupa).
Y, para finalizar, una novela japonesa (cómo no); Un grito de amor desde el centro del mundo
(2001) de Kyoichi Katayama. Se trata, según Alfaguara, de la novela japonesa más leída de todos los tiempos. De hecho, en el año 2004 alcanzó los tres millones de ejemplares vendidos, arrebatándole a la mismísima Norwegian Wood de Murakami el honor de ser la novela más vendida de todos los tiempos en Japón. Además se ha hecho una película, un manga y una serie de televisión como adaptación de la novela, que se enmarca en una tendencia nipona de principios de siglo XXI que ensalza el amor puro. Todo ello hizo que sintiera curiosidad y como es un librito tan corto, no había excusa para no echarle un tiento. Mi conclusión: me pilla mayor, al tratarse de un amor claramente adolescente narrado de forma simple. Con todo, tiene su interés, sobre todo la primera mitad (luego pierde bastante), la ambientación de algunas escenas y el personaje del abuelo del protagonista. Aunque desde ahora mismo aviso: no solo va de amor, sino que la muerte está muy presente (qué gente estos japoneses, no dejan pasar una oportunidad).

La familia Moskat está publicada por RBA.
La versión de Barney está publicada por Mondadori.
De Kurt Vonnegut hay varios libros en español, aunque creo el reseñado aquí no está traducido aún.
En español, La casa del sueño y ¡Menudo reparto! están publicadas en Anagrama. Trama de la primera aquí.

lunes, 11 de enero de 2010

Momentos estrella: Japón

Estos son (no necesariamente en este orden) los momentos más destacados de nuestro reciente viaje a Japón.

1. La aparición del Fuji. Pensábamos que no podríamos verlo tampoco este viaje, con la niebla que cubría el lago Ashi en Hakone. Y de repente, empezaron a subir las nubes y apareció el Fuji en toda su majestuosidad. Parecía que se hubiera alzado un telón. Imposible describirlo; no es solo un tema visual. Transmite una energía parecida a la del Ganges. La exclamación de asombro me salió del alma.

2. El festín del ryokan. También en Hakone, nos dimos un gustazo y cenamos en el ryokan (posada típica japonesa) en el que nos alojábamos. Iban saliendo platos que nunca hubiéramos pedido voluntariamente; pero que estaban buenísimos. Me acordaré siempre de un pobre pescado (sashimi) y su cuidada presentación (parecía que estaba haciendo una postura de yoga). Todo ello regado con abundante té verde tostado y servido en una vajilla exquisita.

3. El onsen. Como último momento a destacar en Hakone, el onsen (los baños termales) del mencionado ryokan. Pensé que no me atrevería a salir al baño exterior y me limitaría a sumergirme en las aguas termales de la piscina cubierta. Pero al final me picó la curiosidad y para allá que me fui a pesar del frío que hacía. Se estaba de fábula; rodeada de rocas y árboles.

4. El reencuentro con Tokio. Es una ciudad increíble. La segunda vez que vas ya no te sorprende todo tanto, claro; no andas por Ginza con la boca abierta como si llegaras del pueblo. Pero, a cambio, tienes la expectativa de volver a oír la musiquilla de la Yamanote (una línea de metro famosa por sus melodías), ir a algún restaurante que te encantó (para comer tonkatsu otra vez, unas frituras deliciosas)... Y, sobre todo, volver a Shinjuku; nuestro barrio favorito. Con la estación de tren por la que pasan más personas al día, sus grandes almacenes (con los sótanos dedicados a la alimentación que tanto me gustan y nuestra librería favorita), las luces, el follón... Otro mundo.

5. Sadako, una niña como símbolo del horror. A la tragedia de Hiroshima no nos es tan fácil ponerle rostro como a Auschwitz, por poner un ejemplo. Los malos en este caso son justamente los que hacen las pelis y si no les conviene el tema... Pero cuando vas al Museo de la Paz en Hiroshima, al lado de ese río en el que en su día flotaron miles de cadáveres, y lees la historia de esa niña a la que diagnostican leucemia diez años después de la bomba atómica y, a sus doce años, decide confeccionar mil grullas (símbolo de longevidad) de papel con la esperanza de curarse... Cuando ves en ese mismo museo esas grullas diminutas (escaseaba el papel) y lees y oyes las historias de todas esas víctimas que no murieron el día de la bomba, sino diez, veinte, treinta años después... Detrás de tantos ceros como tiene la cifra de víctimas hay miles de historias de personas normales; de vidas truncadas; de sinsentido y sobre todo, de un dolor infinito que trasciende las décadas.

6. El ryokan de Kioto. Estaba lejos del centro, en las colinas, rodeado de bosques. Nuestra habitación daba a un jardín. Dormíamos en futones sobre tatami. Y me pegaba unos desayunos japoneses, con su sopa de miso, el arroz, el té verde y todos los platillos (diferentes cada día)... La gente que lo llevaba eran muy simpáticos. Una abuela dirigía el cotarro y no se le escapaba detalle. La noche de fin de año cenamos allí; fuera nevaba...

7. Día de Año Nuevo en Kioto. Mareas humanas en templos como Kiyomizu-dera. Todo el mundo quiere pedir salud y éxito para los próximos doce meses. Hay parejas vestidas de forma tradicional, encantadas de que las fotografíen (no los turistas, que también, sino el resto de la gente que ha ido al templo); para amortizar el esfuerzo, supongo. Se ven familias enteras leyendo su fortuna (los monjes budistas hacen su agosto el uno de enero) y colgando los papelitos cuando no les ha salido buena suerte, para que se disipe el mal fario. Y entre templo y templo, venga a comer (las tiendas de dulces no dan abasto).

8. Los jardines zen de los templos de Kioto. Hasta que no los ves en persona, no te das cuenta de lo que son en realidad. En foto pierden mucho. En directo transmiten una calma, una armonía...

9. La casa de té de Nara-koen. En el parque de Nara, durante la visita y entre ciervo y ciervo, teníamos tanto frío que entramos en una casa de té tradicional en la que además dejaban fumar. El paraíso, vaya. Tomamos macha, dulces de azuki, sopa dulce de alubias rojas, algas confitadas...

10. La comida, la comida. Esa tempura tan rica (y tan cara) que te hacen delante tuyo, soba, algas de todo tipo, tofu, mochis, platillos con objetos no identificados y sin embargo comestibles y encima deliciosos... Y todo tan bien presentado, con unos platitos y utensilios de un gusto tan refinado...

La foto es de Jaime Seuma Sandoval, de quién si no (haciendo clic encima se puede ver a mayor tamaño).
Más fotos del viaje aquí.

sábado, 12 de diciembre de 2009

La guerra es siempre injusta

Como a muchos, me resultó muy llamativo en su momento el anuncio de la concesión del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama por el motivo que él mismo mencionó en su discurso en Oslo; porque se le ha dado al principio de su mandato. En mi opinión, se le ha otorgado por sus buenas intenciones y no por una buena labor de su Gobierno; lo cual es un error. En inglés hay un dicho, algo así como que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. También se suele decir que el infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo, de buenas obras. Pues eso, buenas intenciones y carisma le sobran a Obama; eso está claro. Pero habría que dejar los premios para dentro de unos añitos; no sea que no lleguemos a ver grandes acciones por su parte (ojalá me equivoque, por lo mucho que nos jugamos todos).
He leído su discurso de aceptación del premio por pura curiosidad, tras ver en el periódico que los supervivientes de Hiroshima (ciudad a la que espero ir estas navidades, para visitar el museo y el parque conmemorativo, monumentos por la paz) y Nagasaki se han sentido defraudados por el escaso pacifismo mostrado por el Presidente norteamericano. Que ya es tener fe en la humanidad, digo yo. Tras pasar por lo que pasaron, aún tienen semejantes esperanzas. Optimismo puro. Me he encontrado con un texto lleno de excusas para el despliegue militar en Afganistán, trufado de citas de Martin Luther King y su adorado Presidente Kennedy, menciones a Gandhi y a las atrocidades de la segunda guerra mundial. Pero hubiera estado bien, efectivamente, que si al hombre le han dado el premio (básicamente) por su iniciativa para eliminar en un futuro los arsenales nucleares existentes en el mundo (un brindis al sol, me parece a mí), no pasara tan de puntillas por las bombas atómicas que tan alegremente y con tan poco fundamento lanzó su país sobre esas ciudades japonesas. Porque mucho hablar de civiles, pero justamente allí murieron muchísimos niños, ancianos, mujeres... lo lógico si tiras una bomba sobre una ciudad, vaya, que le das a los colegios.

A mí me ha apenado la frase "un movimiento no violento no hubiera podido detener a los ejércitos de Hitler
" para argumentar que a veces la guerra es necesaria. Hitler no hubiera llegado a estar al frente de esos ejércitos sin que le votara antes una población acuciada por la crisis económica y le apoyaran después, de forma más o menos velada, otros países. Hitler no se generó espontáneamente; fue el resultado de una serie de circunstancias. Y es ahí donde los movimientos no violentos pueden hacer mucho para evitar guerras. Sé que Obama no es responsable de la historia de su país, ni de los gobiernos que le han precedido; pero no veo cómo puede justificar la guerra en Irak (por mucho que tenga las manos atadas en ese tema). Sadam Hussein había cometido durante años innumerables atrocidades que por lo visto no merecieron que los EE.UU. salvaran a los iraquíes. Y luego se empeñaron en sacarles las castañas del fuego cuando a ellos les vino bien, con un criterio un tanto curioso y con una guerra indefendible en la que han pagado el pato los mismos de siempre y se han enriquecido también los de siempre. Lo malo de estas "guerras justas" de EE.UU. es que siempre se ve su mano aupando en la sombra a los enemigos del mundo. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Pero los que se mueren son mayoritariamente los otros.

Se puede leer el discurso de Obama
aquí.

viernes, 11 de diciembre de 2009

La ternura de las matemáticas

Vaya mes más tonto; todavía no había conseguido ponerme, y eso que tengo un montón de reseñas por escribir. En fin. Dije (hace más de un año, eso sí) que seguiría leyendo a Yoko Ogawa y en eso he estado (ya en la cuenta atrás para volar a Japón, en avión, digo, no mentalmente). De momento, ha "caído" La fórmula preferida del profesor (Hakase no aishita sushiki, 2004). Con su aparente sencillez narrativa, Ogawa se ha ganado los elogios del mismísimo premio Nobel Kenzaburo Oé, quien ha dicho de esta autora, más o menos con estas palabras, que es capaz de expresar lo más sutil de la psicología humana en una prosa que es tierna pero penetrante. Y quien soy yo para contradecir a este hombre. Bueno, la verdad es que no tengo que llevarle la contraria al señor Oé porque estoy totalmente de acuerdo.
Este libro fue en su momento uno de esos fenómenos tan japoneses: vendió dos millones de ejemplares, ganó todos los premios (incluido el Yomiuri, el de las librerías japonesas y el de la Sociedad Nacional de Matemáticas,
“por haber mostrado la belleza de esta disciplina”), desató un inusitado interés por las matemáticas y se adaptó al cine, a la radio y al cómic. Ahí es nada. Fue la novela que catapultó definitivamente a Yoko Ogawa a la fama internacional; aunque lleva escribiendo desde 1988, es de lo más prolífica (ha publicado más de veinte obras de ficción y no ficción) y se la ha traducido ampliamente al francés.
Curiosamente, me ha parecido muy diferente de los relatos de The Diving Pool, con esas atmósferas tan inquietantes. Pero lo he disfrutado por lo a gusto que se "estaba" en ese libro; con una historia bonita y bien contada, sin dramatismos; pero, sobre todo, en uno de esos ambientes que tan bien crean los autores japoneses, que te envuelven como un "yukata" (esos kimonos de algodón blanco, sencillos y agradables, mucho más sofisticados de lo que parecen).

La fórmula preferida del profesor está publicado en Editorial Funambulista.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Western japonés

Ayer vi Haruka naru yama no yobigoe (1980), traducida al español como Llanto de primavera, de Yoji Yamada, uno de los directores más conocidos en Japón. Yamada es famoso en occidente por su trilogía de samurais, sobre todo por El ocaso del samurai, que yo no he visto (lo de los samurais me sigue costando).
Me llamó la atención la estructura de la película, que recuerda mucho a un "western", incluso en la música. A ello contribuye sin duda el protagonismo del actor Ken Takakura, a quien se considera el Clint Eastwood japonés (a pesar de que de joven se daba más un aire a Gregory Peck). Takakura es un actor famosísimo en su país y la verdad es que tiene una gran presencia, llena la pantalla; por no hablar de lo apuesto que resulta ("apuesto" es un adjetivo que no se utiliza demasiado actualmente, a pesar de que me parece muy expresivo y encaja como un guante en la descripción de este actor). Total, que tenemos a una viuda todavía joven y guapa matándose a trabajar en una remota granja, con un crío que es una monada (al que han puesto por nombre Takeshi, que según dicen en la peli significa "samurai con ambición", que a quién se le ocurre) y llega un misterioso extraño dispuesto a ayudarla (y a darse unos garbeos en yegua y marcar pectorales con camiseta de "currela", ya que está puesto). Qué más quieres, vamos. Lástima que nadie da duros a peseta y el hombre tiene un pasado (como todo el mundo, por otra parte). Y hasta aquí puedo leer.
A los protagonistas, el mencionado Takakura y Chieko Baisho (que ha trabajado en muchísimas películas de Yamada), les acompañan personajes secundarios tipo "la buena vecina", "el primo de ciudad" e incluso un pretendiente-bufón. No sé si es porque me recuerda tanto a un "western" o porque realmente este director está muy influenciado por el cine occidental, como he leído por ahí; pero si no fuera por los cuencos de sopa de miso y arroz (y sus correspondientes palillos) casi te olvidarías de que se trata de una película japonesa que transcurre en Hokkaido. Lo cual no tiene por qué ser ni bueno ni malo por sí solo. En cualquier caso, resulta muy tierna de ver. Recomendable.

martes, 10 de noviembre de 2009

El lado oscuro de Japón

Como preparación / anticipo de las vacaciones de navidad (¡volvemos a Japón!), me estoy dando un cierto "atracón" de novelas japonesas. En esta ocasión me llamó la atención el debut literario (desde entonces ha publicado tres obras más) de Hitomi Kanehara, Hebi ni Piasu (traducida al español como Serpientes y piercings); sobre todo por la combinación de juventud, premio prestigioso y gran éxito de ventas (un millón de ejemplares en Japón, la mitad de las ventas en el primer mes, y traducciones a 28 idiomas).
Kanehara escribió esta novela antes de los veinte años, cuando llevaba ya unos cuantos viviendo en las calles de Tokio tras irse de casa y dejar la escuela. Así que nos imaginamos que sabe de lo que habla cuando narra la vida de unos jóvenes que se automarginan de una sociedad que detestan y que buscan la soledad, el dolor, la muerte. Es decir, esta novela nos habla de esos jóvenes japoneses que tanto fascinan a los occidentales. Mientras en nuestra cultura la muerte es tabú, algo inaceptable, en Japón siempre ha sido una obsesión. Yo he de decir que leí esta novela por pura curiosidad; porque el sadismo no me atrae nada. Debo tener problemas para distinguir la realidad de la ficción; lo paso fatal con según qué escenas en las películas y las novelas. Y, en este caso, han sido 100 páginas de escalofríos. Pero no mucho más. Por más que la alabe Ryu Murakami, no le veo mérito literario más allá de conseguir que no dejemos el libro sin acabar (y en mi caso ni siquiera eso, porque no suelo dejarlos antes de la página 80 y con un libro tan corto, era quedar mal por poco, encima estaba de viaje y no tenía otras cosa que leer). Los personajes no están bien dibujados y no consiguen arrastrar al lector a su mundo, que este sienta al menos compasión por estos jóvenes tan perdidos. Nos quedamos fuera; horrorizados, perplejos, sintiendo repulsión e incomprensión, pero fuera.
Supongo que la concesión del prestigioso premio Akutawaga (el más importante en Japón) en 2004 a las escritoras más jóvenes de la historia del galardón (lo compartieron la propia Kanehara y Wataya Risa) era una especie de relevo generacional. Autores como Ryu Murakami (parte del jurado) y Banana Yoshimoto le pasaban el testigo a estas mujeres, hijas de una sociedad próspera, ultratecnológica, pero tan extraña, aislada y solitaria como la de la generación anterior (herederos de los traumas de la postguerra). En ese sentido, los primeros años del siglo XXI son una continuación de los contrastes que caracterizaron a la segunda mitad del siglo XX, con un país que sigue debatiéndose entre el pasado (quedan vestigios muy claros como el machismo, la pena de muerte, la fascinación por lo morboso...) y el futuro, con un presente más que confuso. No es extraño que se desee premiar y encumbrar a unas adolescentes en un país que también parece estar pasando por una larga adolescencia sin rumbo.
En fin, a mí Japón me fascina en su conjunto, no únicamente por su lado oscuro. Pero, si se trata de hablar de soledad, Haruki Murakami es mucho mejor escritor (me duele hasta la comparación). Para brutalidad, tenemos al "otro Murakami", mucho más sólido que la discípula que le ha salido. Y para personajes atormentados, Yoshimoto está a años luz de Kanehara. Vamos, que tanta automutilación no me aporta nada.

Serpientes y piercings está publicado en Emecé (Columna, en catalán).

jueves, 5 de noviembre de 2009

Un impecable mantel blanco

Natsume Sôseki (pseudónimo de Natsume Kinnosuke, 1867-1916) está considerado el máximo exponente literario de la época en la que Japón se abrió al mundo. Haruki Murakami reconoce que es el autor japonés que más le ha influido (cree que es el "forjador de la nueva literatura japonesa") y para el Nobel Kenzaburo Oé, sus personajes nos ofrecen "una nueva definición del humanismo". Pero no se vayan, que aún hay más: Miyazaki (el director de cine de animación) asegura haberse inspirado en la obra de este autor a la hora de crear Ponyo en el acantilado. Si a todo ello le sumamos que la edición de Botchan de Impedimenta fue Premi Llibreter 2008, pues surge, inevitablemente, la curiosidad por conocer algo de la literatura de Sôseki.
Empezamos por Botchan, protagonizada por un joven con escasas habilidades sociales y una mentalidad un tanto infantil al que se ha comparado repetidamente, de forma un tanto aventurada, a mi entender, con Holden Caulfield (el protagonista de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger). Se trata de uno de esos raros libros que se leen sin que chirríen en absoluto a pesar de haberse escrito hace más de cien años. Las reacciones del protagonista producen ternura y llevan a la sonrisa. La prosa es sencilla y amena; no en vano en Japón es un libro leído mayoritariamente por público juvenil; aunque para un extranjero resulta interesante toda la ambientación de la novela, al mismo tiempo que resulta muy accesible (lo que explica que haya varios libros de este autor traducidos al español).
Natsume Sôseki es un clásico y, a la vez, el gran autor moderno de las letras japonesas. Y eso lo apreciamos sobre todo en Kokoro, donde alterna tradiciones de antaño (como el relato autobiográfico, que tanta popularidad había alcanzado) con estructuras más "occidentales"; mostrando la transformación de valores de la sociedad Meiji en su paso a la época moderna. Se pasa del colectivo al individuo, ganando peso sentimientos como la culpabilidad, la soledad o el amor. Kokoro se publicó por primera vez en 1914 en el periódico Asahi Shinbun, por entregas, y está considerada como una de las grandes obras de la literatura japonesa. Al igual que la edición de Impedimenta de Botchan, esta traducción de Kokoro cuenta con una interesante introducción que, sin embargo, no duda en destripar toda la trama de la novela. Por más que eso no sea lo más importante en estas obras, agradecería que transformaran estas introducciones en epílogos o se limitaran a dar las pinceladas sociales y literarias necesarias para que comprendamos mejor estas obras sin contarnos lo que vamos a leer. Aunque, como digo, la trama no es lo más importante en muchas novelas japonesas, y esta es un buen ejemplo de ello. La historia se podía haber contado de una forma mucho más directa, sin tantos rodeos ni tanto detalle; pero es que lo hermoso es ver cómo se deshace el ovillo. De hecho, tan absortos estamos observando todo el proceso, tan inmersos en su lentitud, que la muerte nos golpea como si no la hubiésemos anticipado ("gracias" a la introducción). Para mí, Kokoro es ese mantel blanco impoluto que "sensei" tiene en su casa. Como bien dice el personaje, si no va a estar impecable, mejor utilizarlo de otro color; así que cuando la novela se tiñe de sangre debe llegar inexorablemente a su fin.
Me parece que esta reseña me ha quedado un tanto críptica. En fin. Hay dos cosas de la introducción de Kokoro (no menos interesante por destripadora de tramas) que creo que son muy reveladoras. El traductor comenta que hasta que se rompe el aislamiento del país, en japonés no se contaba con un término para "beso", por lo que la primera vez que se traduce una obra extranjera donde aparece esa palabra acaba escribiéndose "lametazo". También cuenta (creo que lo leí también en la introducción de Botchan) que
Sôseki nunca se adaptó a la vida occidental y durante su estancia en Inglaterra se le ridiculizó por invitar a alguien a ver caer la nieve. Pues bien, estas son novelas para quienes gusten de semejante pasatiempo (yo misma).

Primeras líneas de Kokoro.
Primeras líneas de Botchan.
Kokoro está publicada en Gredos y Botchan en Impedimenta.
También en español, del mismo autor: Yo, el gato, Sanshiro y Almohada de hierba.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Otro detective aficionado a la jardinería

Como el inspector de The Moonstone (de Wilkie Collins), el protagonista de Suna no Utsuwa (1961, traducido al inglés como Inspector Imanishi Investigates, creo que no hay traducción al español) no es el típico Marlowe, sino más bien alguien aficionado a la jardinería (concretamente a los bonsais), de hábitos ordenados y escritor de haikus. Con más suerte que pericia (en esta novela abundan las coincidencias, aunque no se le puede negar la persistencia), el inspector Imanishi consigue resolver un misterioso asesinato a base de viajar por medio país (adentrándose en todas sus clases sociales) y examinar de cerca las nuevas formas de expresión culturales del Japón de la posguerra.
La trama de esta novela policíaca japonesa está muy bien hilada y crea una adicción que ríete tú de Larsson. Se lee de un tirón. No en vano se considera a su autor, Seicho Matsumoto, el responsable de popularizar el género en su país. No solo está bien escrita y tiene un muy buen ritmo; sino que también la creación de personajes y de ambienes es sobresaliente. Lo antiguo y lo moderno conviven en el Japón de los años 60, creando un sofisticado escenario para esta obra publicada en la serie Soho Crime, que traduce al inglés novelas policíacas japonesas. La obra de Matsumoto sería un ejemplo de ese tipo de novela policíaca con gran contenido social que tan de moda parecer estar ahora (más de cuarenta años después de su publicación).
Matsumoto fue un autor muy popular y reconocido en vida, recibiendo el premio Akutagawa en 1952, entre otros. Se hizo muy famoso gracias a su colaboración con el director de cine Yoshitaro Nomura, que le llevó a adaptar ocho de sus novelas. De hecho, la película basada en esta novela se considera una de las obras cumbre del cine japonés. La tengo pendiente. Y leer otras novelas de la Soho Crime, que tienen muy buena pinta. Al final, me aficionaré a esto de las policíacas; todo es ponerse.

jueves, 16 de julio de 2009

Okuribito: Aprendiendo a vivir

La última película de Yokiro Takita, uno de los directores más famosos en Japón (sobre todo por sus comedias), se hizo con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa de la última edición, entre otros muchos premios (más) importantes (acabaremos antes diciendo los que no ha ganado). De hecho, arrasó en los últimos premios de la Academia de Cine de Japón, donde arrambló nada más y nada menos que con diez galardones. Okuribito (por lo visto el título se refiere a la persona que envía a los muertos al "okuru", el otro mundo) se ha estrenado en España con el título de "Despedidas" (traducción a su vez del título en inglés, "Departures"). Es una película que me apetecía mucho ver y no he ido antes por falta de tiempo, que ahora que por combinación de la crisis económica y el cambio climático ya no se hiela uno en el cine, hay que aprovechar (sobre todo si llevas todo el día trabajando y estás un poco hasta la boina de las fuentes de alimentación y los relés).
Esta es una película que atrapa al espectador desde el primer minuto, rezumando belleza de múltiples formas; con la música, las imágenes de las cuatro estaciones en el noreste de Japón, la suavidad de los movimientos de Daigo tanto al chelo (el actor Masahiro Motoki aprendió a tocar este instrumento para su papel en la película) como llevando a cabo su trabajo de "nokanshi" (amortajador). Las interpretaciones de todos los actores y actrices son muy eficaces. Merece mención especial (por ser el protagonista) la de Motoki, por su combinación de momentos de gran comicidad con otros de mayor dramatismo y, muy especialmente, su escenificación de los rituales mortuorios, de gran elegancia y preciosismo (de hecho, se resalta tanto el mimo de los protagonistas en estas ceremonias que queda en un segundo plano el tabú que resulta socialmente en Japón ser una persona que manipula cadáveres, aunque en un par de momentos de la película se alude al desprestigio del trabajo que ha elegido Daigo). Le acompaña un estupendo veterano, Tsutomu Yamazaki, en el papel del Sr. Sasaki (no tiene desperdicio) con quien el joven Daigo aprende a vivir, curiosamente.
En fin, que estamos ante una película emotiva y conmovedora, que hace tanto reír como llorar; y que si tiene un pero, quizá sea el final, más "facilón" que el resto de la película.

Tráiler de la película con subtítulos en español aquí.

lunes, 29 de junio de 2009

La familia: esa gran fuente de insatisfacciones

Es curioso que pueda decir que me ha gustado una película en la que no pasa gran cosa (que es algo que me molesta profundamente en muchas películas francesas), pero así es. Encima el acontecimiento principal, por así llamarlo, es una reunión familiar, de esas de estar comiendo todo el día y juntarse por obligación (que tampoco es mi fuerte, ni resulta una temática muy original). A pesar de todo, la pulcritud con la que está filmada la sexta película de Hirokazu Kore-eda (considerado uno de los mejores cineastas japoneses actuales), con guión propio, su contención (personificada en el personaje de Ryo, a quien da vida en una estupenda interpretación el atractivo actor Abe Hiroshi) y la nostalgia que destila me hizo disfrutar de Aruitemo aruitemo (Still Walking) y que ni siquiera se me hiciera larga (dura casi dos horas).
Hirokazu Kore-eda alcanzó gran fama con "Nadie sabe" (2004), una película que he tenido a mano más de una vez, pero que me da una pereza (por la trama) considerable. Veremos si la superamos. Por lo visto, no tiene nada que ver con Still Walking, de corte más clásico, comparada incesantemente por los críticos con Cuentos de Tokio (1953), de Yasujiro Ozu, que esa sí que tengo muchas ganas de verla.
La reunión familiar se caracteriza aquí, en Japón y en la China (es un decir), por elementos clásicos como la comida de la madre (salí deseando ir a cenar a un japonés, qué pinta tan fabulosa tenían las tortitas de maíz de la abuela); los clichés en los que caemos respecto a otros miembros de la familia, a quien no nos molestamos en conocer; el típico abuelo gruñón digno competidor del personaje de la última película de Clint Eastwood; la brecha entre padres e hijos; la pesada carga del paso del tiempo; la idealización de quienes ya no están... Pero esta película va un paso más allá y nos muestra unos personajes que no son unidimensionales; vemos que es posible que el hijo superviviente se escaquee, pero que también se preocupa por sus padres; que la madre añora al hijo muerto, pero eso no le impide ser cruel con la persona a la que salvó con su muerte; que el abuelo se encierra en su estudio sin prestar atención a su familia, pero que luego le molesta que llamen a su casa "la casa de la abuela"... Todo ello con el trasfondo de uno de los grandes temas de la cultura japonesa; el conflicto entre tradición y modernidad, y con la insatisfacción de todos y cada uno de los miembros de la familia impregnándolo todo. Real como la vida misma.

Tráiler con subtítulos en español aquí.

lunes, 25 de mayo de 2009

Crueldad japonesa (en todos los sentidos)

Volvemos al cine japonés con Seishun zankoku monogatari (Historias crueles de juventud) de 1960, el segundo largometraje de Nagisa Oshima, quien dirigiría 16 años más tarde nada menos que El imperio de los sentidos. La película que nos ocupa (y la otra, ni te cuento) fue un gran éxito tanto de crítica como de taquilla.
A mí el final tan truculento me dejó un poco de mal sabor de boca; pero me pareció interesante la sutileza con la que transmite el desencanto de varias generaciones de japoneses (los que salen peor parados son la hermana de Makoto y su amante, representantes, como el propio Oshima, de la generación de universitarios que no supo oponerse con suficiente fuerza a los tratados militares entre su país y los EE.UU., que no supo vivir de una forma realmente revolucionaria, y que han acabado siendo figuras patéticas sin autoridad moral) y el pesimismo con el que retrata el Japón de los años cincuenta.
Por lo demás, masoquismo y sumisión, una juventud sin ideales ni preocupaciones morales... Y una película que no es fácil de ver, en la que es imposible identificarse con un personaje, sin concesiones.