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miércoles, 5 de enero de 2011

La clave de la obra de Murakami

La da él mismo en un artículo titulado (no muy acertadamente, a mi entender) "Realidad A y Realidad B", publicado en una traducción justita y con problemas de maquetación (qué daño hace a la vista que se coman los espacios entre las palabras, y qué poca justificación tiene tamaño error) en La Vanguardia justo antes de navidades (cuando estaba aún más "entretenida" que ahora).

Murakami escribe: "el papel de una historia es mantener la solidez del puente espiritual construido entre el pasado y el futuro". Y aunque pueda decirse de tantas novelas (suyas y de otros escritores), me recordó la interesante sesión que dedicaron no hace tanto (o se me pasa a mí el tiempo muy deprisa) los Novelantes a Kafka en la orilla.

Os deseo un año lleno de interesantes lecturas y películas, pero también con viajes / paseos / excursiones (me pido lo mismo). No abandonéis las ilusiones y ellas no os abandonarán a vosotros (proclamo). Espero poder dejarme caer de vez en cuando por aquí. De mi tintero, mejor no hablar (reventó y lo puso todo perdido, el muy cochino).

lunes, 11 de octubre de 2010

Sábado en Japón

Con mucho retraso, porque los Novelantes le han dado ya tres vueltas al libro (por lo visto había que leerlo más de una vez, cosa que puede que yo, con mi mala memoria, haya hecho de forma inconsciente), conseguí acabar Saturday, de Ian McEwan, a tiempo para releer Kafka on the Shore, de Haruki Murakami (que los Novelantes comentan el jueves 14 de octubre).
Me dio mucha pereza ponerme con McEwan y el texto me dio la razón. Una vez más, el autor nos endilga una historia floja, que se hace leíble por lo bien que escribe el hombre. Saturday (2003) me recuerda muchísimo (demasiado) a Enduring Love (1997), y teniendo en cuenta que esta última me pareció bastante insoportable... Creo que Amsterdam (1998) me gustó más; pero no me acuerdo demasiado. Sé que cuando leí Atonement (2007) respiré aliviada: por fin me contaba algo que me interesaba, una historia con fundamento. Vamos, que por mucho que sea un autor premiadísimo, uno de los 50 mejores escritores británicos desde 1945 según The Times, a mí McEwan tiende a aburrirme / irritarme. Le reconozco lo bien que escribe (si no, no hubiera pasado del primer libro), pero esos mundos burgueses en los que él se siente tan cómodo no me resultan excesivamente interesantes (por no decir que me dan urticaria directamente). En el caso concreto de la novela que nos ocupa, en mi opinión, si se trata de narrar un día "à la Woolf", debe ser un día con sus más y sus menos; pero no tan disparatado y excesivo como el del médico ese (por cierto, cómo se nota que estuvo dos años presenciando el trabajo de un neurocirujano, que ya son ganas, pero al menos le sirvió de mucho en la novela). Es que le pasan unas cosas de lo más inverosímil (y absurdas, no solo se enfrenta a un desequilibrado con problemas neurológicos, que ya es casualidad, sino que va y ¡lo ablandan con poesía!).
Lo curioso es que inverosímil sería un adjetivo muy adecuado para la novela de Murakami y en cambio me lo creo todo (los gatos que hablan, las puertas de acceso a otros mundos, los chulos caracterizados como el señor del Kentucky Fried Chicken y con unos poderes que no veas...). Supongo que es porque no consigo adentrarme en el mundo de McEwan (ni lo deseo) y en cambio Murakami me seduce de tal manera que me sumerjo encantada en las historias más increíbles. De hecho, puede que Murakami no escriba tan bien como McEwan (apostaría algo a que es así, a pesar de a McEwan lo leo en inglés y a Murakami traducido); pero tiene una facilidad pasmosa para fabular y atraer al lector a su mundo. Me parecen, justamente, dos autores totalmente opuestos; cada uno de ellos sobresale en un aspecto clave (a mi entender) de la ficción: el estilo (McEwan), la trama (Murakami). Aunque para ser exactos, en la obra de Murakami no es tan importante lo que pasa como la ambientación que se crea alrededor de los sucesos. Y en eso es muy japonés por más que muchos críticos de su país le tilden de excesivamente occidental (hubiera entendido más que le acusaran de "pop", la verdad, aunque tampoco lo comparto).
Con la relectura de Kafka... se confirma que las novelas (los cuentos no creo) de Murakami resisten nuevas lecturas si se deja pasar un tiempo prudencial. La verdad es que recordaba algunas cosas; pero otras, no. Es curioso porque no me acordaba para nada de la "pulsión sexual" del libro. Y ha sido interesante captar referencias que la primera vez se me escaparon (ahora he leído a Soseki, he visto a los ciervos en los templos, he viajado dos veces a Japón). Habrá que seguir releyendo.

Kafka en la orilla está publicada por Tusquets (también en edición de bolsillo).
Sábado está disponible en Anagrama y Quinteto (bolsillo).

lunes, 15 de marzo de 2010

El mundo sin Thomas Mann

En la penúltima reunión de los Novelantes, la dedicada a Zadie Smith, surgió un tema interesante que luego continuó en forma de comentarios en el blog de la tertulia. Se habló de la escritora británica como un producto de su tiempo y se comentó que hoy en día sería difícil que surgiera un Thomas Mann (o un Proust, por decir algún nombre).
Me parece un debate muy interesante, ¿realmente somos tan superficiales? ¿carecen nuestros escritores de una formación sólida, a la manera clásica? Nuestro mundo es evidentemente más "pop", y por eso tenemos figuras literarias como Haruki Murakami. Y si surgiera un nuevo Thomas Mann, no digo yo que no se nos pasara desapercibido a unos cuantos. Aunque no descarto que pudiera aparecer alguien así. En cualquier caso, alguien tuvo la misma inquietud antes que nosotros. Canetti, en La antorcha al oído, se pregunta:

¿Habrá hoy en el mundo algún Tolstoi? Y si lo hubiera, ¿sabríamos reconocerlo? Y aunque mereciéramos reconocerlo algún día, ¿lo conseguiríamos?

Pues ahí queda eso. Por cierto, que ya he acabado el tercer tomo de las memorias de Canetti y me he quedado un tanto sorprendida con el papel que juega su matrimonio con Veza. Nos suelta entre dientes que se han casado (cuando ya no podía posponer más el anuncio) y nada de comentar cómo toman la decisión, lo enamorado que está (habla más, sospechosamente, de Anna Mahler y cómo le tenía de fascinado en la misma época)... No digo que Veza no tenga el espacio que se merece en las memorias (¿quién soy yo para juzgarlo?); pero Canetti le dedica páginas enteras a las anécdotas de sus compañeros de laboratorio cuando estudia Química y luego nos escamotea un acontecimiento que debió tener mayor importancia en su vida. En fin.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Murakami a la carrera

Después de un montón de tiempo sin ir a correr, el otro día me hice cuatro kilómetros escasos (poquísimo, pero es que estoy desentrenada) por obra y gracia de la lectura de What I Talk About When I Talk About Running (Hashiru Koto Ni Tsuite Kataru Toki Ni Boku No Kataru Koto, 2007, diría que no está traducido al español), tal es el poder que tiene este hombre sobre mí. Bromas aparte, es difícil leer este librillo y no sentir ganas de ponerse en forma, y no será porque no cuente también todos los inconvenientes (el dolor, las lesiones, el calor, el cansancio, etc.).En la crítica que apareció en el New York Times cuando se tradujo al inglés, Geoff Dyer (que, por cierto, dejaba el libro a caer de un burro), decía de los potenciales lectores de este libro que serían "un 70% de fanáticos de Murakami, un 10% de entusiastas de este deporte y un 20% de fanáticos de Murakami y aficionados a correr que sencillamente estarían al borde del orgasmo antes siquiera de pagar en la librería". Me temo que estoy en ese 20%; no tanto por mi afición a correr (es algo que he hecho durante años de forma poco constante, según la época en la que me pilla la idea), como por el hecho ineludible de que me leería sus listas de la compra si Murakami hiciese como mi marido y no las tirase jamás.
Dyer se queja de la falta de estilo de Murakami, de lo poco trabajado que está el libro, de su sencillísima prosa. Es cierto que no está a la altura de nada de lo que he leído suyo (cosa que me imaginaba y por eso no lo había leído hasta ahora). Pero tiene otros aspectos interesantes. Por ejemplo, vemos la claridad de ideas de este hombre (Murakami, no Dyer). Me imagino que al ser un librito muy conciso, se ha simplificado mucho todo; pero no deja de ser admirable. He de reconocer que Murakami es un tipo que me cae bien. Aunque no me parece un requisito para leer la obra de nadie, desde luego, es más fácil que te gusten estos retazos de memorias si ya de entrada el hombre te resulta simpático. Y hay algunas partes cuyo mérito reconoce hasta el "criticón" de Dyer, como cuando nos cuenta que se va a Atenas para correr la ruta original de la maratón, en pleno verano. Quizá es la parte que más me ha gustado más a mí también.
Cuando comenté con otro entusiasta de Murakami que este decía que la mayor parte de lo que sabe sobre la escritura lo ha aprendido corriendo a diario, este escéptico por naturaleza (mi amigo, no Murakami) apuntó que siempre se pueden encontrar paralelismos entre los oficios y las aficiones (por lo visto, Camus decía que la mayor parte de lo que sabía sobre la moralidad y el sentido del deber lo había aprendido del fútbol). Pero lo cierto es que Murakami lo explica de forma que parece que realmente correr forme parte de su oficio de escritor. Nos dice que la literatura es tóxica (en cuanto el escritor se enfrenta a la toxina de la que no puede escaparse nada humano, sin la cual no hay creatividad) y que para hacer algo contaminante, como escribir, hay que estar muy sano.
Pues nada, ahora sí que solo me queda esperar a que traduzcan su última novela (ya tardan).

Los Novelantes han incluido (por fin) a Murakami en su cartel y hablarán de Kafka en la orilla en octubre.

martes, 10 de noviembre de 2009

El lado oscuro de Japón

Como preparación / anticipo de las vacaciones de navidad (¡volvemos a Japón!), me estoy dando un cierto "atracón" de novelas japonesas. En esta ocasión me llamó la atención el debut literario (desde entonces ha publicado tres obras más) de Hitomi Kanehara, Hebi ni Piasu (traducida al español como Serpientes y piercings); sobre todo por la combinación de juventud, premio prestigioso y gran éxito de ventas (un millón de ejemplares en Japón, la mitad de las ventas en el primer mes, y traducciones a 28 idiomas).
Kanehara escribió esta novela antes de los veinte años, cuando llevaba ya unos cuantos viviendo en las calles de Tokio tras irse de casa y dejar la escuela. Así que nos imaginamos que sabe de lo que habla cuando narra la vida de unos jóvenes que se automarginan de una sociedad que detestan y que buscan la soledad, el dolor, la muerte. Es decir, esta novela nos habla de esos jóvenes japoneses que tanto fascinan a los occidentales. Mientras en nuestra cultura la muerte es tabú, algo inaceptable, en Japón siempre ha sido una obsesión. Yo he de decir que leí esta novela por pura curiosidad; porque el sadismo no me atrae nada. Debo tener problemas para distinguir la realidad de la ficción; lo paso fatal con según qué escenas en las películas y las novelas. Y, en este caso, han sido 100 páginas de escalofríos. Pero no mucho más. Por más que la alabe Ryu Murakami, no le veo mérito literario más allá de conseguir que no dejemos el libro sin acabar (y en mi caso ni siquiera eso, porque no suelo dejarlos antes de la página 80 y con un libro tan corto, era quedar mal por poco, encima estaba de viaje y no tenía otras cosa que leer). Los personajes no están bien dibujados y no consiguen arrastrar al lector a su mundo, que este sienta al menos compasión por estos jóvenes tan perdidos. Nos quedamos fuera; horrorizados, perplejos, sintiendo repulsión e incomprensión, pero fuera.
Supongo que la concesión del prestigioso premio Akutawaga (el más importante en Japón) en 2004 a las escritoras más jóvenes de la historia del galardón (lo compartieron la propia Kanehara y Wataya Risa) era una especie de relevo generacional. Autores como Ryu Murakami (parte del jurado) y Banana Yoshimoto le pasaban el testigo a estas mujeres, hijas de una sociedad próspera, ultratecnológica, pero tan extraña, aislada y solitaria como la de la generación anterior (herederos de los traumas de la postguerra). En ese sentido, los primeros años del siglo XXI son una continuación de los contrastes que caracterizaron a la segunda mitad del siglo XX, con un país que sigue debatiéndose entre el pasado (quedan vestigios muy claros como el machismo, la pena de muerte, la fascinación por lo morboso...) y el futuro, con un presente más que confuso. No es extraño que se desee premiar y encumbrar a unas adolescentes en un país que también parece estar pasando por una larga adolescencia sin rumbo.
En fin, a mí Japón me fascina en su conjunto, no únicamente por su lado oscuro. Pero, si se trata de hablar de soledad, Haruki Murakami es mucho mejor escritor (me duele hasta la comparación). Para brutalidad, tenemos al "otro Murakami", mucho más sólido que la discípula que le ha salido. Y para personajes atormentados, Yoshimoto está a años luz de Kanehara. Vamos, que tanta automutilación no me aporta nada.

Serpientes y piercings está publicado en Emecé (Columna, en catalán).

jueves, 5 de noviembre de 2009

Un impecable mantel blanco

Natsume Sôseki (pseudónimo de Natsume Kinnosuke, 1867-1916) está considerado el máximo exponente literario de la época en la que Japón se abrió al mundo. Haruki Murakami reconoce que es el autor japonés que más le ha influido (cree que es el "forjador de la nueva literatura japonesa") y para el Nobel Kenzaburo Oé, sus personajes nos ofrecen "una nueva definición del humanismo". Pero no se vayan, que aún hay más: Miyazaki (el director de cine de animación) asegura haberse inspirado en la obra de este autor a la hora de crear Ponyo en el acantilado. Si a todo ello le sumamos que la edición de Botchan de Impedimenta fue Premi Llibreter 2008, pues surge, inevitablemente, la curiosidad por conocer algo de la literatura de Sôseki.
Empezamos por Botchan, protagonizada por un joven con escasas habilidades sociales y una mentalidad un tanto infantil al que se ha comparado repetidamente, de forma un tanto aventurada, a mi entender, con Holden Caulfield (el protagonista de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger). Se trata de uno de esos raros libros que se leen sin que chirríen en absoluto a pesar de haberse escrito hace más de cien años. Las reacciones del protagonista producen ternura y llevan a la sonrisa. La prosa es sencilla y amena; no en vano en Japón es un libro leído mayoritariamente por público juvenil; aunque para un extranjero resulta interesante toda la ambientación de la novela, al mismo tiempo que resulta muy accesible (lo que explica que haya varios libros de este autor traducidos al español).
Natsume Sôseki es un clásico y, a la vez, el gran autor moderno de las letras japonesas. Y eso lo apreciamos sobre todo en Kokoro, donde alterna tradiciones de antaño (como el relato autobiográfico, que tanta popularidad había alcanzado) con estructuras más "occidentales"; mostrando la transformación de valores de la sociedad Meiji en su paso a la época moderna. Se pasa del colectivo al individuo, ganando peso sentimientos como la culpabilidad, la soledad o el amor. Kokoro se publicó por primera vez en 1914 en el periódico Asahi Shinbun, por entregas, y está considerada como una de las grandes obras de la literatura japonesa. Al igual que la edición de Impedimenta de Botchan, esta traducción de Kokoro cuenta con una interesante introducción que, sin embargo, no duda en destripar toda la trama de la novela. Por más que eso no sea lo más importante en estas obras, agradecería que transformaran estas introducciones en epílogos o se limitaran a dar las pinceladas sociales y literarias necesarias para que comprendamos mejor estas obras sin contarnos lo que vamos a leer. Aunque, como digo, la trama no es lo más importante en muchas novelas japonesas, y esta es un buen ejemplo de ello. La historia se podía haber contado de una forma mucho más directa, sin tantos rodeos ni tanto detalle; pero es que lo hermoso es ver cómo se deshace el ovillo. De hecho, tan absortos estamos observando todo el proceso, tan inmersos en su lentitud, que la muerte nos golpea como si no la hubiésemos anticipado ("gracias" a la introducción). Para mí, Kokoro es ese mantel blanco impoluto que "sensei" tiene en su casa. Como bien dice el personaje, si no va a estar impecable, mejor utilizarlo de otro color; así que cuando la novela se tiñe de sangre debe llegar inexorablemente a su fin.
Me parece que esta reseña me ha quedado un tanto críptica. En fin. Hay dos cosas de la introducción de Kokoro (no menos interesante por destripadora de tramas) que creo que son muy reveladoras. El traductor comenta que hasta que se rompe el aislamiento del país, en japonés no se contaba con un término para "beso", por lo que la primera vez que se traduce una obra extranjera donde aparece esa palabra acaba escribiéndose "lametazo". También cuenta (creo que lo leí también en la introducción de Botchan) que
Sôseki nunca se adaptó a la vida occidental y durante su estancia en Inglaterra se le ridiculizó por invitar a alguien a ver caer la nieve. Pues bien, estas son novelas para quienes gusten de semejante pasatiempo (yo misma).

Primeras líneas de Kokoro.
Primeras líneas de Botchan.
Kokoro está publicada en Gredos y Botchan en Impedimenta.
También en español, del mismo autor: Yo, el gato, Sanshiro y Almohada de hierba.

martes, 2 de junio de 2009

Un siglo, una vida, decepcionantes

The Blind Assassin (El asesino ciego, 2000) es una muy premiada novela (ganó el Booker en el 2000 y el Hammett en el 2001, quedando candidata a muchos otros premios, entre los que destaca el Orange Prize for Fiction) de una autora, Margaret Atwood, a la que solo le falta ganar el Nobel. La revista "Time" la nombró la mejor novela del año y una de las "100 mejores novelas en inglés desde 1923" (estas listas, cada vez las hacen más enrevesadas). En 2008, la novelista canadiense ganaba el Premio Príncipe de Asturias, venciendo a Gabriel García Márquez, Jorge Semprún y Andrés Trapiello, Eduardo Galeano, Haruki Murakami, Alí Ahmad Said, Adonis, Ko Un, Antonio Tabucchi y Richard Ford. Ahí es nada. Todo ello tendría un gran mérito si Atwood, considerada la gran dama de las letras canadienses y una de las grandes poetas del siglo XX, se dedicara solo a escribir (que sería lo esperable, dado que se trata de una autora muy prolífica). Pero no; como delataba su donación del Príncipe de Asturias a causas ambientales (hizo lo mismo con el importe del Booker), Atwood es también una activista comprometida que colabora intensamente con varias organizaciones (Amnistía Internacional entre ellas), ha sido profesora en varias universidades y presidenta del Pen Club International; además de escribir guiones para televisión y crítica literaria. Para mí que no duerme.
Se la suele describir como feminista no solo por su militancia, sino porque uno de los temas de su obra es el denominado género. De hecho, debutó con The Edible Woman (1969) sobre la marginación de la mujer. Ese fue el primer libro suyo que leí; le siguieron The Robber Bride (1993) y Alias Grace(1996), y quizá sea este último el que más me haya gustado. La verdad es que d
esde The Blind... no he vuelto a leer nada suyo; algo que habría que solucionar.
The Blind Assassin es un libro que despista de entrada, con su mezcla de géneros y registros. Pero cuando nos adentramos en la historia, esta ficción a diversos niveles nos convence por su solidez. Como el siglo XX, la vida de Iris Chase va perdiendo fuelle hasta llegar al momento en el que la conocemos, sola y con pocos recursos, esperando la muerte; aunque con una considerable lucidez (lo que se suele llamar, coloquialmente, mala leche). Iris es una narradora incisiva y dada a los detalles, todo lo cual se agradece. Gracias a ella conocemos las miserias de la historia de un siglo y de una vida que prometían más de lo que acabaron siendo. Pero Atwood es sutil, aquí no hay brocha gorda, ni grandes denuncias sociales (aunque la parte de ciencia-ficción pudiera hacerlo pensar, pero se trata más de un juego, de una argucia para dar a conocer a sus personajes). Todo se intuye, se deduce; el lector llega a sus conclusiones, aunque no a juicios claros, porque los personajes están creados con grandes dosis de psicología y no es fácil condenar ni salvar a nadie. Se trata de una novela escrita con una fina ironía, en la que todo encaja sirviéndose de una original estructura y del rico estilo de una narradora que no puede ocultar su condición de poeta.

Extracto en castellano aquí.
Traducción al castellano, en Ediciones B (tapa blanda) y Zeta Bolsillo (tapa blanda de bolsillo), y en catalán, en Proa (tapa blanda).
Los Novelantes comentan esta novela el próximo 9 de junio.

domingo, 10 de mayo de 2009

Lo poético cuesta

Los japoneses llaman "mono no aware" a una sensibilidad especial ante las cosas que no conlleva grandes reacciones pero que provoca la comunión del lector/espectador con la obra y una cierta melancolía ante el paso del tiempo. O algo así. Esta buena gente son así de sofisticados y complejos. Suele citarse a Haruki Murakami como ejemplo de este tipo de conciencia del creador. La directora de cine más famosa de Alemania, Doris Dörrie, ha confesado que fue este concepto de tan mal explicar el que la movió, de alguna forma, a rodar su última película, Kirschblüten, Hanami (Cerezos en flor, tráiler en español aquí). No sé si el escritor iraní Kader Abdolah (todo un fenómeno editorial en Holanda) conocía el término y lo tuvo en mente a la hora de escribir El Reflejo de las Palabras (la novela que comentan los Novelantes este martes 12 de mayo); pero todo es posible. Abdolah narra momentos históricos cruciales para Irán con la melancolía de quien sabe que nada dura y el estoicismo de quien conoce cuán pequeño es su papel en la historia de su país. Como esos personajes de Murakami que se dejan llevar por las circunstancias sin apenas luchar, las familias que salen en la película de Dörrie y en el libro de Abdolah (ambas obras son retratos de familia) fluyen con la narrativa, conscientes de su papel, sin resistirse.
Sé que es un comienzo muy raro para una entrada de blog; pero es que la lectura del libro de Abdolah me trajo a la mente la película de Dörrie, que vi poco antes de las vacaciones de Semana Santa (cuando fuimos a Baviera, que también sale en la película). Ambos me han parecido intentos loables pero, en mi opinión, no redondos, de recurrir a países como Japón (por su preciosismo formal) e Irán (en este caso una elección bastante lógica, al tratarse de un escritor iraní) para adornar con poesía un tema tan universal como la relación entre padres e hijos. Una poesía que se traduce en la gestualidad de la película y el tono de leyenda (junto con una estructura del tipo de Las Mil y una noches) del libro. Y lo malo es que no es tan fácil crear poesía auténtica; ni con palabras, ni visual. Pero esta especie de cuentos orientales para europeos (uno claramente más rebuscado que el otro) emiten considerables destellos de poesía, que no es poco. Y ese es su gran mérito.
Lo peor de ambas obras es que queda patente que buscan ser poéticas. Sobre todo en el caso de la película. Lo mejor, lo que aprendemos de dos países apasionantes gracias a estas expresiones artísticas auténticas y honestas. Y muy japonesas, a pesar de que la película está rodada en alemán por una alemana, y el libro es de un escritor iraní que escribe en neerlandés. Estos japoneses, que lo lían todo.

domingo, 22 de marzo de 2009

Kureishi en Barcelona

Vaya semanita me han dado los de la biblioteca Jaume Fuster. Como no tenía yo nada que hacer, se han dedicado a traer a mis escritores favoritos. Primero Haruki Murakami y después, Hanif Kureishi. Ahí es nada. Encima con Kureishi charlaba Eduardo Mendoza, ¿alguien da más? Bueno, charlar lo que se dice charlar, no charló mucho con él. Más bien se dedicó a medio ignorarle (ni siquiera le miraba) hasta que decidió unilateralmente dar la palabra a los lectores, con los que también se comportó como "l'enfant terrible" de las letras británicas que es (aunque luego, firmando libros, estuvo encantador y sonriente, algo insólito en él).
En la introducción previa a la charla, Mendoza dio en el clavo con una descripción de la última novela de Kureishi (Something to tell you) que podría aplicarse a toda su obra. Comentó que no era una historia de aventuras extraordinarias, conspiraciones ni sectas; sino que transcurría en terrenos conocidos y le pasaba a personas normales ("tan normales como pueden ser las personas", recalcó Mendoza con su ironía habitual), y que mantenía el interés porque tenía interés. Algo que parecería sencillo, pero tiene su mérito. También comentó que no había una sola frase banal en toda la novela. Así es Kureishi; siempre tira con bala. A continuación, Kureishi se definió como un novelista del siglo XIX a quien le gusta la cotidianeidad (en el vídeo incluido más abajo comenta que su barrio de Londres le parece el lugar más interesante del mundo y que cuando sale a hacer sus compras vuelve a casa con el convencimiento de que ha hecho la investigación necesaria para escribir), y que retrata su país en los tiempos que le han tocado vivir.
Kureishi no paró de citar a Beckett (de quien seguramente le atrae su melancolía) y a Freud (fruto, sin duda, de su interés por el psicoanálisis, primero como paciente y ahora, en su novela, como personaje), y de lanzar las frases provocativas que tanto le gustan ("I love English stupidity", "There is nothing more revealing than a lie"). Respecto a la comparación, obvia, con The Buddha of Suburbia, Kureishi dijo que esta última novela era más amarga porque los protagonistas ya habían pasado por el trago de ser adultos (se entiende que el autor también), y que entre uno y otro libro la sociedad británica había cambiado para siempre (para volverse multicultural). Tuvo palabras duras para el país de su padre, Pakistán, del que dijo que probablemente había nacido maldito, al crearse como un país para musulmanes, algo en lo que no podía basarse una democracia. Y respondió, con más paciencia de la esperable en él, a las preguntas habituales sobre su "integración" en Inglaterra. En el vídeo se queja de que en una reciente visita a Alemania le han hecho esas mismas preguntas; como si no fuera concebible que él sea inglés.

Otras entradas sobre Kureishi en este blog aquí, aquí, aquí y aquí. Vamos, que no en vano se llama este blog igual que una de sus colecciones de relatos.

Entrevista con Hanif Kureishi (2008) sobre su último libro.

martes, 17 de marzo de 2009

Murakami en Barcelona

Poco amigo de aglomeraciones, Haruki Murakami va de multitud en multitud desde que llegó a España. Y eso que ni él mismo se explica el éxito de su obra, más allá de que "a todo el mundo le gusta una buena historia". Murakami se parece a esos personajes masculinos suyos; personas corrientes a las que les pasan cosas extraordinarias. Él estaba tan tranquilo viendo un partido de béisbol hace treinta años, con su cervectia en ristre y, de repente, fue como si algo cayera del cielo: la idea de que él podía ser escritor. Y ni corto ni perezoso, se puso y hasta la fecha. Si le preguntan de dónde salió una novela en concreto, la explicación siempre es muy sencilla; nada de intentos de retratar un cosmos propio habitado por seres torturados en busca de una verdad inexistente (por poner un ejemplo). A él se le ocurre una escena y la escribe, años después le apetece seguir con ella y sale una novela (Sputnik, mi amor). O tiene un título genial (Kafka en la orilla) y se pone a escribir un libro al que le pegue. O a su mujer le parece largo un libro (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo), le dice que le quite unos capítulos y, claro, no los va a tirar (y de ahí sale Al sur de la frontera, al oeste del sol).
Tan atípico como sus libros, parece que no le gusta hablar de su obra. Dice que "lógicamente" él no lee sus propios libros y como hace tiempo que escribió algunos de ellos, pues no se acuerda mucho. Buena excusa (encima es que suena la mar de convincente). Se define como un hombre tímido y optimista que necesita correr o nadar cada día (aunque no pasa nada si un día no escribe); alguien con una vida normal que tiene acceso a otros mundos. Unos mundos en los que no es necesario distinguir entre realidad y fantasía; unas historias que no le afectan porque "como es un escritor profesional, sabe cerrar la puerta y volver a su día a día". Un día a día para el que es imprescindible estar en forma, si no, no podría escribir; porque la escritura es una carrera de larga distancia. Una carrera que Murakami ha demostrado dominar con una prolífica obra de variados registros que supone una atracción irresistible para los lectores que han quedado atrapados en esos mundos "detrás de la puerta".
Muchos de sus lectores barceloneses se han dado cita para escucharle hoy en la biblioteca Jaume Fuster, desbordada por las circunstancias y sin aforo para tanto fan. Ante un público convencido de antemano, a Murakami no le hubiera hecho falta ni hablar para que quedáramos todos encantados. Como Watanabe, como Toru, cae bien desde el primer momento; con su aire de buen tipo, de persona tranquila sin complicaciones. Y pensar que en sus libros los gatos hablan... En fin, ya se va acercando el día de volver a leer todos sus libros. A ver si mientras tanto publican 1Q84, que además es larga (¡yupi!).

Otras entradas sobre Murakami en este blog aquí, aquí y aquí.

domingo, 15 de febrero de 2009

Auster à la Murakami

Se suele comparar la obra de Haruki Murakami con la de Paul Auster. Yo nunca he visto un parecido tan claro (la metaficción y la metafísica y cualquier otra "meta" no son exclusiva de Auster); pero las etiquetas son muy útiles en el mundo editorial y en los lejanos tiempos en los que Murakami era un desconocido en Europa, llamarle "el Paul Auster japonés" resultaba muy práctico para vender sus libros. Curiosamente, la última novela de Auster, Man in the Dark (2008) me ha recordado enormemente a The Wind-up Bird Chronicle de Murakami; aunque a años luz, porque una representa una fase de declive del escritor americano y la otra, la obra cumbre del japonés. Pero el hombre en el pozo, la guerra, las historias entrelazadas, el narrador que todo nos lo explica... Me ha dado la sensación de estar ante un ejercicio de estilo realizado por Auster como un juego, como una broma literaria.
Las dos historias que forman esta novela (protagonizada, de nuevo, por alguien que escribe, aunque esta vez sea un crítico literario), tienen varios puntos en común que solo apreciamos al avanzar en la lectura (al conocer mejor al protagonista, podemos ver cómo refleja sus obsesiones en la historia que se cuenta a sí mismo para luchar contra el insomnio). Sin embargo, la "ficticia" (la que inventa el protagonista) queda sin resolver (o se resolvió sin que yo me diera cuenta). La "auténtica" no es que tenga un final muy definitivo tampoco. Porque no son lo importante. De lo que se trata aquí, y nos lo dice desde la primera frase, es de la "gran desolación americana", el estado de ánimo de un país entero pre-Obama. En esta noche oscura del alma austeriana, el gran fallo es que se ven todos los hilos de las marionetas desde la cuarta o la quinta frase. Y eso sería un fracaso para un escritor de menor renombre. Siendo Auster, es poco menos que imperdonable.
No sé si escribe más rápido (él mismo ha comentado que escribió la novela en unos cuatro meses y que nunca había escrito a tal velocidad) o con menos ganas, pero Auster no logra alcanzar el nivel de sus novelas más famosas. Leí en una entrevista que le parecía imposible volver a escribir igual después del 11-S. Claramente, este es el resultado (otras novelas anteriores no se vieron tan afectadas), y es una auténtica lástima. Desde luego, la desolación que el escritor pretende transmitir con personajes que mueren en guerras reales o inventadas está ahí, y Auster no sabe escribir mal. Pero está muy lejos de la sofisticación y fuerza de antaño, de la magia que impregnaba sus narraciones. Le ha faltado construir una ficción que estuviera a la altura de sí mismo.

Un hombre en la oscuridad está publicada en Anagrama.
Puede leerse el comienzo de la novela (en castellano) aquí.