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jueves, 5 de agosto de 2010

Rebajas de agosto: cine

Vamos a ver si hacemos un poco de limpieza aunque sea ofreciendo algunos artículos a precio de saldo; o nos sumamos a las rebajas o no hay manera de hacer inventario, con tanto género de otras temporadas. Así que hoy "hablaremos", brevemente, de cinco películas, muy variadas, que he visto este año.
Empezaremos con
Luck by Chance (2009), la película india con la que se inauguró el BAFF en su última edición y que supuso el debut de la directora Zoya Akhtar. Un viaje a las entrañas de Bollywood, más ambicioso que conseguido; más juguetón que sarcástico. Con coreografías (no podían faltar) de Vaibhavi Merchant y cameos de actores tan famosos como Hrithik Roshan (conocido en mi casa como "el mazas" por el asombroso volumen de sus músculos), John Abraham (a quien algunos conocemos como "el paleto" tras hacer un papel un poco tonto en una película bastante ridícula), Abhishek Bachchan, Kareena Kapoor, Rani Mukerji, Vivek Oberoi y, el dios de ese panteón, el gran Shahrukh Khan. Lo mejor de cada casa, vaya; no en vano la directora pertenece a una familia "bollywoodiense" donde las haya. Para fans de Bollywood resulta muy digna (dichos fans acaban tragándose cada tontería...).
Seguiremos con un hombre que no falla (sobre todo si la película parece hecha a medida para él): George Clooney. Es, sin duda, el protagonista absoluto de
Up in the Air (2009), del canadiense Jason Reitman (director de la muy aclamada Juno, de 2007, con la que tampoco ganó todos los Óscars a los que aspiraba). Y como en la propia Juno, falta amargura. Son películas bien hechas, que no ofenden la inteligencia de la gente, con actuaciones sólidas, guiones que no chirrían... pero que se olvidan sin más y no llegan a donde ambicionaban. Pero se pasa un rato entretenido, y Clooney es un tipo agradable y de buena presencia que no molesta tener delante durante una hora y media.
Va de guapos oficiales la cosa.
A Walk in the Moon (1999) y Good (2008) tienen un actor en común (aunque en la primera casi no hable, queda la mar de decorativo en plan hippy): Viggo Mortensen. La primera peli está dirigida muy dignamente por Tony Goldwyn, más conocido por ser el malo de Ghost. Podría ser un "telefilme" de sobremesa; pero los actores lo hacen bien (incluso los que no tienen guión) y la cosa tiene su interés. Además tiene la particularidad de estar ambientada en el año de mi nacimiento (que no diré cuál es, aunque puedo dar la pista, extremadamente útil y reveladora, de que fue en el siglo pasado). La segunda era más ambiciosa y parece que esta entrada va de ambiciones fallidas. En este caso, muy estrepitosamente. El pobre Mortensen, que es buen actor, no sabe qué hacer con un papel tan absurdo y tan mal definido. Cuando se acaba la película (dirigida por Vicente Amorim) nos quedamos con la boca abierta ante un desvarío semejante. Además, creo que ya lo he dicho alguna vez, a mí que los nazis hablen en inglés es algo que no me convence nunca.
Tras la sesión doble con el bueno de Viggo, y como broche de oro:
Picture Bride (1995) de Kayo Hatta. La "novia de foto" del título se refiere a las japonesas que se casaban (a principios del siglo XX) con inmigrantes que estaban trabajando en Estados Unidos a los que solo conocían por la foto que les enseñaban las casamenteras. Está ambientada en una plantación de azúcar de Hawai. Esta digna muestra de cine independiente ganó varios premios en festivales cinematográficos de renombre y muestra la dureza de las condiciones en las que vivían estas mujeres, y sus recursos. Flojea un poco hacia el final, pero tiene una hermosa fotografía.

viernes, 19 de junio de 2009

Un hombre imprescindible

Yo que suelo ser muy crítica con la jerarquía católica (y con la de otras religiones, que conste), soy una gran admiradora de los diversos ex jesuitas que he conocido por el mundo y de otros "soldados rasos" (como algunos párrocos de Barcelona cuya labor he podido ver de cerca y que están siempre al lado del que sufre, aunque no sea eso lo que predique "su" radio). Y nadie me ha impresionado más que Vicente Ferrer, al que conocimos en Anantapur hace seis años, cuando ya pasaba de los ochenta; aunque seguía con la misma lucidez, sin acomodarse a pesar de lo mucho conseguido. Hablabas con él y surgía el revolucionario, la persona íntegra que no puede quedarse indiferente ante la pobreza, el hombre que ha devuelto la dignidad a miles de intocables. Le veías tan frágil, tan delgado; pero con muchas ganas de seguir luchando, hablando como un padre orgulloso de "sus" ingenieros agrónomos cuando le dijimos que eso era lo que había estudiado mi marido ("pero los míos son indios ¿eh?", insistía).
Escuchar hablar a Vicente Ferrer era apasionante. Cualquier entrevista con él valía la pena. Tenía un gran sentido del humor. Cuando le preguntaban si había olvidado alguna vez su fe en Dios, contestaba riendo que no, que era Dios el que a veces se había olvidado de él. Durante nuestra estancia en Anantapur me firmó un libro sobre su vida (Vicente Ferrer: La revolución silenciosa, de Alberto Oliveras) y sabiendo que yo era traductora escribió "tradúceme a mí mismo a Dios". En ese momento pensé que no era necesario, que si hay un Dios, solo entiende a las personas como Vicente Ferrer, las únicas que hablan su idioma. En cualquier caso, ahora ya no necesita intérprete. Cuidadín con este hombre en el más allá, que dijo que seguiría haciendo lo mismo una vez muerto.
Me viene a la cabeza una de esas citas de Bertolt Brecht que de tan usadas ya ni estás segura de si son de él, porque al hombre se las suelen endilgar con mucha soltura. Seguro que esta se ha utilizado más de una vez, en cualquier caso, para hablar de Vicente Ferrer, porque parece inspirada por su vida: "Hay hombres que luchan un día y son buenos, otros luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles". Así era "Father Vicente", un hombre imprescindible. Como no podía ser de otra manera, será enterrado en Anantapur. Ojalá su Fundación sepa estar a la altura de un hombre así y seguir con la magnífica labor que siempre ha hecho.

Fotografía: FVF. Hay un álbum fotográfico que vale mucho la pena aquí.

lunes, 23 de febrero de 2009

Sonría, por favor: "Slumdog Millionaire"

No es de extrañar que Slumdog Millionaire arrasara en los Oscars; se podría hacer una película muy del gusto hollywoodiense sobre el propio rodaje. Con un director famoso que engaña a los estudios para poner más texto en hindi en el guión del que le permiten, y se las apaña para escolarizar (hasta los 16 años, nada menos) a los actores más jóvenes de la película, procedentes de los barrios más pobres de Mumbai (y además se los lleva a la ceremonia de entrega de los premios); que hace codirectora de este éxito de taquilla a la directora (india) de casting y que elige al protagonista siguiendo los consejos de su hija, seguidora de una serie juvenil británica. Con una mega-estrella india acostumbrada a interpretar a los malos más malos de Bollywood, que cede íntegro su caché a una ONG india que trabaja en favor de la infancia. Y con un estreno polémico en la India, a pesar de la presencia de algunos de sus actores más populares, por las protestas en los barrios de chabolas de Mumbai, donde se llegan a quemar fotografías de Danny Boyle por rodar una película cuyo título contiene la palabra "slumdog", que muchos habitantes de esos barrios interpretan de forma literal y consideran, por tanto, tremendamente ofensiva.
Oscarizada o no, Slumdog Millionaire tiene sus méritos: muestra una India real, alejada de supuestas espiritualidades y romanticismos, con las miserias al aire. Cierto es que lo hace de manera que el espectador occidental (el público al que se dirige) pueda soportarlo e incluso salir del cine con la sonrisa en los labios (gracias, en buena medida, al bailecito final al más puro estilo Bollywood, ver vídeo más abajo, y a la banda sonora, con la estupenda "Jai Ho"), a pesar de haber visto a unos pobres huérfanos pasándolas canutas (y de saber que la realidad es así). La película está filmada con el oficio y brío habitual de Danny Boyle, y es de suponer que en otras manos hubiera perdido bastante fuerza y ganado en sentimentalismo. El eficaz guión de Simon Beaufoy (The Full Monty) es fiel al espíritu y la estructura (aunque no a los detalles) de la primera novela, Q & A, de Vikas Swarup. La leí hace algún tiempo y no me pareció memorable, aunque sí muy entretenida. En cuanto a los actores, el protagonista, Dev Patel, muy convincente en su papel a pesar de haber nacido y crecido en Londres, está escoltado por actores de peso indios, como Anil Kapoor e Irrfan Khan, y una muy correcta Freida Pinto, una modelo india que debuta como actriz en esta película.

La novela ¿Quién quiere ser millonario? está publicada en Anagrama.

martes, 9 de diciembre de 2008

Bombay: el fin pero no el final

El titular es de hace unos días, de la BBC, cuando tocaba contar muertos y valorar las pérdidas materiales. La mezquindad occidental hace que parezca que hubo pocos porque eran en su mayoría indios (con los que hay en ese país), pero la última vez que lo consulté iban por casi 200 (ya nadie parece darse cuenta de lo que son doscientos muertos). Pero ese titular podría querer decir también que era el fin de la oleada de atentados más reciente, cuyas imágenes y horrores quedarán obsoletos pronto por la siguiente. Ojalá me equivoque, pero solo hay que echar un vistazo a las estadísticas de los 15 últimos años. El peor ataque (antes de este) tuvo lugar en 2006, cuando murieron 180 personas por las bombas en la red de ferrocarriles.
La única vez que he estado en Bombay nos salvamos por los pelos de ver de cerca uno de esos atentados. Era el 25 de agosto de 2003, estábamos alojados cerca del malecón y pensábamos ir a un famoso mercado del sur de la ciudad, el Zaveri Bazaar o mercado de los joyeros, y después a otro mercado, el Crawford Market. Mi compañero de viaje estudió el plano y decidió que nos interesaba más invertir el orden que yo había sugerido. Por eso no estábamos allí cuando estalló el coche bomba en Zaveri Bazaar, sino en el otro mercado. Como no podíamos seguir con el itinerario previsto y era nuestro último día en Bombay (y en la India), porque nuestro vuelo a Amsterdam salía por la noche, nos dedicamos a caminar por Colaba, en dirección a la Puerta de la India (uno de los monumentos más visitados por los turistas y los propios indios, a pesar de haber sido construido por los ingleses), justo donde había estallado el primer coche-bomba (el no entender las noticias de la tele es lo que tiene). Con la explosión se reventaron las ventanas del hotel Taj Mahal, que está enfrente (y que es uno de los dos hoteles que asaltaron los terroristas en noviembre). El día anterior habíamos entrado a cotillear; pero, claro, ese día no llegamos a acercarnos, porque estaba todo acordonado. Murieron 60 personas.
Como tuvimos la fortuna de no ver nada en absoluto y solo nos enteramos bien de lo que había pasado una vez en casa, no asocio Bombay con esos atentados, sino con la ciudad que tan bien describe Rohinton Mistry (claramente hay que dedicarle una entrada a este hombre) y con la dignidad de los indios, que me ha cautivado las dos veces que he ido como turista a ese país. Si el primer año, viajando por el norte me llamaba la atención las mujeres que se deslomaban trabajando en el campo y que, a pesar de ello, se preocupaban de su aspecto, de llevar el pelo bien recogido, el sari lo más limpio posible y en su sitio; ese año me sorprendieron las familias que vivían en las calles de Bombay y mandaban cada mañana a sus hijas a la escuela con uniformes impecables y trenzas perfectas con lazos planchados, peinadas por sus madres en una fuente pública.
Y, por eso, porque para mí Bombay no es un mero escenario de atentados terroristas, sino un lugar vivo, lleno de gente, que lleva sus familias al cine e increpa a los actores como si fueran de su familia mientras devoran cantidades ingentes de comida; que pasea por el malecón o por Chowpatty Beach, donde los niños se mojan los pies en el mar mientras juegan (y los adultos comen
bhel puri); que acuden a los templos a ofrecer dulces (que se comen los sacerdotes, en la India siempre gira todo alrededor de la comida) y flores a los dioses; que viven cada día ajenos a la barbarie que puede destrozar sus vidas; por eso, todas esas muertes me siguen resultando dolorosas casi dos semanas después, más de cinco años después. Por eso me asquean los políticos extranjeros que dan ruedas de prensa para contar que han pisado charcos de sangre, como si esa sangre no fuera de nadie.
En cualquier caso, será el fin de muchas cosas, pero nunca el final de Bombay. En mi recuerdo, el paseo por el barrio donde trabajaba Gustad Noble (el protagonista de Such a Long Journey, de Mistry) y la alegría al encontrar Flora Fountain, las mojaduras por los monzones, las familias indias comiendo kulfi (helado) los domingos, los bloques de cemento de Marine Drive que salen en Midnight's Children de Salman Rushdie... mucha pobreza y mucha muerte, sí, pero también mucha gente, muchas historias, mucha vida.

Utilizo Bombay y no Mumbai siguiendo las indicaciones de la RAE (no porque prefiera el nombre colonial).
La foto de Bombay es de Jaime Seuma.

sábado, 22 de noviembre de 2008

El Booker sigue en su línea

El Premio Booker de este año ha ido a parar a un escritor indio, treintañero, que se estrena como novelista con The White Tiger. Al jurado del Booker le gusta sorprender y provocar; por lo que sus decisiones no suelen coincidir con las elecciones más obvias. Y eso tiene su lado bueno y su lado malo, como todo en esta vida. Está muy bien eso de no premiar siempre a las "vacas sagradas" de la literatura británica (Salman Rushdie se quedó fuera de la lista de finalistas, aunque ya había ganado en el pasado). Pero, a veces, como en el caso de la ganadora del año pasado, Anne Enright (con The Gathering, ver entrada al respecto aquí), a estos del Booker se les va un poco la mano. Parece que han tomado por costumbre premiar a los autores que no parten como favoritos (este año se creía que la cosa estaría entre dos veteranos, Sebastian Barry y el también indio Amitav Ghosh). Y no es que The White Tiger no sea un buen libro; resulta muy prometedor como primera obra. Pero solo los libros inolvidables deberían alcanzar premios como el Booker, el de más prestigio en lengua inglesa. En teoría y según mi humilde opinión, claro.
The White Tiger es de una eficacia engañosa; a la que rascas un poco se le descascarilla la pintura. Captura la atención del lector inmediatamente gracias al recurso epistolar y, sobre todo, al destinatario de las cartas del protagonista, Balram. Pero en seguida se comprende que se trata de un mero pretexto (un tanto traído por los pelos) para dar rienda suelta a una confesión que destila amargura. La amargura del grueso de la población de un país que sigue viviendo sin cosas tan básicas como agua potable, electricidad o el alcantarillado que tanto obsesiona a Balram (que lo preferiría antes que la democracia). Un país donde un adolescente es capaz de vender su alma a cambio de beber un vaso de leche todos los días. Aravind Adiga no descubre nada; todos sabemos que India no es solo el paraíso del famoso "outsourcing" y los "call centers", que la mayoría de la población sigue viviendo con muy poco: pocos recursos, pocas esperanzas, poco futuro. Y que todos esos millones de personas son meros peones en un tablero de orden feudal en el que manda la corrupción. Pero si hay un escritor indio que ha retratado todo esto de forma magistral, no es Aravind Adiga, precisamente, sino alguien que le supera con mucho, Rohinton Mistry (otro día hablaremos de él).
En cualquier caso, la verdadera orginalidad de esta novela es la forma en la que rehuye toda lírica: las narrativas indias, por más miseria que contengan, suelen tener ese toque bucólico que le da un tinte rosado a la suciedad, al hambre... O al menos dramatismo. Adiga no tiene la menor intención de darnos ese respiro, es demasiado sarcástico. Nada es sagrado para él, ni los dioses, ni el padre de la nación, ni el Ganges... Y hace bien. Recurre al desapego, al realismo, para distinguirse y destacar dentro del numeroso grupo de escritores del subcontinente (en India hay muchos y muy buenos). Pero la sensación que me queda tras haber leído The White Tiger es que Adiga podía haber llegado más lejos, que debería haber sido más ambicioso y crear un retrato psicológico menos caricaturesco de su protagonista. Que podía haberle dotado de una voz más auténtica, yendo más allá de la anécdota, arriesgando más. Ha jugado seguro y ha ganado; y quizá los señores del Booker no le hayan hecho ningún favor. O, quién sabe, quizás el prestigio conseguido le anime a jugársela en una segunda novela.

Tigre blanco ha aparecido este mes en español, publicado por Miscelánea.

lunes, 18 de febrero de 2008

Me rindo, Suketu

No tengo por costumbre abandonar los libros ni las películas. Aún recuerdo el mal rato que pasé viendo El hombre perfecto de Lars von Trier, sabiendo que no me iba a ir del cine, que yo no hago eso, y sin poder dormirme... Así que cuando decido aparcar / abandonar un libro lo hago con todo un protocolo previo y con todas las de la ley: ¿he llegado a la página 80? (caso negativo, a seguir leyendo), ¿puede que no sea el momento adecuado? (entonces toca aparcarlo, a veces eso funciona y luego disfrutas de la lectura en otra ocasión en la que resulta que ese libro encaja más, por el misterioso motivo que sea) ¿puedo razonar el abandono? (entonces, como no estamos para perder horas, a otra cosa, mariposa).

Cuando apareció la traducción de un libro que yo no conocía en su versión original, Ciudad total. Bombay perdida y encontrada (Mondadori), apliqué otra de mis reglas (tengo millones, me temo): si es de tapa dura, esperar a que salga en tapas blandas (menos elegante, pero más barato, ocupa menos sitio y se lee mejor tumbada en el sofá o en la cama, que es donde suelo leer yo, por las noches). Pasó el tiempo y me había olvidado totalmente del libro hasta que lo vi en la biblioteca de mi barrio. Y empecé a leerlo.

El tema me parece muy interesante: la visión "desde dentro", lo que no vemos los turistas, lo que no funciona (y no funciona nada) en una ciudad desmedida en todos los sentidos, la suciedad y la contaminación (que eso sí lo ves de visita, pero no es lo que te llama más la atención si estás allí tres días), el día a día de sus habitantes (tan duro como se imagina uno), los tejemanejes de los constructores (me recuerdan a otro país, a otra ciudad), de los políticos (ídem)... Y de repente el autor, Suketu Mehta, se adentra en el mundo de las llamadas "gangwars", de los asesinos a sueldo, de los grandes gángsters que controlan la ciudad; y lo hace con una afición de decenas y decenas de páginas (tan desmedida como Bombay, vaya).

Bueno, más que afición, es casi encono. Y, ¿es Suketu Mehta su verdadero nombre? ¿No les ha sentado mal tanta publicidad a los asesinos esos? ¿O es que les gusta salir en los libros? (sé que les gusta que aparezcan personajes como ellos en las pelis de Bollywood, pero, claro, no es lo mismo). Total, que cuando llevo la mitad del libro, a pesar de que abandonar un libro tras 300 páginas no es algo que haya hecho antes, lo dejo. Es cierto que tengo mucho trabajo, que estoy cansada... Pero también es cierto que la traducción es muy poco fluida (quizá por prisas) y un tanto dejada (no es difícil darse cuenta de que los iraníes no podían haber llegado a Bombay a finales del siglo XX si el restaurante iraní favorito del autor es de 1934); vamos, que quizá no hubiese abandonado el libro en inglés. No he leído nada más de Suketu Mehta, así que puede que no sea un gran escritor; pero me tiene con la mosca tras la oreja no ya lo del Pulitzer (quedó finalista con esta obra, pero, los premios, ya se sabe), sino la encarecida recomendación que hace del libro nada menos que Salman Rushdie (aunque he de decir que el Sr. Rushdie recomienda encarecidamente con cierta soltura) y The New York Times Book Review.

Total, que he devuelto el libro a la biblio cuando tocaba, sin ganas de préstamos futuros y sin tener muy claro de quién es la culpa. Si un día cae en mis manos el original en inglés, habrá que averiguarlo.

Más información sobre este autor en su página (en inglés).