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domingo, 8 de agosto de 2010

À la Batman

No estoy segura de haber visto Insomnia (2002); con mi memoria habitual (o más bien la falta de la misma), me suena muchísimo, pero no la recuerdo. En cambio, sé que Memento (2000) sí me gustó mucho. Repasando la filmografía de Christopher Nolan, estoy casi segura de que me salté su primer Batman (el segundo lo vi volviendo de Hong Kong, en el avión, porque sabía que salía esa ciudad) y recuerdo que vi The Prestige (2006) y me pareció que estaba muy bien hecha; pero no me ha dejado huella alguna (encima, por esa época había dos películas de magos).
Todo esto viene a cuento porque cuando me propusieron ir a ver Inception (2010), fue el recuerdo de Memento lo que más me animó (eso y la insistencia de alguien recordándome que me habían gustado las tres entregas de Matrix, que no es por nada, pero las protagonizaba Keanu Reeves). Fui sabiendo que Leonardo di Caprio me mata, lo cual tiene mérito. Y una vez vista la película, lo primero que tengo que decir es que no me creo nada que tenga a Leo por protagonista. Para la próxima vez, sugiero a Nolan (que suele hacerme un caso que no veas) que repita con Christian Bale (que le ha dado muy buen resultado en tres películas y en esta hubiera dado el pego) o con Guy Pearce, el protagonista de Memento, que yo creo que también lo hubiera hecho bien. Y ya que estamos, podemos seguir con otros actores del elenco. Desde que vi a Cillian Murphy en Breakfast on Pluto (2005) que no puedo imaginármelo en otro papel y le veo cara de niña en todos los que intenta. Lo de Michael Caine es más un cameo (a Nolan le gusta, por lo visto, que aparezca en sus pelis) que otra cosa; porque tiene un papel un tanto intrascendente. Y la que no aporta nada aparte de un bello rostro y una bonita figura es Marion Cotillard. Puede ser culpa de su papel; pero le da un toque empalagoso e innecesario a la historia. Como no me creo a di Caprio, pues menos me creo que este pedazo de mujer esté loca por él; la verdad. El resto de intérpretes, muy correctos en sus papeles; sin quejas.
Por lo demás, mi impresion es que a Nolan le dieron demasiado dinero para hacer esta película. O que se le ha pegado el "toque Batman" y cualquiera se lo quita. Puede también que tenga un poco de "síndrome Bourne", como apuntaba mi acompañante, con tanto ir de un país (o continente) para otro con tamaña soltura. Para mi gusto, la película está bien hecha, tiene ritmo (lo cual no deja de tener mérito teniendo en cuenta lo larga que es); pero le sobran buena parte de los efectos especiales. La idea principal está claro que es buena y no está mal desarrollada. Incluso los "toques videojuego" (las escenas en la nieve) tienen su aquél para los que no somos aficionados. Y que se vuelva a la escena del principio con Watanabe y di Caprio es un toque elegante. El final, inevitable, no había otra manera de salirse del jardín en el que se habían metido. La música es del último Batman total, en plan tétrico. En resumen, mucha grandilocuencia innecesaria. La idea era buena y no requería ponerse tan ostentosos. Pero una vez puestos, pues resulta muy entretenida. Ahora bien, creo yo que poso me va a dejar cero. Pero tampoco debe ser necesario que todas las películas que veamos nos impacten ¿no? Es más, es imposible.

jueves, 5 de agosto de 2010

Rebajas de agosto: cine

Vamos a ver si hacemos un poco de limpieza aunque sea ofreciendo algunos artículos a precio de saldo; o nos sumamos a las rebajas o no hay manera de hacer inventario, con tanto género de otras temporadas. Así que hoy "hablaremos", brevemente, de cinco películas, muy variadas, que he visto este año.
Empezaremos con
Luck by Chance (2009), la película india con la que se inauguró el BAFF en su última edición y que supuso el debut de la directora Zoya Akhtar. Un viaje a las entrañas de Bollywood, más ambicioso que conseguido; más juguetón que sarcástico. Con coreografías (no podían faltar) de Vaibhavi Merchant y cameos de actores tan famosos como Hrithik Roshan (conocido en mi casa como "el mazas" por el asombroso volumen de sus músculos), John Abraham (a quien algunos conocemos como "el paleto" tras hacer un papel un poco tonto en una película bastante ridícula), Abhishek Bachchan, Kareena Kapoor, Rani Mukerji, Vivek Oberoi y, el dios de ese panteón, el gran Shahrukh Khan. Lo mejor de cada casa, vaya; no en vano la directora pertenece a una familia "bollywoodiense" donde las haya. Para fans de Bollywood resulta muy digna (dichos fans acaban tragándose cada tontería...).
Seguiremos con un hombre que no falla (sobre todo si la película parece hecha a medida para él): George Clooney. Es, sin duda, el protagonista absoluto de
Up in the Air (2009), del canadiense Jason Reitman (director de la muy aclamada Juno, de 2007, con la que tampoco ganó todos los Óscars a los que aspiraba). Y como en la propia Juno, falta amargura. Son películas bien hechas, que no ofenden la inteligencia de la gente, con actuaciones sólidas, guiones que no chirrían... pero que se olvidan sin más y no llegan a donde ambicionaban. Pero se pasa un rato entretenido, y Clooney es un tipo agradable y de buena presencia que no molesta tener delante durante una hora y media.
Va de guapos oficiales la cosa.
A Walk in the Moon (1999) y Good (2008) tienen un actor en común (aunque en la primera casi no hable, queda la mar de decorativo en plan hippy): Viggo Mortensen. La primera peli está dirigida muy dignamente por Tony Goldwyn, más conocido por ser el malo de Ghost. Podría ser un "telefilme" de sobremesa; pero los actores lo hacen bien (incluso los que no tienen guión) y la cosa tiene su interés. Además tiene la particularidad de estar ambientada en el año de mi nacimiento (que no diré cuál es, aunque puedo dar la pista, extremadamente útil y reveladora, de que fue en el siglo pasado). La segunda era más ambiciosa y parece que esta entrada va de ambiciones fallidas. En este caso, muy estrepitosamente. El pobre Mortensen, que es buen actor, no sabe qué hacer con un papel tan absurdo y tan mal definido. Cuando se acaba la película (dirigida por Vicente Amorim) nos quedamos con la boca abierta ante un desvarío semejante. Además, creo que ya lo he dicho alguna vez, a mí que los nazis hablen en inglés es algo que no me convence nunca.
Tras la sesión doble con el bueno de Viggo, y como broche de oro:
Picture Bride (1995) de Kayo Hatta. La "novia de foto" del título se refiere a las japonesas que se casaban (a principios del siglo XX) con inmigrantes que estaban trabajando en Estados Unidos a los que solo conocían por la foto que les enseñaban las casamenteras. Está ambientada en una plantación de azúcar de Hawai. Esta digna muestra de cine independiente ganó varios premios en festivales cinematográficos de renombre y muestra la dureza de las condiciones en las que vivían estas mujeres, y sus recursos. Flojea un poco hacia el final, pero tiene una hermosa fotografía.

lunes, 2 de agosto de 2010

Revoltillo japonés

No miremos atrás, que el número de borradores sin editar de este blog da auténtico pavor. Con ánimo constructivo, comentaremos brevemente, que es agosto y hace mucho calor (acabo de descubrir con gran asombro que el sudor puede pegarse a los ordenadores), la última peli y novela japonesas que he visto/leído (y alguna otra cosilla, ya que estamos).
Con Kuki ningyo (Air Doll), de Kore-Eda Hirokazu, me pasó como con El cielo es azul, la tierra blanca (novela de 2001 de Hiromi Kawakami). Iba viendo la película (mi primera visita a los cines de mi barrio en meses, dispuesta a disfrutar hasta del rato previo sin imágenes) e iba pensando "pues, bueno, pues me alegro"; por decirlo de alguna forma. No me sentía demasiado implicada por la fantasiosa fábula de la muñeca hinchable que se volvía de carne y hueso (la veía incluso un tanto forzada). Pero salí del cine con una gran tristeza (me repito, supongo, pero la afición al amor, la soledad y la muerte de esta buena gente, y a su combinación, por más señas, acabará conmigo). Y sigo recordando esa película como una experiencia dolorosa; es decir, me dejó más marca de la que hubiera esperado. En el caso de la novela de Kawakami, tres cuartos de lo mismo. La leía pensando que si nos dicen que es una historia de amor, pues habrá que creérselo; a mí más bien me parecía una apología de las izakayas (tabernas japonesas) que otra cosa. Sin embargo, semanas después, recuerdo la vida de la protagonista y su extraña relación amorosa con una punzada de dolor.
Desde luego, Kore-Eda Hirokazu parece obsesionado con la insatisfacción (además de los temas de siempre), presente en Still Walking y en Air Doll; algo no solo muy japonés, sino muy humano (como los consabidos temitas). En fin, lo que me queda claro es que si sigo reincidiendo con estos japoneses es porque hay algo en esa cultura que me atrae irremediablemente. Me pasó durante las vacaciones con una de las primeras novelas de Banana Yoshimoto, Goodbye Tsugumi (1989). No hubiera sido capaz de recomendarla a nadie; pero me encantaba volver a ese pueblo costero por las noches, en la cama, o en el jardín, después de comer. Me sentía super a gusto allí. Y eso que cuando acabé el libro pensé "otra vez me ha timado esta mujer, vaya por dios". Creo que me gusta tanto Japón, que si no puedo estar físicamente (ya caerá el tercer viaje, ya, todo llegará), me gusta sumergirme en ambientaciones que consiguen que me vea inmersa en esa cultura; me cuenten lo que me cuenten. Al final, el punto fuerte de muchas películas y novelas japonesas es, en mi opinión, el ambiente que recrean. Por eso no suele importar que no nos cuenten demasiado. Porque la historia no es lo más relevante. Son los instantes que se aprehenden. Y por eso, creo que el principal problema de Air Doll es que quiere contarnos una historia con su moraleja y todo (lo del vacío existencial y la muñeca hinchable es un poco demasiado evidente, para mi gusto). E igual no hacía falta.
En fin. Sé que mis análisis no están resultando muy sesudos. Esto no deja de ser un diario y lo que me importa es dejar constancia de mis lecturas, momento vital y demás. Hay días de más inspiración y de menos. Estamos de vuelta, pero por poco tiempo.

El cielo es azul, la tierra blanca
está en castellano en Narrativa del Acantilado.
Tsugumi está en castellano en Tusquets Editores.

viernes, 26 de febrero de 2010

El apocalipsis según San Viggo

Bueno, ya hemos visto The Road (2009), dirigida por John Hillcoat (primera vez que vemos algo de este director de origen australiano, creo yo). Nos ha hecho gracia reencontrarnos con "viejos amigos" como Molly Parker (Deadwood), Guy Pearce (Memento) y, por supuesto, el Omar de The Wire (Michael K. Williams sin demacrar lo suficiente, en mi opinión). Otras caras conocidas son Robert Duvall (el anciano) y Charlize Theron, de la que no puedo sino añadir dos cosas. En primer lugar, recomiendo no acercarse mucho a esta mujer, porque siempre le pasan unos dramas que no veas. Y en segundo lugar, en esta película Charlize no hacía ninguna falta. Su personaje (que no tiene protagonismo en la novela, por lo visto) no aporta nada y hubiera sido mejor obviarlo (junto con los flashbacks, totalmente prescindibles también). Pero el protagonista indiscutible es Viggo Mortensen, que está que se sale, la verdad. Estupendamente caracterizado (tuvo que adelgazar una barbaridad para el rodaje), transmite todo el sufrimiento, la ternura, el miedo de su personaje.
No hace falta decir que la película es la adaptación de la famosa novela de 2006 de Cormac McCarthy, que en su momento ganó el Pulitzer, entre otros premios, y fue nombrada el libro de la década por The Times. El proceso de post-rodaje de la película fue bastante largo y complicado. Se habían rodado secuencias muy "a la americana" (explosiones espectaculares y esas cosas), así como un seguimiento televisivo del cataclismo que acaba con el mundo (sin explicar en la novela, por lo que yo sé). Esas partes menos fieles a la novela (se pueden ver algunas de esas imágenes en este tráiler inicial) acabaron eliminándose y el resultado parece que sí se corresponde en gran medida (incluso en frases de diálogo) con lo escrito por McCarthy. Algunos detalles tuvieron que modificarse, eso sí. En la novela una capa de ceniza oculta el sol y hace necesario que el padre y el hijo lleven máscaras de gas para poder respirar, algo poco cinematográfico. Y, sobre todo, no vas a contratar a Mortensen para taparle luego el rostro. Es más, a pesar del invierno nuclear ese, la criatura repite una hazaña, contra todo pronóstico, que sería muy del gusto de más de una espectadora si no fuera porque el hombre está en los huesos. Y hasta aquí puedo leer.
La película se rodó básicamente en Pensilvania, donde abundan las minas, las dunas y las zonas industriales abandonadas. Eso sí, a la que había una catástrofe (el Katrina, un incendio), para allá que se iba el equipo para aprovechar el "decorado". Aparte, rodaban en días con mal tiempo y se utilizaron retoques digitales para eliminar cualquier rastro de verdor. Todo ello da un resultado bastante convincente. La verdad es que entre la interpretación de Mortensen y la ambientación, yo salí acongojada; vaya sufrimiento. Te marchas para casa pensando "¿y yo qué haría en un caso así? ¿buscaría la salida más rápida o resistiría?".
Y, para acabar, un consejo bienintencionado: en caso de apocalipsis, no olvidar el material de oficina, que le puede salvar la vida a uno.

Los Novelantes comentarán la novela The Road el próximo mes de junio.

lunes, 15 de febrero de 2010

Una broma privada

Está claro que los hermanos Coen (ese interesante 2x1) son el producto de una infancia / adolescencia en los años sesenta, en el seno de una comunidad judía de Minnesota, con sus rabinos y demás (aunque también con Jefferson Airplane y otras sustancias). Y por si había alguien que lo dudase, pues han escrito, producido y dirigido A Serious Man (2009), ambientada en 1967, supuestamente una comedia de humor negro. Fallida, en mi opinión. Se supone que intenta explorar las cuestiones de la fe (judaica), la vida familiar... pero acaba siendo algo más cercano a un cuchicheo entre hermanos ("¿te acuerdas de la señora tal, del rabino cual?").
De entrada, nos endilgan una introducción que no veo yo que pinte mucho; no le veo la relación. Ya sé que va de religión, pero, aún así, me parece un poco gratuito poner a esa gente a hablar yiddish; de hecho, he leído que el propio Joel Coen reconoce que no tiene nada que ver con lo que sigue. Y lo que sigue son las desventuras de un hombre serio, de un padre de familia que solo desea una vida normal, de manual (trabajo, familia, valores...). Cuando surgen las cuitas que le impiden seguir viviendo por pura inercia, sin cuestionarse nada, e intenta encontrar consuelo, consejo y orientación en su fe, se encuentra con unos rabinos muy poco resolutivos. Uno de ellos, una especie de rabino en prácticas, es el Howard Wolowitz de la fantástica serie The Big Bang Theory. Este actor, Simon Helberg, es uno de los pocos actores que reconocemos en un elenco con caras poco conocidas. Por lo visto, la mayoría de actores son de Minneapolis y se les escogió con ese criterio. Y, supongo, por su origen judío, a la vista de sus apellidos. Desde luego, las interpretaciones son muy sólidas; eso es innegable. La crítica ha destacado mucho la de Michael Stuhlberg, supongo que por ser el protagonista o porque es un rostro conocido de Broadway (y eso siempre viste mucho); pero, aunque está bien en su papel, tampoco es tan difícil poner cara de desconcierto y frustración. Resultó una sorpresa encontrarse a un envejecido Adam Arkin (Adam en "Doctor en Alaska", el cocinero loco) como abogado (sin melenas ni mugre, costó recordar de qué le conocía). Parece ser que es un actor muy popular que ha intervenido en múltiples películas y series, además de en obras de teatro.
Lo dicho, los Coen me parecen unos tipos sofisticados, inteligentes, con gran sentido del humor, pero que igual deberían hacer menos películas. Mi teoría es que hacen muchas y algunas se las curran poco. No sé si tienen vicios que pagarse o es que los espectadores somos muy exigentes y queremos siempre que estén inspiradísimos, pero es que hay unos desniveles de unas pelis a otras, que para matarse, vamos. Y creo que lo puedo decir con conocimiento de causa, porque he visto todas sus pelis y soy gran fan de varias, concretamente de Barton Fink, Fargo, The Big Lebowsky, O'Brother Where Are Thou? y The Ladykillers. Otras me parecen para pasar el rato sin más, como Raising Arizona e Intolerable Cruelty. Con alguna me ha pasado que no estaba mal, pero yo esperaba más (siempre espero más de ese par) como No Country for Old Men y hubo una que me pareció un desastre Burn After Reading. Aunque he de decir que de algunas no me acuerdo para nada (habrá que verlas de nuevo), como Blood simple, Miller's Crossing, The hudsucker proxy y The Man Who Wasn't There.
Pienso que a veces los directores ruedan películas para sí mismos y cuando esas películas conectan con el público resultan una muestra de cine personal. Pero en este caso parece como si la hubieran rodado para pasarlo bien ellos (así lo han confesado, además) y los demás no le veamos tanto la gracia. Una especie de broma privada, vaya. En mi opinión, falta elaboración. Tengo la teoría de que esta buena gente se toma vacaciones de vez en cuando, porque no pueden estar siempre rodando películas redondas, y su forma de relajarse es esta.

lunes, 25 de enero de 2010

Me deja fría

No me extraña que a los angelitos estos de la historia de Das weisse Band (2009) tuvieran que anudarles una cinta blanca para recordarles la pureza y la inocencia que se les suponía, porque parecen más malos que la tiña. Claro que críate con semejantes adultos. Cuando ves a los más pequeños en alguna escena tierna (una rareza en esta película, de pocas concesiones), como la del pajarillo herido o las preguntas del hijo pequeño del médico a su hermana mayor sobre la muerte, te recorre un escalofrío pensando que esa ternura tiene los días contados en un entorno rígido en el que parece tan fuera de lugar.
Aclamada por la crítica, muy premiada, esta película de Michael Haneke pretende ser una especie de disección de una sociedad en la que reina la represión y la hipocresía, la mezquindad y la crueldad. Pero el punto de vista es tan frío, que, en mi opinión, pierde credibilidad. Hay demasiada distancia entre la persona que filma y la historia; está rodada sin pasión. Ambientada en un pueblo del norte de Alemania (protestante y prácticamente feudal), en 1913-1914, narra una serie de sucesos sin implicarse en ningún momento. El blanco y negro, de gran belleza, me ha parecido más un truquillo que otra cosa: no hubiera sido tan fácil grabar según qué escenas en color, hubieran perdido autenticidad. En mi opinión, se aguanta sobre todo por el trabajo actoral, exquisito (y no lo tenían fácil, sobre todo las actrices, porque les debía tirar el moño que no veas). Uno de los actores más conocidos de la película es el actor alemán que interpreta al barón, Ulrich Tukur, a quien hemos visto, entre otras, en Solaris y en La vida de los otros.
Según Haneke, la película trata sobre "el origen de todo tipo de terrorismo, sea de naturaleza política o religiosa". Y ahí está el principal problema, ese final tan pretencioso, rollo "cómo no iba a estallar una guerra, siendo la gente como es". Hombre, muy traído de los pelos, si eso es lo que pretendías decirnos durante dos horas y media... Solo le falta añadir que los niños estos son los nazis del futuro, vamos. Solo sé que se acabó la película y no se oía una mosca (lo cual tiene mérito, porque los créditos no tenían música). Se había quedado todo el mundo (la sala de cine estaba llena) patidifuso, oyes. Yo la vi el sábado y hoy lunes sigo pasmada; no puedo entender a qué viene tanto despliegue de mala leche, no le veo el propósito. Resumiendo: bella en términos visuales, rodada de forma impecable, pero sin corazón.

Se puede ver el tráiler de la película (en alemán) aquí y una escena con subtítulos en español aquí.

sábado, 23 de enero de 2010

Sin final feliz (como la vida misma, vamos)

Con un título como Los canallas duermen en paz (Warui yatsu hodo yoku nemuru, 1960) y la corrupción inmobiliaria como tema de fondo (por cierto, vemos que no es nada nuevo, ya pasaba en el Tokio de la posguerra hace 50 años), está claro que esta película de Akira Kurosawa no puede sino ser una tragedia. Y como no es americano, lo del final feliz, como que se la trae al fresco.
La fama de este director se debe en gran parte a sus películas de época, que retratan el Japón feudal y se inscriben dentro de uno de los grandes géneros del cine japonés, el "jidaigeki". La más famosa sería, seguramente, Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), que tenemos pendiente de ver un día de estos. Pero Kurosawa también hizo películas del otro gran género japonés, el "gendaigeki", que toca temas y problemas contemporáneos. Y Los canallas... es una de estas.
Kurosawa refleja aquí un Japón que trataba de renacer tras la segunda guerra mundial y que encontró la forma de hacerlo mediante un capitalismo exacerbado que anulaba al individuo. Se trata de un tema muy teatral, en cuanto los personajes son meras marionetas de un sistema cruel que no permite escapatoria ni redención. Los personajes de Kurosawa son extremos, pero no caricaturas; hasta el malo-malísimo (Iwabuchi) tiene su corazoncito y hace barbacoas para distraer a su hija lisiada. Los actores (Kurosawa siempre trabajaba con los mejores) también contribuyen a que sus personajes no sean planos. Uno de sus favoritos era Toshiro Mifune, el protagonista de esta película, en la que interpreta a un joven atormentado, digno de la literatura de Dostoievski; lo cual no es coincidencia, porque Kurosawa reconocía a este novelista como una de sus principales influencias. La otra sería Shakespeare. De hecho, a menudo se han comentado los paralelismos de la trama de esta película con Hamlet (y alguno hay).
Los canallas... es una película realista filmada a la manera del cine negro americano y con una puesta en escena totalmente teatral; sobre todo al principio, con esa escena de la boda que se considera uno de los mejores comienzos de película de la historia del cine y que sirve, como la primera escena del primer acto de una obra de teatro, para presentar a los personajes gracias al artificio de la presencia de los policías y los periodistas, que son quienes facilitan la información. He de decir que a mí esta gente tan realista (como los guionistas de la serie de televisión "The Wire"), me mata. Shakespeare escribía tragedias; pero al menos tenía el concepto de la "justicia poética" para darnos un respiro como espectadores / lectores.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Ahora me acuerdo...

de por qué no me gustaba ver pelis asiáticas. Tiempos de amor, juventud y libertad (Three Times, 2005) de Hou Hsiao-Hsien parece rodada para demostrar que mis antiguos temores no eran tan infundados como pudiera pensarse.
Shu Qi y Chang Chen (muy guapos ellos, eso sí) protagonizan las tres historias supuestamente de amor (sin consumar, de pago y turbulento) que transcurren en tres lugares y momentos históricos diferentes. Las tres están narradas con gran belleza visual y (¡ay!) esos silencios que me han mantenido muchos años bien lejos del cine asiático. Lo del ritmo lento, lo de la historia de cine mudo tienen un pase; pero los silencios me matan.
En fin. La crítica más fan la tilda de "hipnótica"; lo cual explicaría por qué casi me quedé dormida.

Tráiler aquí.

viernes, 6 de noviembre de 2009

¡Aragón también tiene sed!

Siempre digo que no aprovechamos la oferta cultural de Barcelona, que no es Londres, pero cosillas para ver/oír abundan (más que el tiempo para ir a echarlas un ojo o para investigarlas siquiera). Suerte que a veces me hacen propuestas de lo más honestas como el programa doble sugerido esta semana por la jefa de los Novelantes (¡mil gracias, Caro!), que encima ha coincidido con una relativa tranquilidad en el frente; así que miel sobre hojuelas.
Dentro de la programación del Festival In-Edit (Festival Internacional de Cine Documental Musical de Barcelona), fuimos a ver primero el documental ficticio Spinal Tap, de Rob Reiner, que cumple este año su veinticinco aniversario. La historia de este documental tiene tela; porque se inventaron una banda "heavy" inglesa y se eligieron a unos actores que fueran músicos además. Tal fue el éxito del documental (se ha convertido en toda una peli de culto) que Spinal Tap llegó a grabar discos y actuar para sus fans. Las imágenes "retrospectivas" de los inicios del grupo en los años cincuenta cantando "Listen to the flower people" son para troncharse; así como las referencias a los baterías muertos... En fin, una parodia que no ha envejecido mal del mundo de las bandas "heavy" en la que al final queda peor parada la industria discográfica que los ingenuos músicos y sus clichés (yo solo pillé algunos, claro), como dios manda.
El segundo documental, sobre la historia de la cultura pop oscense, "Los chicos de provincias somos así" (título de un tema mítico de Los Mestizos), y dirigido por Orencio Boix, no tiene desperdicio ni siquiera para los que no hemos vivido ese ambiente. Está magníficamente estructurado y no se limita a los gloriosos años 80 y a gente como Escoria Oriental (los más conocidos aunque fuera de nombre, al menos por mí). Empieza con el nacimiento del pop, a finales de los 50, que significó toda una revolución en un lugar extremadamente pequeño, rural y clasista. Sale el primer grupo que grabó un disco "ye-yé" en España (y que actuaron en Irán, nada menos) y, de repente, se muere Franco y se arma una que no veas; con cada cual cantando lo que dios le da entender y el surgimiento de las tribus urbanas ("¡había tres punks!" dice uno de los entrevistados). El desparpajo del personal es lo mejor; nadie se da importancia ni se amarga por no haber tenido más éxito en su carrera musical. Lo de Willy Giménez diciendo que en Huesca Camarón estaría vivo, o la respuesta de un componente de la Escoria Oriental a la pregunta de cómo ven el auge musical de Huesca ("pues, doble, lo vemos doble, como todo") es desternillante y conmovedor por su frescura a la vez. Total, que Orencio Boix no se limita a mostrarnos lo esperable; sino que va más allá, hacia atrás y hacia adelante (porque nos muestra también lo último de la música oscense, tanto en Huesca como fuera); dando voz a las bandas, a los periodistas que las apoyaron... Una maravilla.

De visionado imprescindible: vídeo de una actuación de Escoria Oriental, cantando "Reggae de los Monegros". La calidad de la imagen no es muy allá; pero vale la pena.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Retorno a medio gas

El monológo inicial de Larry David en Whatever Works es tranquilizador; hemos vuelto a Nueva York, se acabaron los dichosos experimentos. Pero también deja claro que David va a hacer de Woody Allen, y que ni él ni ningún otro actor va a conseguir ser tan cómico como el propio Allen; por más que él les escriba las frases (sobre todo porque ya no tiene la garra de antaño con los diálogos).
David tiene poco pelo (aunque es bastante corpulento) y da el pego como judío hipocondríaco, paranoico y faltoso. Pero no es Woody Allen, y eso es un lastre para una película que tiene otro problema importante: todas las películas que ha escrito Allen antes de esta (voy a olvidarme de Vicky... por pura caridad y como agradecimiento a los muchos buenos ratos pasados con las pelis de sus mejores años). Por lo demás, los actores son lo suficientemente buenos para paliar los efectos de una trama excesivamente disparatada.
No es mi Woody Allen preferido, pero al menos es Woody Allen, y como pensé que nunca más volvería a verle, pues casi estoy agradecida de que haya vuelto por sus fueros aunque solo sea a medio gas y con poco fundamento. Con tal de que no vuelva a insultar a su filmografía, aceptaremos "pulpo" por "inspiración".

Tráiler "destripador" para quien la haya visto o no piense ir a verla aquí.

lunes, 26 de octubre de 2009

No solo de gamberradas vive Tarantino

No hay nada como temerse lo peor: tras ver el tráiler de Inglorious Basterds llegué a la conclusión de que la última película de Tarantino daba mucho miedo; pero no por la violencia, sino porque pensaba que iba a ser un disparate de principio a finl. Y no sé si fue esa prevención, pero lo cierto es que la película me sorprendió gratamente. De hecho, me asombró su contención.
Está claro que Quentin Tarantino adora irse por las ramas, impactar al público, exhibir violencia y crear caricaturas más que personajes ("virtudes" que, de entrada, no suelo encontrar excesivamente atractivas en un director de cine). Pero Tarantino ha logrado crear una estética propia y sus gamberradas pueden llegar a estar francamente bien hechas. Nunca entiendo por qué me gustan sus películas (odio la violencia y no disfruto viéndola en el cine); pero lo cierto es que el hombre consigue hacernos pasar un buen rato y nos endilga una película bien larga que se nos pasa en un suspiro (y me reí bastante, para qué negarlo).
Al final estamos hablando de una película sólida, que no deja de ser un entretenimiento, pero que está bien hecha, con actores impecables (sobre todo Christoph Waltz, que está magnífico en su papel de cazador de judíos). Da pena cuando matan a personajes que daban mucho juego (y hasta aquí puedo leer). Tarantino consigue incluso aprovechar las escasas aptitudes interpretativas de Brad Pitt; por ejemplo, sabiendo que los acentos no son su fuerte, le hace hablar con un exageradísimo acento sureño que divide a los espectadores, que no saben si lo hace fatal o estupendamente. Yo diría que, como todo en esa historia, el acento es pura parodia.

Tráiler de la peli aquí.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Pretenciosa

Ayer fui a ver Map of the Sounds of Tokio / Mapa de los sonidos de Tokio. Creo que el Anticristo no hubiera resultado peor elección (el de Lars von Trier, aunque quizás tampoco el otro). La última película de Isabel Coixet está a años luz de lo mejor de su filmografía (La vida secreta de las palabras, Mi vida sin mí y Cosas que nunca te dije). Si cuando fui a ver Elegy dije que una de las cualidades del cine de Coixet era, en mi opinión, su capacidad para conmover en la medida justa; en esta ocasión no ha encontrado la medida, ni el punto ni nada. De sus mejores películas me gustó la sutil poesía que destilaban; pero en esta se le ve el plumero, las ganas de ser poético (solo me lo pareció el título y encima luego no encajaba para nada con la película, que no transmite los sonidos que pretende). Para entendernos: esta película es como la Isabel Coixet que se entrevistó a sí misma en lugar de charlar con su admirado Haruki Murakami (que era a quien había ido a escuchar la mayoría del público, por no decir todo el mundo), no como la directora de La vida secreta de las palabras.
También es cierto que Sergi López no es Tim Robbins, eso está claro. Le daba yo vueltas al salir del cine a la posibilidad de salvar a su personaje poniendo a un actor tipo Viggo Mortensen; pero la verdad es que la historia es tan absurda, que no hay manera de apañar el entuerto. Rinko Kikuchi tiene que ser buena actriz por narices, porque sale airosa de los papelitos que le tocan; incluso cuando su personaje no existe, como es el caso. Otra cosa es el supuesto magnetismo (según la directora) entre los protagonistas. Yo no lo vi por ninguna parte; es más, no me creo su historia para nada. Y otro personaje que se las trae es el del narrador omnisciente, que a quién se le ocurre. Encima se desperdicia al famoso bailarín de butoh, Min Tanaka, para que lo encarne, con unos monólogos que no tienen ni pies ni cabeza. Vamos, que el tráiler de la peli no auguraba nada bueno y, al final, de los tráiles hay que fiarse más que de tu propio padre.
Pues eso, una decepción; al principio no le ves el qué, pero es que luego empeora considerablemente, con esas escenas de sexo tan cutres, y el final es de vergüenza ajena. Ni siquiera se captura la esencia de Tokio (en ese sentido, y en otros, se queda a años luz de Lost in Translation) ni aprovecha su fuerza (las imágenes son bastante sosas, para lo que es la ciudad). Un ejemplo muy claro es el mercado de pescado, de lo más fotogénico y potente visualmente que se puede ver por estos mundos de dios. Pues en la película no destaca especialmente. Tokio se queda en excusa, en afanes de modernidad, en un escenario incongruente para una historia pobre y poco interesante.

El tráiler, así como "making-offs", diario del rodaje, etc. para muy fans, en www.mapofthesoundsoftokyo.com

lunes, 24 de agosto de 2009

Belleza simple, pero belleza al fin

Ayer estuve viendo El camino a casa / The Road Home (1999), de Zhang Yimou. Es una historia muy sencilla, aunque llena de gestos y detalles: la historia de amor de los padres de un hombre que regresa a su pueblo para enterrar a su progenitor. De hecho, tan simple es la historia que narra esta película que en mandarín se titula "Mi padre y mi madre" (más claro, el agua). El guión es del escritor Bao Shi, quien adaptó su propia novela.
Gran parte del encanto de la película reside en la belleza y candor de una joven actriz (creo que esta es su primera película), Zhang Ziyi. Aunque es sobre todo la fuerza de las imágenes, el estilo visual con el que está rodada, lo que cautiva al espectador. Y, por lo visto, a la crítica, ya que ganó dos premios en la Berlinale 2000 y el premio del público en el festival de Sundance de 2001. Curiosamente, el presente (con la madre anciana y el hijo cumpliendo los deseos de sus padres) discurre en blanco y negro, y los recuerdos, en color (de hecho, a todo color). Y no solo eso, sino que el amor no llega en primavera, sino en un otoño esplendoroso. Las dificultades (la ausencia del amado) llegan, eso sí, en invierno, con toda su dureza.
Un aspecto interesante de la película es la velada referencia a la situación política del momento en el que se enamoran los jóvenes. 1958 fue el año de la purga de "derechistas" (concepto no siempre claro, se podía ser derechista por pedir libertad de expresión o por criticar al gobierno, por ejemplo) instigada por Mao Zedong. Es un tema tabú en China aún hoy en día (por qué será) y la censura no permite alusiones; por ello en la película se pasa de puntillas por los problemas políticos del joven maestro.

Se puede ver el tráiler de la película aquí.

jueves, 16 de julio de 2009

Okuribito: Aprendiendo a vivir

La última película de Yokiro Takita, uno de los directores más famosos en Japón (sobre todo por sus comedias), se hizo con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa de la última edición, entre otros muchos premios (más) importantes (acabaremos antes diciendo los que no ha ganado). De hecho, arrasó en los últimos premios de la Academia de Cine de Japón, donde arrambló nada más y nada menos que con diez galardones. Okuribito (por lo visto el título se refiere a la persona que envía a los muertos al "okuru", el otro mundo) se ha estrenado en España con el título de "Despedidas" (traducción a su vez del título en inglés, "Departures"). Es una película que me apetecía mucho ver y no he ido antes por falta de tiempo, que ahora que por combinación de la crisis económica y el cambio climático ya no se hiela uno en el cine, hay que aprovechar (sobre todo si llevas todo el día trabajando y estás un poco hasta la boina de las fuentes de alimentación y los relés).
Esta es una película que atrapa al espectador desde el primer minuto, rezumando belleza de múltiples formas; con la música, las imágenes de las cuatro estaciones en el noreste de Japón, la suavidad de los movimientos de Daigo tanto al chelo (el actor Masahiro Motoki aprendió a tocar este instrumento para su papel en la película) como llevando a cabo su trabajo de "nokanshi" (amortajador). Las interpretaciones de todos los actores y actrices son muy eficaces. Merece mención especial (por ser el protagonista) la de Motoki, por su combinación de momentos de gran comicidad con otros de mayor dramatismo y, muy especialmente, su escenificación de los rituales mortuorios, de gran elegancia y preciosismo (de hecho, se resalta tanto el mimo de los protagonistas en estas ceremonias que queda en un segundo plano el tabú que resulta socialmente en Japón ser una persona que manipula cadáveres, aunque en un par de momentos de la película se alude al desprestigio del trabajo que ha elegido Daigo). Le acompaña un estupendo veterano, Tsutomu Yamazaki, en el papel del Sr. Sasaki (no tiene desperdicio) con quien el joven Daigo aprende a vivir, curiosamente.
En fin, que estamos ante una película emotiva y conmovedora, que hace tanto reír como llorar; y que si tiene un pero, quizá sea el final, más "facilón" que el resto de la película.

Tráiler de la película con subtítulos en español aquí.

lunes, 29 de junio de 2009

La familia: esa gran fuente de insatisfacciones

Es curioso que pueda decir que me ha gustado una película en la que no pasa gran cosa (que es algo que me molesta profundamente en muchas películas francesas), pero así es. Encima el acontecimiento principal, por así llamarlo, es una reunión familiar, de esas de estar comiendo todo el día y juntarse por obligación (que tampoco es mi fuerte, ni resulta una temática muy original). A pesar de todo, la pulcritud con la que está filmada la sexta película de Hirokazu Kore-eda (considerado uno de los mejores cineastas japoneses actuales), con guión propio, su contención (personificada en el personaje de Ryo, a quien da vida en una estupenda interpretación el atractivo actor Abe Hiroshi) y la nostalgia que destila me hizo disfrutar de Aruitemo aruitemo (Still Walking) y que ni siquiera se me hiciera larga (dura casi dos horas).
Hirokazu Kore-eda alcanzó gran fama con "Nadie sabe" (2004), una película que he tenido a mano más de una vez, pero que me da una pereza (por la trama) considerable. Veremos si la superamos. Por lo visto, no tiene nada que ver con Still Walking, de corte más clásico, comparada incesantemente por los críticos con Cuentos de Tokio (1953), de Yasujiro Ozu, que esa sí que tengo muchas ganas de verla.
La reunión familiar se caracteriza aquí, en Japón y en la China (es un decir), por elementos clásicos como la comida de la madre (salí deseando ir a cenar a un japonés, qué pinta tan fabulosa tenían las tortitas de maíz de la abuela); los clichés en los que caemos respecto a otros miembros de la familia, a quien no nos molestamos en conocer; el típico abuelo gruñón digno competidor del personaje de la última película de Clint Eastwood; la brecha entre padres e hijos; la pesada carga del paso del tiempo; la idealización de quienes ya no están... Pero esta película va un paso más allá y nos muestra unos personajes que no son unidimensionales; vemos que es posible que el hijo superviviente se escaquee, pero que también se preocupa por sus padres; que la madre añora al hijo muerto, pero eso no le impide ser cruel con la persona a la que salvó con su muerte; que el abuelo se encierra en su estudio sin prestar atención a su familia, pero que luego le molesta que llamen a su casa "la casa de la abuela"... Todo ello con el trasfondo de uno de los grandes temas de la cultura japonesa; el conflicto entre tradición y modernidad, y con la insatisfacción de todos y cada uno de los miembros de la familia impregnándolo todo. Real como la vida misma.

Tráiler con subtítulos en español aquí.

viernes, 29 de mayo de 2009

Historias de familias (japonesas): el "gendai-geki"

Las hermanas Munekata (1950) son otro interesante ejemplo del cine de postguerra japonés; con la clásica dualidad tradición-modernidad con papel protagonista (una de las hermanas va vestida a la norteamericana, la otra, con kimono) y una gran relevancia de los personajes femeninos. Reconocí rápidamente a la famosa actriz Hideko Takamine (aquí hace de hermana menor), sobre todo por la voz. Por lo visto, empezó su larga carrera (de medio siglo) como una especie de niña prodigio a lo Shirley Temple, pero en japonés, claro. Después de esta película rodó 24 ojos. Pero el resto del reparto es igualmente famoso (solo que hay que haber visto más "pelis" para darse cuenta).
La obra de Yasujiro Ozu (el director de Cuento de Tokio, que la tengo pendiente) se enmarca en su género favorito, el "gendai-geki" (historias de familias) y podría verse como una película norteamericana de la misma época; con Hideko Takamine haciendo sus pucheros, muecas y monerías a lo Katharine Hepburn, y los personajes masculinos de meros comparsas. Pero estos japoneses no sienten la necesidad de caer en la tentación del final feliz (es más, como que les da grima y todo); así que la hermana mayor no acaba casándose con su amor de juventud y deja que el hombre siga esperando (con un estoicismo admirable, supongo que muy nipón, porque era para cantarle las cuarenta a la señora en cuestión).
Y eso, que el año que viene voy a tener que cogerme las vacaciones coincidiendo con el festival de cine asiático de Barcelona.

lunes, 25 de mayo de 2009

Crueldad japonesa (en todos los sentidos)

Volvemos al cine japonés con Seishun zankoku monogatari (Historias crueles de juventud) de 1960, el segundo largometraje de Nagisa Oshima, quien dirigiría 16 años más tarde nada menos que El imperio de los sentidos. La película que nos ocupa (y la otra, ni te cuento) fue un gran éxito tanto de crítica como de taquilla.
A mí el final tan truculento me dejó un poco de mal sabor de boca; pero me pareció interesante la sutileza con la que transmite el desencanto de varias generaciones de japoneses (los que salen peor parados son la hermana de Makoto y su amante, representantes, como el propio Oshima, de la generación de universitarios que no supo oponerse con suficiente fuerza a los tratados militares entre su país y los EE.UU., que no supo vivir de una forma realmente revolucionaria, y que han acabado siendo figuras patéticas sin autoridad moral) y el pesimismo con el que retrata el Japón de los años cincuenta.
Por lo demás, masoquismo y sumisión, una juventud sin ideales ni preocupaciones morales... Y una película que no es fácil de ver, en la que es imposible identificarse con un personaje, sin concesiones.

lunes, 11 de mayo de 2009

Melancolía japonesa (esta vez, Made in Japan)

Hablando de "mono no aware", ayer vi un ejemplo perfecto; la premiada película Nijushi no hitomi (24 ojos, 1954) de uno de los directores japoneses más importantes del siglo XX, Keisuke Kinoshita. Adaptación de una novela de Sakae Tsuboi, presta especial atención al sufrimiento femenino en una sociedad muy convencional. Muestra además una clara conciencia social (no en vano el director está considerado como el máximo exponente del realismo social nipón), y es una obra humanista y anti-belicista de gran belleza.
De la mano de una profesora recorremos las vidas de sus primeros alumnos (doce niños, veinticuatro ojos para contemplar la vida), y la suya propia, viendo cómo el tiempo transforma la inocencia, la belleza y el compromiso en dolor y desilusión.
Nijushi no hitomi está considerada en Japón como una de las diez mejores películas de todos los tiempos. Se la conoce sobre todo por ser la película que "arrebató" a Los siete samurais de Kurosawa el premio a la Mejor Película de 1955.
Pues le estoy encontrando yo el punto a esto de las películas japonesas, me gustó hasta la muy surrealista Agua tibia bajo un puente rojo. Y con eso lo digo todo.

domingo, 10 de mayo de 2009

Lo poético cuesta

Los japoneses llaman "mono no aware" a una sensibilidad especial ante las cosas que no conlleva grandes reacciones pero que provoca la comunión del lector/espectador con la obra y una cierta melancolía ante el paso del tiempo. O algo así. Esta buena gente son así de sofisticados y complejos. Suele citarse a Haruki Murakami como ejemplo de este tipo de conciencia del creador. La directora de cine más famosa de Alemania, Doris Dörrie, ha confesado que fue este concepto de tan mal explicar el que la movió, de alguna forma, a rodar su última película, Kirschblüten, Hanami (Cerezos en flor, tráiler en español aquí). No sé si el escritor iraní Kader Abdolah (todo un fenómeno editorial en Holanda) conocía el término y lo tuvo en mente a la hora de escribir El Reflejo de las Palabras (la novela que comentan los Novelantes este martes 12 de mayo); pero todo es posible. Abdolah narra momentos históricos cruciales para Irán con la melancolía de quien sabe que nada dura y el estoicismo de quien conoce cuán pequeño es su papel en la historia de su país. Como esos personajes de Murakami que se dejan llevar por las circunstancias sin apenas luchar, las familias que salen en la película de Dörrie y en el libro de Abdolah (ambas obras son retratos de familia) fluyen con la narrativa, conscientes de su papel, sin resistirse.
Sé que es un comienzo muy raro para una entrada de blog; pero es que la lectura del libro de Abdolah me trajo a la mente la película de Dörrie, que vi poco antes de las vacaciones de Semana Santa (cuando fuimos a Baviera, que también sale en la película). Ambos me han parecido intentos loables pero, en mi opinión, no redondos, de recurrir a países como Japón (por su preciosismo formal) e Irán (en este caso una elección bastante lógica, al tratarse de un escritor iraní) para adornar con poesía un tema tan universal como la relación entre padres e hijos. Una poesía que se traduce en la gestualidad de la película y el tono de leyenda (junto con una estructura del tipo de Las Mil y una noches) del libro. Y lo malo es que no es tan fácil crear poesía auténtica; ni con palabras, ni visual. Pero esta especie de cuentos orientales para europeos (uno claramente más rebuscado que el otro) emiten considerables destellos de poesía, que no es poco. Y ese es su gran mérito.
Lo peor de ambas obras es que queda patente que buscan ser poéticas. Sobre todo en el caso de la película. Lo mejor, lo que aprendemos de dos países apasionantes gracias a estas expresiones artísticas auténticas y honestas. Y muy japonesas, a pesar de que la película está rodada en alemán por una alemana, y el libro es de un escritor iraní que escribe en neerlandés. Estos japoneses, que lo lían todo.

lunes, 27 de abril de 2009

¿Puede un final redimir una película?

Como dice en The International el actor alemán Armin Mueller-Stahl, en el papel del coronel Wexler, “There’s a difference between truth and fiction; fiction has to make sense” (la diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción debe tener sentido). Lástima que al guionista y al director de la película se les pasó por alto semejante máxima, en su afán por crear un "thriller" político ambicioso y de gran actualidad. Porque el principal fallo de la película es justamente que el argumento cojea: es impensable que el bueno de Louis Salinger/Clive Owen pueda hacerle algo más que cosquillas a un banco de esa relevancia y no es creíble que su personaje (voluntarioso, sin duchar ni afeitar, acumulando heridas de guerra a lo largo de la película, obsesionado con hacer justicia, la criatura) pueda llegar a inquietar lo más mínimo a los ejecutivos de dicho banco.
En fin, yo es que no soy muy fan de este tipo de películas; pero a la espera de estrenos que me llamen más la atención, decidimos darle una oportunidad a una película con tan buenas "intenciones" y, al menos, pasar el rato. Y entretenida es. Por una parte, está la muy buena escena de acción en una réplica del Guggenheim construida en un estudio. Y luego, algo que debe ser un poco infantil o una obsesión particular, pero siempre me hace ilusión que una película me lleve de viaje por diferentes ciudades. En este caso, Clive Owen se convierte en un auténtico Willy Fogg que hasta camina por los tejados del Gran Bazar con la Mezquita Azul de fondo, en una bellísima imagen. Las intenciones en cuestión quedan claras desde el póster o el tráiler de la película, donde ya nos avisan de que los bancos no solo controlan nuestro dinero, sino a nuestros gobiernos y nuestras vidas, y todo el mundo debe pagar (menos ellos, claro, que por algo tienen la sartén por el mango). Algo de lo que me parece que se ha dado cuenta hasta Blas en los últimos meses.
Pero una película necesita mucho más para ser sólida. Y lo primero, unos personajes menos planos y caricaturescos. El personaje de Clive Owen no está bien desarrollado, pero te lo acabas medio creyendo; pero lo de Naomi Watts no tiene nombre, o ella lo hace fatal o no pudo hacer más con el guión que le dieron (o ambas cosas a la vez). No basta con que, tras un digno final (sentía yo curiosidad por ver cómo saldrían del embrollo), nos pongan unos recortes de prensa para "predicar a los convertidos", que se dice en inglés. En fin, un entretenimiento para los que necesitamos algo de ideología además de la acción.