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lunes, 1 de noviembre de 2010

El hombre que siempre tiene razón

No sé qué me pasa con Salman Rushdie (devoción, supongo), que siempre me descubro dándole la razón en todo. Hoy viene una especie de entrevista en El País, anunciando las memorias de Rushdie sobre la época de la fetua (de paso me he enterado de que la RAE ya tiene adaptación para la "fatwa"). Y Rushdie vuelve a decir algo que creo que ya le había oído: que Shakespeare es el tipo que lo escribió todo hace ya más de cuatrocientos años, "todo sobre todas las cosas".
Amén.

viernes, 18 de diciembre de 2009

En el tintero (I)

Como se pudo ver en la entrada anterior (dos obras de teatro y una novela de un plumazo), estamos de liquidación de existencias; a ver si empezamos el año con las estanterías vacías. Se me quedan muchas entradas en puros borradores. Falta de tiempo; ganas de alejarme del ordenador, con el que me paso la vida. Así que se han quedado en el tintero muchas, muchas cosas.
Por ejemplo, el fin de semana largo en Londres, por primavera (y por mi cumple, para más señas). Lo bueno de visitar sitios que se conocen bien es que se evita el ansia de tener que verlo todo. Bueno, hay gente que no es así; pero yo, abandonada a mi inercia, me planifico unos itinerarios agotadores. También es cierto que gracias a mi compañero de viaje he corregido en parte mi defecto y soy capaz de soportar el estar sentada bien quetecita en un parque "sintiendo cómo llega la primavera" (el compañero en cuestión se puso lírico en Baviera, quizá tuvo algo que ver su afición a las jarras de medio litro) en lugar de correr al centro histórico de Regensburg, por ejemplo (aunque fui después, claro, no me lo iba a perder por mucho que estuviera llegando la primavera). A lo que íbamos, ir a una ciudad como Londres, con tantísimo que ver, para mí es un plan de lo más relajante. Cada vez que voy "veo" de nuevo algún museo (esta vez entramos en el Tate, en el de toda la vida, a darnos una vuelta), voy a alguna exposición (la de este viaje, en el Bristish Museum, fue espléndida, "Garden & Cosmos", pintura de la corte de Jodhpur nunca vista en Europa) y, sobre todo, al teatro.
Soy una gran fan del Old Vic y allí fuimos también esta vez, a ver The Winter's Tale, de Shakespeare (de quien también soy gran fan, por cierto). Este teatro nunca me ha decepcionado, la verdad. También nos dimos el paseo habitual por Charing Cross Road en busca de libros (aunque haya perdido mucho, sigue siendo un buen sitio por la concentración de librerías), fuimos a mis mercadillos favoritos (ya solo me quedan los de la zona de Brick Lane, que también ha perdido lo suyo) y el "Sunday Roast" en un pub (algunos tienen unas opciones vegetarianas deliciosas) se malogró porque mi cómplice había desayunado demasiado en el hotel (por una vez que no estábamos en un zulo y había un desayuno como dios manda...). Esta vez nos alojamos entre el Támesis y Saint Paul's, de lujo (una celebración es una celebración, y no pagaba yo) y era agradable volver caminando al lado del río cada noche (la parada de metro más cercana al hotel estaba de obras, así que nos paseamos más de lo previsto). También nos dimos un paseo por el centro, cómo no (cenamos en el Soho, todo un clásico), por un parque (St. James' esta vez)... Y la única nota negativa del viaje fue, como siempre, lo pesadas que son en general las compañías aéreas. En fin.
De vuelta a casa, seguimos con nuestra afición a las series de televisión. Alguien (no señalaré a nadie, que está feo) nos recomendó "Deadwood" el año pasado (una maravilla) y así empezó todo. Hemos visto alguna temporada de varias series; pero destacaré "The Wire", ahora que estamos finalizando la quinta (y última) temporada. Estupendos guiones, magníficos actores. Una serie tremendamente realista (suelen ganar los corruptos y los "malos" en general) que destapa los entresijos del mundo de la política, el trabajo policial, el periodismo, la droga, etc. con gran rigor. A diferencia de otras series, esta se ha mantenido sin problemas ni bajones. De hecho, con la cuarta temporada estuvimos enganchadísimos, y eso que iba sobre el sistema educativo y de entrada pensamos que no iba a dar mucho de sí.
Y nada, otro día seguimos contando de lo que no se ha contado.

domingo, 6 de julio de 2008

Grec 2008: "Troilus and Cressida"

La compañía de Declan Donnellan no falla una. Su nuevo espectáculo, tan atrevido y lúcido como de costumbre, se ha podido ver durante unos días en el Festival Grec de Barcelona. Se trata de la obra de Shakespeare Troilus and Cressida, que, a pesar de su título, tiene más de pacifista que de romántica. En ella, la guerra no es mítica, sino absurda, y el auténtico héroe, Héctor (el muy carismático David Caves), solo quiere luchar de forma limpia y por causas auténticas, a pesar de la corrupción que le rodea. Y así le va, claro.
Cheek by Jowl ha escogido, de nuevo, una obra poco representada (para ser de Shakespeare, se entiende) y considerada ambigua y difícil. Les van los retos. Y los viajes, algo muy de agradecer (es la segunda vez que los veo en Barcelona). Desde luego, sale uno maravillado (y milagrosamente ileso) tras haber resistido en primera fila en pleno fragor de la batalla; seducido por unos actores impecables y una puesta en escena tan impactante como las de anteriores montajes, con los sobrios diseños a cargo de Nick Ormerod (fundador de la compañía junto con Donnellan).

martes, 3 de junio de 2008

Ricardo III al cuadrado

Ricardo III fue el último rey de Inglaterra de la Casa de York y su muerte, en el campo de batalla, puso fin a las famosas Guerras de las Rosas (entre los Lancaster y los York, ambas casas con rosas en sus emblemas, de ahí el nombre), que a su vez señalan el final de la Edad Media en Inglaterra. Como bien explica Al Pacino en esa rareza que es Looking for Richard (mezcla de documental, obra de teatro, película y reunión de amiguetes), quizá el mayor obstáculo para la comprensión de la obra homónima de William Shakespeare sea precisamente la necesidad de un mínimo conocimiento necesario acerca de su contexto histórico. Se trata de una época oscura, agitada y confusa de la historia inglesa, marcada por el aislamiento respecto al continente, el declive de la nobleza y el auge de los comerciantes. Es importante tener en cuenta que el público que acudía a ver la obra de Shakespeare sí estaba familiarizado (e incluso fascinado) con esos acontecimientos históricos a pesar de que habían ocurrido un siglo antes. Y nadie se había olvidado de un rey tan malvado.
Pero, en cualquier caso, los hechos históricos nunca son lo más importante en las obras de Shakespeare (a veces ni siquiera son del todo exactos, sino que se ajustan a las versiones que corrían en su época), que brillan, sobre todo, por el uso del lenguaje (muy apreciado por el público isabelino, que tenía una gran sensibilidad en este sentido) y por el acertado ritmo de su estructura. Esta obra no es quizá la primera que a uno le viene a la mente si debe citar un título del más famoso dramaturgo inglés de todos los tiempos; a pesar de lo conocidas que resultan para mucha gente (sobre todo en países anglófonos) frases como "Now is the winter of our discontent" (Acto I, Escena I, vale la pena ver la película de Al Pacino solo por oírle decir esta frase) o "A horse! A horse! My kingdom for a horse"* (Acto V, Escena IV, durante la batalla final). La primera suele citarse equívocamente; ya que no tiene sentido sin el verso siguiente (en el que hay un juego de palabras "sun / son", "sol / hijo"):

Now is the winter of our discontent
Made glorious summer by this sun of York

(Ya el invierno de nuestra desgracia se ha convertido en un glorioso estío por este sol de York)

Vamos, que Ricardo III no se está quejando, precisamente; sino que se alegra de que la fortuna vuelva a sonreír a su familia (aunque solo piensa en sí mismo, como se verá más adelante, y además le parece poca fortuna para su propia ambición). Ricardo III no es un loco, ni parece cegado por sus pasiones como otros malvados de Shakespeare; es consciente de su maldad y la acepta como asume sus limitaciones físicas (estupenda descripción de las mismas al principio de la primera escena de la obra, en el monólogo en el que se define como "deforme, sin acabar, enviado antes de tiempo a este latente mundo; terminado a medias, y eso tan imperfectamente y fuera de la moda, que los perros me ladran cuando ante ellos me paro)". Por eso es un personaje más redondo, más real y produce más horror en la cercanía.
La "película" de Al Pacino (de 1996, a Kevin Spacey le quedaba aún pelo) intenta acercar esta obra (y Shakespeare en general) al público (estadounidense, sospecho), poniéndosela más "facilita". Y de paso nos regala unas fantásticas interpretaciones (la suya, sobre todo). Este experimento cinematográfico es una buena muestra, a mi entender, de que a Shakespeare hay que verlo y oírlo; más que leerlo. Más que nada porque los lectores no solemos tener por la mano el pentámetro yámbico y no salimos tan bien parados a la hora de recitar como los estupendos actores de la película (no acabo de entender qué hacía Winona Ryder ahí, pero, en fin). Por eso recomendaría cualquiera de las películas "shakesperianas" de Kenneth Branagh (aunque no se debe empezar por Henry V, que quizá sea la más inaccesible de todas por la propia naturaleza de la obra) o El mercader de Venecia (la película de Michael Radford, con otra fantástica interpretación de Al Pacino, además sale también Jeremy Irons). Y, por supuesto, Looking for Richard.

*¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!

Novelantes se reúne para comentar la lectura de Ricardo III el 10 de junio.