viernes, 15 de enero de 2010

Periodismo de altura

"TVE difundió ayer en el telediario de la noche, en el Canal 24 horas y en su página web una información sobre el terremoto en Haití con imágenes que han resultado ser falsas" (leído ahora mismo en El País).

Resulta que utilizaron un vídeo de YouTube (alguien debería explicar a esos grandísimos periodistas del ente la diferencia entre YouTube y la BBC, por ejemplo). Y lo gordo es que no es la primera vez, ni a este paso será la última.

Qué medios de comunicación, son de la Srta. Pepis (y mis referencias del "baby boom", claro).

lunes, 11 de enero de 2010

Momentos estrella: Japón

Estos son (no necesariamente en este orden) los momentos más destacados de nuestro reciente viaje a Japón.

1. La aparición del Fuji. Pensábamos que no podríamos verlo tampoco este viaje, con la niebla que cubría el lago Ashi en Hakone. Y de repente, empezaron a subir las nubes y apareció el Fuji en toda su majestuosidad. Parecía que se hubiera alzado un telón. Imposible describirlo; no es solo un tema visual. Transmite una energía parecida a la del Ganges. La exclamación de asombro me salió del alma.

2. El festín del ryokan. También en Hakone, nos dimos un gustazo y cenamos en el ryokan (posada típica japonesa) en el que nos alojábamos. Iban saliendo platos que nunca hubiéramos pedido voluntariamente; pero que estaban buenísimos. Me acordaré siempre de un pobre pescado (sashimi) y su cuidada presentación (parecía que estaba haciendo una postura de yoga). Todo ello regado con abundante té verde tostado y servido en una vajilla exquisita.

3. El onsen. Como último momento a destacar en Hakone, el onsen (los baños termales) del mencionado ryokan. Pensé que no me atrevería a salir al baño exterior y me limitaría a sumergirme en las aguas termales de la piscina cubierta. Pero al final me picó la curiosidad y para allá que me fui a pesar del frío que hacía. Se estaba de fábula; rodeada de rocas y árboles.

4. El reencuentro con Tokio. Es una ciudad increíble. La segunda vez que vas ya no te sorprende todo tanto, claro; no andas por Ginza con la boca abierta como si llegaras del pueblo. Pero, a cambio, tienes la expectativa de volver a oír la musiquilla de la Yamanote (una línea de metro famosa por sus melodías), ir a algún restaurante que te encantó (para comer tonkatsu otra vez, unas frituras deliciosas)... Y, sobre todo, volver a Shinjuku; nuestro barrio favorito. Con la estación de tren por la que pasan más personas al día, sus grandes almacenes (con los sótanos dedicados a la alimentación que tanto me gustan y nuestra librería favorita), las luces, el follón... Otro mundo.

5. Sadako, una niña como símbolo del horror. A la tragedia de Hiroshima no nos es tan fácil ponerle rostro como a Auschwitz, por poner un ejemplo. Los malos en este caso son justamente los que hacen las pelis y si no les conviene el tema... Pero cuando vas al Museo de la Paz en Hiroshima, al lado de ese río en el que en su día flotaron miles de cadáveres, y lees la historia de esa niña a la que diagnostican leucemia diez años después de la bomba atómica y, a sus doce años, decide confeccionar mil grullas (símbolo de longevidad) de papel con la esperanza de curarse... Cuando ves en ese mismo museo esas grullas diminutas (escaseaba el papel) y lees y oyes las historias de todas esas víctimas que no murieron el día de la bomba, sino diez, veinte, treinta años después... Detrás de tantos ceros como tiene la cifra de víctimas hay miles de historias de personas normales; de vidas truncadas; de sinsentido y sobre todo, de un dolor infinito que trasciende las décadas.

6. El ryokan de Kioto. Estaba lejos del centro, en las colinas, rodeado de bosques. Nuestra habitación daba a un jardín. Dormíamos en futones sobre tatami. Y me pegaba unos desayunos japoneses, con su sopa de miso, el arroz, el té verde y todos los platillos (diferentes cada día)... La gente que lo llevaba eran muy simpáticos. Una abuela dirigía el cotarro y no se le escapaba detalle. La noche de fin de año cenamos allí; fuera nevaba...

7. Día de Año Nuevo en Kioto. Mareas humanas en templos como Kiyomizu-dera. Todo el mundo quiere pedir salud y éxito para los próximos doce meses. Hay parejas vestidas de forma tradicional, encantadas de que las fotografíen (no los turistas, que también, sino el resto de la gente que ha ido al templo); para amortizar el esfuerzo, supongo. Se ven familias enteras leyendo su fortuna (los monjes budistas hacen su agosto el uno de enero) y colgando los papelitos cuando no les ha salido buena suerte, para que se disipe el mal fario. Y entre templo y templo, venga a comer (las tiendas de dulces no dan abasto).

8. Los jardines zen de los templos de Kioto. Hasta que no los ves en persona, no te das cuenta de lo que son en realidad. En foto pierden mucho. En directo transmiten una calma, una armonía...

9. La casa de té de Nara-koen. En el parque de Nara, durante la visita y entre ciervo y ciervo, teníamos tanto frío que entramos en una casa de té tradicional en la que además dejaban fumar. El paraíso, vaya. Tomamos macha, dulces de azuki, sopa dulce de alubias rojas, algas confitadas...

10. La comida, la comida. Esa tempura tan rica (y tan cara) que te hacen delante tuyo, soba, algas de todo tipo, tofu, mochis, platillos con objetos no identificados y sin embargo comestibles y encima deliciosos... Y todo tan bien presentado, con unos platitos y utensilios de un gusto tan refinado...

La foto es de Jaime Seuma Sandoval, de quién si no (haciendo clic encima se puede ver a mayor tamaño).
Más fotos del viaje aquí.

viernes, 8 de enero de 2010

En el tintero (II)

Bueno, pues con un poco de "jet lag" por primera vez en la vida (qué mala es la edad, no me cansaré de decirlo), ya hemos regresado de Japón. A la espera de la selección de fotos del viaje y su entrada correspondiente, voy a seguir vaciando el tintero. Empezaré por un trío de novelas japonesas (por pura coherencia geográfica, vaya). He de decir que salgo a mi madre, a quien no le gustaban las pelis bélicas porque no había personajes femeninos. Pues a mí nunca me han emocionado las novelas de guerra tampoco (hombre, si es el trasfondo aún, pero las que transcurren en el frente no me entusiasman). Sin embargo, Hogueras en la llanura (Nobi, 1957), de Shohei Ooka, va más allá; con la particularidad de que ni siquiera se trata de una obra estrictamente pacifista (aunque pueda tener ese efecto sobre el lector). Lo curioso es que no se pretende mostrar el horror de una guerra en el sentido de lo que el hombre le hace al hombre. Aquí se trata de lo que la guerra le hace al hombre, de cómo le destruye. Y ese es su gran mérito (por no hablar de la crítica al ejército, algo insólito en un japonés de su época); aunque no el único, porque no en vano estamos hablando de uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX. Ooka, traductor de Stendhal, acabó pasando por unas experiencias muy similares a las que narra; por fortuna pudo rehacer su vida y la dedicó a la literatura. Esta novela, premio Yomiuri, fue llevada al cine en 1959 por Kon Ichikawa. Otra de sus obras, La dama de Mushasino, se transformó en película de mano de Mizoguchi Kenji. Por cierto, los señores de Libros del asteroide revientan (como parecen tener por costumbre) la trama en el prólogo; qué afición más tonta.
Y seguimos con otro gran escritor japonés; quizás el más popular en su país después de Natsume Soseki.
La llave (Kagi, 1956) es la primera novela que leo de Jun'ichiro Tanizaki (y mira que justamente se trata de un autor ampliamente traducido al castellano y el inglés). Escrita en forma de diario, alterna las entradas de un matrimonio demostrando que nadie es como parece y que cualquier persona es capaz de grandes perversidades si tiene el sustento garantizado y tiempo para maquinar maldades. El profesor acabará cayendo en una trampa a su medida y el final nos dejará de piedra. Y hasta aquí puedo leer. Qué familia, dios mío (ya digo yo que no hay una buena). Por cierto, que cuesta imaginarse que un libro así se publicara en los años 50; qué avanzados estos japoneses, oyes. Aparte de su indiscutible valor literario, aporta gran cantidad de información sobre la cultura y la sociedad japonesa que tanto nos fascina a algunos. Como hace también Kitchen, que supuso el debut de Banana Yoshimoto en 1987. Con mi falta habitual de memoria, creo que esta ha sido una relectura; pero, claro, veinte años después, quién se acuerda. Como no lo vi por casa, pues lo leí otra vez poco antes de ir a Japón las últimas navidades. Estando allí recordaba detalles del libro. Me he sumergido tanto en el último año en la literatura japonesa que luego estando de viaje por allí, no paraban de venirme a la cabeza personajes, historias, anécdotas con las que intentaba ilustrar a mi compañero de viaje (un obseso de la fotografía que no me escuchaba la mitad de las veces). La verdad es que después de leer Amrita, Kitchen parece lo que es, una primera novela; con mucho mérito, eso sí, pero muy autobiográfica. Tengo pendiente leer alguna novela más de las recientes; pero, resumiendo, como dice la Novelante Superiora (que también leyó esta novela antes de las fiestas): mucha soledad y mucha muerte. Y comida y bebida también, añado yo.
Hablando de Novelantes, el próximo martes se reúnen para comentar la última novela de mi adorado Salman Rushdie. Como es evidente, la "Novelante más fanática de Rushdie" a la que mencionan en su blog soy yo misma. No sé si me definiría como fanática; yo me considero, lógicamente, bastante objetiva. Por ejemplo, me ha llevado años animarme a leer The Ground Beneath Her Feet (2000), y eso que lo tenía en casa y todo. Pero me parecía que con esta adaptación del mito de Orfeo (aquí una mezcla de Lennon y Presley) y Eurídice a Rushdie se le había ido la mano. Lo había empezado más de una vez, hasta que después del verano (fanática que es una), me decidí a intentarlo de nuevo con más brío. Qué festival de referencias de todo tipo de procedencia cultural (no solo aparecen los griegos, sino la historia del rock, el multiculturalismo...); este hombre tiene una cabeza prodigiosa. Y demasiada facilidad para escribir. Quizá hubiera sido sensato aplicar un poco más de contención narrativa; pero, claro, sería otra novela. Esta es desbordante y exhuberante como pocas. Un experimento fallido en manos de (casi) cualquier otro autor que Rushdie (que voy a decir yo, con el sobrenombre que me han endilgado) consigue llevar, a pesar de todo, a buen puerto. Aviso para Novelantes: La encantadora de Florencia resulta una obra mucho más redonda, con un estilo más "clásico", si ese es un adjetivo que pueda utlizarse con un escritor como Rushdie. Como curiosidad, siempre que me viene a la cabeza este título de Rushdie (me refiero ahora a The Ground Beneath Her Feet) se acompaña de fondo de la canción de U2 del mismo nombre, cuya letra aparece en la propia novela (de ahí surgió el interés de Bono por ponerle música). Por lo visto, Rushdie quedó encantado con el resultado (que es muy U2 a pesar de todo) y apareció en el vídeo de la canción (qué le gusta una cámara a este hombre). Para rizar más el rizo, la canción forma parte de la banda sonora de The Million Dollar Hotel (película bastante peculiar pero con sus momentos) del año 2000, dirigida por Wim Wenders. Vamos, un lío de referencias culturales muy del gusto de Rushdie.

Bueno, pues otro día más, que tengo aún el equipaje sin deshacer. Felices viajes y buenas lecturas.

La llave está publicada por El Aleph (castellano) y Edicions 62 (catalán).
Kitchen está publicada en castellano por Tusquets.
El suelo bajo sus pies está publicado por Debolsillo (castellano) y Destino (catalán).

viernes, 18 de diciembre de 2009

En el tintero (I)

Como se pudo ver en la entrada anterior (dos obras de teatro y una novela de un plumazo), estamos de liquidación de existencias; a ver si empezamos el año con las estanterías vacías. Se me quedan muchas entradas en puros borradores. Falta de tiempo; ganas de alejarme del ordenador, con el que me paso la vida. Así que se han quedado en el tintero muchas, muchas cosas.
Por ejemplo, el fin de semana largo en Londres, por primavera (y por mi cumple, para más señas). Lo bueno de visitar sitios que se conocen bien es que se evita el ansia de tener que verlo todo. Bueno, hay gente que no es así; pero yo, abandonada a mi inercia, me planifico unos itinerarios agotadores. También es cierto que gracias a mi compañero de viaje he corregido en parte mi defecto y soy capaz de soportar el estar sentada bien quetecita en un parque "sintiendo cómo llega la primavera" (el compañero en cuestión se puso lírico en Baviera, quizá tuvo algo que ver su afición a las jarras de medio litro) en lugar de correr al centro histórico de Regensburg, por ejemplo (aunque fui después, claro, no me lo iba a perder por mucho que estuviera llegando la primavera). A lo que íbamos, ir a una ciudad como Londres, con tantísimo que ver, para mí es un plan de lo más relajante. Cada vez que voy "veo" de nuevo algún museo (esta vez entramos en el Tate, en el de toda la vida, a darnos una vuelta), voy a alguna exposición (la de este viaje, en el Bristish Museum, fue espléndida, "Garden & Cosmos", pintura de la corte de Jodhpur nunca vista en Europa) y, sobre todo, al teatro.
Soy una gran fan del Old Vic y allí fuimos también esta vez, a ver The Winter's Tale, de Shakespeare (de quien también soy gran fan, por cierto). Este teatro nunca me ha decepcionado, la verdad. También nos dimos el paseo habitual por Charing Cross Road en busca de libros (aunque haya perdido mucho, sigue siendo un buen sitio por la concentración de librerías), fuimos a mis mercadillos favoritos (ya solo me quedan los de la zona de Brick Lane, que también ha perdido lo suyo) y el "Sunday Roast" en un pub (algunos tienen unas opciones vegetarianas deliciosas) se malogró porque mi cómplice había desayunado demasiado en el hotel (por una vez que no estábamos en un zulo y había un desayuno como dios manda...). Esta vez nos alojamos entre el Támesis y Saint Paul's, de lujo (una celebración es una celebración, y no pagaba yo) y era agradable volver caminando al lado del río cada noche (la parada de metro más cercana al hotel estaba de obras, así que nos paseamos más de lo previsto). También nos dimos un paseo por el centro, cómo no (cenamos en el Soho, todo un clásico), por un parque (St. James' esta vez)... Y la única nota negativa del viaje fue, como siempre, lo pesadas que son en general las compañías aéreas. En fin.
De vuelta a casa, seguimos con nuestra afición a las series de televisión. Alguien (no señalaré a nadie, que está feo) nos recomendó "Deadwood" el año pasado (una maravilla) y así empezó todo. Hemos visto alguna temporada de varias series; pero destacaré "The Wire", ahora que estamos finalizando la quinta (y última) temporada. Estupendos guiones, magníficos actores. Una serie tremendamente realista (suelen ganar los corruptos y los "malos" en general) que destapa los entresijos del mundo de la política, el trabajo policial, el periodismo, la droga, etc. con gran rigor. A diferencia de otras series, esta se ha mantenido sin problemas ni bajones. De hecho, con la cuarta temporada estuvimos enganchadísimos, y eso que iba sobre el sistema educativo y de entrada pensamos que no iba a dar mucho de sí.
Y nada, otro día seguimos contando de lo que no se ha contado.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Bailes de todo tipo

Estos de Salamandra parecen haberse especializado en encontrar libros de calidad olvidados que encima se venden como rosquillas. Tras el fenómeno Sándor Márai, llegó el manuscrito de Irène Némirovsky que había permanecido en una maleta desde su muerte en Auschwitz (la mujer tiene una biografía impresionante que no quisiera para mí, bibliografía aparte). Suite francesa (2004) causó un gran revuelo en el mundo editorial francés y europeo, y consiguió el premio Renaudot, que se otorgaba por primera vez a título póstumo. Dos años después se publicaba en España El baile (no me acaba de convencer la portada), cuya adaptación teatral a cargo de Sergi Belbel puede verse estos días (hasta el 3 de enero) en la Sala Tallers (no me extraña que les hayan mandado a las catacumbas, porque para inundar el escenario...) del Teatre Nacional de Catalunya.
Me ha llamado poderosamente la atención que lo que Némirovsky consigue transmitir en menos de cien páginas resulte tan aparatoso en escena. Es curioso que la autora necesitara "solo" palabras y Belbel haya tenido que recurrir a una potente escenografía (muy llamativa y original, para mí lo mejor de la obra) y a una coreografía (con su correspondiente bailarina). Creo adivinar en su puesta en escena un ansia por estar a la altura de las tendencias teatrales que siguen, por ejemplo, en Gran Bretaña, compañías como Cheek by Jowl. Pero, oye, yo qué me sé. El caso es que se trata de una adaptación muy fiel (solo con ver el tintineo de la lámpara al principio ya podía uno imaginárselo, si es que había leído el libro antes y no después como yo) que consiguió despertar mi curiosidad por la obra original. Y la novela es un prodigio de condensación, como he comentado ya. Es increíble lo que se destila de cada frase y lo mucho que esconde su aparente sencillez (ni que Némirovsky fuese japonesa, vaya). Habrá que leer algo más de una autora a la que no había prestado mucha atención (estas historias tan peliculeras con maleta y todo te hacen olvidar que en su momento gozó de gran prestigio y de la consideración de Cocteau o Paul Morand).
Total, que dos veces que he ido al teatro este mes (se ha dado bien, encima una fui de invitada), dos veces que me he quedado con la boca abierta. De hecho, tras ver The Deer House (se representó en el Teatre Lliure solo durante dos días) era tan consciente del desconcierto que debía transmitir mi cara que sufría por estar sentada en la segunda fila, tan cerca de los actores que intentaban leer su éxito en el rostro del público mientras saludaban. Por cierto que en esta no solo bailaban, sino que también cantaban. Y se desnudaban y hablaban en varios idiomas... Este ambicioso montaje (multilingüe, multidisciplinar y todo lo multi que puede dar de sí la cosa) del belga Jan Lawers y su compañía (Needcompany) sobre el dolor, la pérdida, el mundo actual y el teatro resulta en varios momentos de lo más evocador y poético. Muy interesante.

Se puede ver un vídeo de El ball en la página del TNC.
Vídeo de The Deer House aquí.

sábado, 12 de diciembre de 2009

La guerra es siempre injusta

Como a muchos, me resultó muy llamativo en su momento el anuncio de la concesión del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama por el motivo que él mismo mencionó en su discurso en Oslo; porque se le ha dado al principio de su mandato. En mi opinión, se le ha otorgado por sus buenas intenciones y no por una buena labor de su Gobierno; lo cual es un error. En inglés hay un dicho, algo así como que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. También se suele decir que el infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo, de buenas obras. Pues eso, buenas intenciones y carisma le sobran a Obama; eso está claro. Pero habría que dejar los premios para dentro de unos añitos; no sea que no lleguemos a ver grandes acciones por su parte (ojalá me equivoque, por lo mucho que nos jugamos todos).
He leído su discurso de aceptación del premio por pura curiosidad, tras ver en el periódico que los supervivientes de Hiroshima (ciudad a la que espero ir estas navidades, para visitar el museo y el parque conmemorativo, monumentos por la paz) y Nagasaki se han sentido defraudados por el escaso pacifismo mostrado por el Presidente norteamericano. Que ya es tener fe en la humanidad, digo yo. Tras pasar por lo que pasaron, aún tienen semejantes esperanzas. Optimismo puro. Me he encontrado con un texto lleno de excusas para el despliegue militar en Afganistán, trufado de citas de Martin Luther King y su adorado Presidente Kennedy, menciones a Gandhi y a las atrocidades de la segunda guerra mundial. Pero hubiera estado bien, efectivamente, que si al hombre le han dado el premio (básicamente) por su iniciativa para eliminar en un futuro los arsenales nucleares existentes en el mundo (un brindis al sol, me parece a mí), no pasara tan de puntillas por las bombas atómicas que tan alegremente y con tan poco fundamento lanzó su país sobre esas ciudades japonesas. Porque mucho hablar de civiles, pero justamente allí murieron muchísimos niños, ancianos, mujeres... lo lógico si tiras una bomba sobre una ciudad, vaya, que le das a los colegios.

A mí me ha apenado la frase "un movimiento no violento no hubiera podido detener a los ejércitos de Hitler
" para argumentar que a veces la guerra es necesaria. Hitler no hubiera llegado a estar al frente de esos ejércitos sin que le votara antes una población acuciada por la crisis económica y le apoyaran después, de forma más o menos velada, otros países. Hitler no se generó espontáneamente; fue el resultado de una serie de circunstancias. Y es ahí donde los movimientos no violentos pueden hacer mucho para evitar guerras. Sé que Obama no es responsable de la historia de su país, ni de los gobiernos que le han precedido; pero no veo cómo puede justificar la guerra en Irak (por mucho que tenga las manos atadas en ese tema). Sadam Hussein había cometido durante años innumerables atrocidades que por lo visto no merecieron que los EE.UU. salvaran a los iraquíes. Y luego se empeñaron en sacarles las castañas del fuego cuando a ellos les vino bien, con un criterio un tanto curioso y con una guerra indefendible en la que han pagado el pato los mismos de siempre y se han enriquecido también los de siempre. Lo malo de estas "guerras justas" de EE.UU. es que siempre se ve su mano aupando en la sombra a los enemigos del mundo. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Pero los que se mueren son mayoritariamente los otros.

Se puede leer el discurso de Obama
aquí.

viernes, 11 de diciembre de 2009

La ternura de las matemáticas

Vaya mes más tonto; todavía no había conseguido ponerme, y eso que tengo un montón de reseñas por escribir. En fin. Dije (hace más de un año, eso sí) que seguiría leyendo a Yoko Ogawa y en eso he estado (ya en la cuenta atrás para volar a Japón, en avión, digo, no mentalmente). De momento, ha "caído" La fórmula preferida del profesor (Hakase no aishita sushiki, 2004). Con su aparente sencillez narrativa, Ogawa se ha ganado los elogios del mismísimo premio Nobel Kenzaburo Oé, quien ha dicho de esta autora, más o menos con estas palabras, que es capaz de expresar lo más sutil de la psicología humana en una prosa que es tierna pero penetrante. Y quien soy yo para contradecir a este hombre. Bueno, la verdad es que no tengo que llevarle la contraria al señor Oé porque estoy totalmente de acuerdo.
Este libro fue en su momento uno de esos fenómenos tan japoneses: vendió dos millones de ejemplares, ganó todos los premios (incluido el Yomiuri, el de las librerías japonesas y el de la Sociedad Nacional de Matemáticas,
“por haber mostrado la belleza de esta disciplina”), desató un inusitado interés por las matemáticas y se adaptó al cine, a la radio y al cómic. Ahí es nada. Fue la novela que catapultó definitivamente a Yoko Ogawa a la fama internacional; aunque lleva escribiendo desde 1988, es de lo más prolífica (ha publicado más de veinte obras de ficción y no ficción) y se la ha traducido ampliamente al francés.
Curiosamente, me ha parecido muy diferente de los relatos de The Diving Pool, con esas atmósferas tan inquietantes. Pero lo he disfrutado por lo a gusto que se "estaba" en ese libro; con una historia bonita y bien contada, sin dramatismos; pero, sobre todo, en uno de esos ambientes que tan bien crean los autores japoneses, que te envuelven como un "yukata" (esos kimonos de algodón blanco, sencillos y agradables, mucho más sofisticados de lo que parecen).

La fórmula preferida del profesor está publicado en Editorial Funambulista.