jueves, 8 de octubre de 2009

Especial Tim Robbins

Es que era un programa doble: Tim Robbins como director teatral y luego como actor. En ambos quehaceres sale bien parado (no esperaba menos).
The Lucky Ones (2008) es una interesante película sobre "los afortunados"; los militares que consiguen volver de la guerra de Irak (no se menciona el nombre del país, ni falta que hace). Los de la película (dos hombres y una mujer) se consideran afortunados porque han visto morir a muchos (dos de ellos han sufrido heridas y han visto la muerte muy de cerca), y pueden sentirse también así al ver el agradecimiento de algunos de sus conciudadanos. Pero, en realidad, eso no hará que mejoren sus vidas ni se solucionen sus problemas (los que tenían antes de ir a Irak, los que han surgido después).
Neil Burger, el director de El Ilusionista, no solo elige no mentar al país de marras, sino que tampoco busca patriotas: sus personajes no han ido a la guerra por su país (habría que ver cuántos lo hacen), sino por ellos mismos. Han elegido esa salida porque no tenían otra, por motivos económicos, por no defraudar a la familia, porque es un buen trabajo... Los tres personajes de Burger no son héroes y preferirían no volver; pero tampoco eso es algo que esté en sus manos. El resultado es una película un tanto diferente; una "road movie" especial, medida, sutil, con un buen guión. Y capaz de emocionar sin caer en la cursilería (ni en lo obvio, que tiene aún más mérito).
Los tres actores hacen muy bien sus papeles; llama la atención el candor de Rachel McAdams. En realidad, el papel de Robbins no es especialmente difícil para un actor como él; pero con otro actor no hubiera sido lo mismo. En resumen, una película que ha elegido no mostrar y no contar lo esperable; sino escarbar un poquito, que tiene mucho más sentido. Y todo ello sin estridencia alguna; por lo que puede pasar desapercibida.

Se puede ver el tráiler aquí.

sábado, 3 de octubre de 2009

Reafirmación ideológica de la buena

Se suele decir que los ciudadanos tienen el gobierno que se merecen. También el teatro que se han buscado. Está feo decirlo, pero la tradicional falta de respeto del público barcelonés no se compensa porque luego aplaudan a rabiar. La gente llega tarde (y lo que es peor, les dejan entrar ¡y sentarse!) y encima aquejada de todo tipo de virus (los que tengan miedo de pillar alguna gripe de abecedario, será mejor que se abstengan de espectáculos en teatros barceloneses, tose hasta el apuntador). Se podría argumentar que el éxito del montaje de 1984 en el Teatro Poliorama (teniendo en cuenta que era en inglés con subtítulos, por cierto que en los de catalán se les coló una bonita "y" como conjunción, así va el país), habla de la pasión por el teatro de esta ciudad. Pero hay que tener en cuenta que eran muy pocas funciones y que venían avaladas (y promocionadas) por toda una estrella de Hollywood, su director Tim Robbins (al que nunca volveré a mirar con los mismos ojos después de su maravillosa interpretación en La vida secreta de las palabras, de la entonces inspirada Isabel Coixet).
Con 1984 acertar es fácil y muy difícil al mismo tiempo. Todo el mundo conoce el concepto de Gran Hermano y sabe de qué va la novela aunque no la haya leído. Y el tema es de gran actualidad; lo cual, teniendo en cuenta que se publicó hace 60 años, pues es un logro en sí mismo (de hecho se titula así por 1948, el año en el que se escribió, se cambiaron de orden los dos últimos dígitos). La mayoría de espectadores que va a ver esta obra va a reafirmarse ideológicamente; por lo que, de entrada, el éxito estaría asegurado. De hecho, en ese sentido me recordó a Lorca éramos todos, de Pepe Rubianes; en la que Lorca éramos todos los que estábamos y por eso habíamos ido (aunque el nivel de aquel montaje era inferior a este). Pero, al mismo tiempo, resulta muy difícil (prácticamente imposible, por las mismas razones) impactar y sobresalir con 1984. El montaje de The Actors' Gang es muy correcto; las interpretaciones, impecables; la sobria escenografía, adecuada. Por todo ello, la obra llega e incluso conmueve. Y es verdaderamente difícil hacer una interpretación que no sea plana con un texto como el de Orwell, que se lo pone muy difícil a los actores; que no pueden caer en la caricatura, que deben entregarse muy a fondo. En resumen, un espectáculo de calidad y solvencia; teatro como dios manda, de lo que no abunda por estos lares.
Voy a tener que releer 1984, porque está claro que una lectura de hace veinte años no tiene nada que ver con la que se pueda hacer en estos tiempos de fobias terroristas y cárceles ilegales. Por más que se repita, sigue siendo cierto: pone los pelos de punta cómo acertó George Orwell con el futuro que imaginó.

Más información sobre la compañía The Actors' Gang.
Vídeo de presentación de la obra (interesante ver cómo era el pobre Cameron Dye cuando todavía tenía pelo y mejor aspecto, antes de la gira).

miércoles, 30 de septiembre de 2009

30 de septiembre: Día del Traductor

Me voy a felicitar a mí misma; ya que es el día del Traductor. Nuestro patrón es San Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín; que también es mala suerte que nos pusieran a un profesional tan polémico (por los numerosos errores de traducción de la Vulgata). En fin, de todo hay en el gremio (aunque en nuestro descargo he de decir que hay mucho aficionado y luego pasa lo que pasa). Puede ser que lo eligieran por las noches que se pasaba sin dormir (como penitencia, en el desierto) o por su orgullo (lo que cuesta que aceptemos una equivocación...).
Ah, hace justo una semana que le tocaba a un gremio muy cercano, el de los informáticos (se me olvidó felicitar al director del departamento técnico de mi empresa, qué fallo); el 23 fue Santa Tecla.
Bueno, después de felicitarme a mí misma seguiré con mi celebración particular: ¿qué mejor manera de pasar semejante día que una buena maratón de traducción? Dos catálogos a falta de uno.
Pues eso, que a ver si el mes que viene se me da mejor esto del blog (eso es lo quería decir en realidad). Todo un mes y ni una triste reseña de un libro.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Apurando, como siempre

Bueno, al final hemos podido escaparnos un ratito a ver la exposición de Kees van Dongen en el Museu Picasso. Se trata de la primera retrospectiva que se hace de este pintor en España y finaliza el 27 de este mes; así que, por poco.
De van Dongen tenía referencias como influencia de los expresionistas alemanes Die Brücke y poco más. Tuvo que ser toda una provocación lo de este hombre, a principios de siglo; alguien a quien ser impúdico le parecía una virtud y que hacía semejante uso del color. Hasta tal punto llegó la cosa que la policía tuvo que descolgar de una exposición este polémico cuadro, Tableau (también conocido como El chal español), el que más me gustó de toda la exposición.
Hablando de expresionistas, siempre que voy al Picasso (ahora hacía un montón que no me acercaba) recuerdo la exposición de Schiele; debió ser en el año 2000, en mi época de vecina (del museo, no de Schiele), cuando lo tenía más a mano.
Es increíble que las exposiciones duren meses y yo me pierda muchas. A mí es que el tiempo no me cunde nada. Y es una verdadera lástima, porque es una de las ventajas que tiene vivir en Barcelona. Al final, acabamos sufriendo más los inconvenientes que disfrutando de las cosillas buenas que puede aportar una ciudad que ni es grande ni es pequeña, sino todo lo contrario.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Ventanas como televisores

Hace muchos días que me veo incapaz de pasar ni un minuto más delante del ordenador, después de trabajar, para redactar alguna entrada en este blog. Se me hace medianoche día sí, día también, y me voy directa a la cama con un libro de Salman Rushdie (que entre el poco tiempo que le dedico y lo largo que es, no veas lo que me está durando la distracción). No he visto más que una peli desde el "fracaso Coixet" (aunque tengo algunas anteriores pendientes de reseñar, algunos libros también); pero no será por falta de cosas que escribir. De hecho, tres líneas más tarde ya me siento mejor (y eso que tengo que volver al curro, esto es una especie de "recreo" u "hora del patio").
Una de las cosas que menos me gustan de mi trabajo (aunque al final me compensen todas) es la dedicación total que exige a menudo; la sensación de que se acaba un día en el que no has hecho mucho más que trabajar (por suerte, mi compañero de despacho me hace reír a diario, siempre hay un poco de charla durante las comidas...). Estos "secuestros" que sufro a manos de larguísimos manuales de complicadas instalaciones industriales me hacen ser la reina de las "tareas con patitas" que decía un buen amigo de una persona a la que quiero mucho (aún hoy, aunque no esté, ese es un pequeño detalle sin importancia que no resta cariño a la relación). Son las cosas que apuntas en la agenda (si eres tan anticuada como yo y aún tienes agenda de las de bolígrafo, de las de toda la vida) y tachas para volver a apuntar al día siguiente y así sucesivamente, por falta de tiempo (o ganas, que todo puede ser). Lo mío suele ser un problema de ciempiés; solo así se explica que las dichosas tareas sean capaces de recorrer no semanas, sino meses y años.
De los tiempos en los que veía la televisión (y los anuncios) recuerdo una chocolatina con una publicidad resultona que te invitaba a hacer una pausa. Y eso es exactamente lo que hicimos el fin de semana pasado (de tres días en Cataluña, donde somos tan patrióticos, que si hay que celebrar el día nacional, salimos todos pitando para irnos a la playa, a la montaña, al aeropuerto, a donde sea, vaya). Nos tomamos una pausa y nos dejamos el ordenador, los manuales, la agenda, casi todo, en casa (bueno, el libro de Rushdie se vino, claro). Con un poquito de ropa y unas provisiones para las excursiones, bastaba. Y nos fuimos a la Matarraña en Teruel, que con eso de que no existe, se está bastante tranquilo; a la casa rural de Monique y Joris, unos errantes a los que hay que llamar por otro nombre, porque con eso de que son holandeses, pues suena a cliché. Lo de los cielos estrellados (cuajados de estrellas más bien) y la abundancia de pájaros no era broma. Y el silencio, desconcertante de tan absoluto; todo un privilegio.
Y de eso estoy tirando esta semana, de las energías recuperadas durante mañanas de paseos tranquilos y tardes de lectura "vigilando" las montañas, los árboles, los colirrojos... Es una de mis actividades favoritas; leer en algún lugar en el que valga la pena levantar la vista al pasar la página, atisbando de reojo, mientras se lee, paisajes que limpian la mirada. De vez en cuando encontramos una habitación con "ventanas de pantalla plana". Esta vez tenía dos a mi disposición (más en el resto de la casa); ventanas que te atrapan y que muestran lo que de verdad necesitas ver. Yo las llamo "ventanas como televisores" no sé muy bien por qué, si yo la tele no la veo. Pero ejercen sobre mí la misma fascinación que sentimos casi todos ante una pantalla.

La foto de Matarraña es de Jaime Seuma Sandoval.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Pretenciosa

Ayer fui a ver Map of the Sounds of Tokio / Mapa de los sonidos de Tokio. Creo que el Anticristo no hubiera resultado peor elección (el de Lars von Trier, aunque quizás tampoco el otro). La última película de Isabel Coixet está a años luz de lo mejor de su filmografía (La vida secreta de las palabras, Mi vida sin mí y Cosas que nunca te dije). Si cuando fui a ver Elegy dije que una de las cualidades del cine de Coixet era, en mi opinión, su capacidad para conmover en la medida justa; en esta ocasión no ha encontrado la medida, ni el punto ni nada. De sus mejores películas me gustó la sutil poesía que destilaban; pero en esta se le ve el plumero, las ganas de ser poético (solo me lo pareció el título y encima luego no encajaba para nada con la película, que no transmite los sonidos que pretende). Para entendernos: esta película es como la Isabel Coixet que se entrevistó a sí misma en lugar de charlar con su admirado Haruki Murakami (que era a quien había ido a escuchar la mayoría del público, por no decir todo el mundo), no como la directora de La vida secreta de las palabras.
También es cierto que Sergi López no es Tim Robbins, eso está claro. Le daba yo vueltas al salir del cine a la posibilidad de salvar a su personaje poniendo a un actor tipo Viggo Mortensen; pero la verdad es que la historia es tan absurda, que no hay manera de apañar el entuerto. Rinko Kikuchi tiene que ser buena actriz por narices, porque sale airosa de los papelitos que le tocan; incluso cuando su personaje no existe, como es el caso. Otra cosa es el supuesto magnetismo (según la directora) entre los protagonistas. Yo no lo vi por ninguna parte; es más, no me creo su historia para nada. Y otro personaje que se las trae es el del narrador omnisciente, que a quién se le ocurre. Encima se desperdicia al famoso bailarín de butoh, Min Tanaka, para que lo encarne, con unos monólogos que no tienen ni pies ni cabeza. Vamos, que el tráiler de la peli no auguraba nada bueno y, al final, de los tráiles hay que fiarse más que de tu propio padre.
Pues eso, una decepción; al principio no le ves el qué, pero es que luego empeora considerablemente, con esas escenas de sexo tan cutres, y el final es de vergüenza ajena. Ni siquiera se captura la esencia de Tokio (en ese sentido, y en otros, se queda a años luz de Lost in Translation) ni aprovecha su fuerza (las imágenes son bastante sosas, para lo que es la ciudad). Un ejemplo muy claro es el mercado de pescado, de lo más fotogénico y potente visualmente que se puede ver por estos mundos de dios. Pues en la película no destaca especialmente. Tokio se queda en excusa, en afanes de modernidad, en un escenario incongruente para una historia pobre y poco interesante.

El tráiler, así como "making-offs", diario del rodaje, etc. para muy fans, en www.mapofthesoundsoftokyo.com

domingo, 30 de agosto de 2009

Lecturas de verano: El Chino

Sigo con otra lectura de las que me llevé a Bretaña. Junto con el tercero de Larsson (por gentileza de mi proveedora habitual y Novelante jefa), El Chino (2009) de Henning Mankell llenó de muertos suecos (y no suecos) mis apacibles atardeceres (continuamos con la desmitificación de Suecia). He de decir dos cosas al respecto. Una: a la que te has tragado sin rechistar la disparatada segunda entrega de las aventuras de Mikael Blomkvist, estás listo para que te entretenga la tercera casi tanto como la primera. Dos: por suerte no se me han quedado estos asesinatos asociados a Bretaña; bastará con que un lugar tan tranquilo haya quedado unido de forma irreversible a una banda sonora tan poco esperable como Metallica (por obra y gracia, cómo no, del conductor y compañero de viaje J.).
En fin. A Mankell le tenía ganas hacía tiempo y nunca había llegado a leer nada; así que decidí empezar por una novedad, dejando la célebre "serie Wallander" para mejor ocasión. Como anécdota, he de referirme ya mismo al frenesí de cafés y sandwiches de la jueza Roslin. Debe ser el deporte nacional sueco, concluyo; a esta mujer solo podría vencerla el mismísimo Blomkvist. Y, de entrada, un aviso para navegantes: nada de leer la contraportada si hay interés por leer el libro. Qué manera de destripar la historia. Y quien dice la contraportada, dice la página web de los editores, etc. Pasa como con los tráilers; que debemos ser todos muy vagos (o poco largos) y nos tienen que dar las pelis ya vistas y los libros, ya leídos. Un desastre. Entremos en materia, El Chino es, por lo visto, una especie de encargo que se hizo Mankell a sí mismo, alarmado por la creciente colonización china de un continente en el que él pasa parte del año, África. Ya sabíamos que los chinos están haciendo muchos negocios por allí (tanta materia prima suelta, tan poco control, tanta corrupción, a quién no le tienta); pero Mankell está convencido de que además buscan una forma de mitigar su superpoblación rural enviando a millones de campesinos pobres a que cultiven la tierra en el continente africano. Dicho sea de paso, espero que los manden sin pesticidas; que estos chinos les tienen una afición desmedida.
Y los encargos es lo que tienen, que se supedita toda una estructura narrativa a un mensaje determinado, con lo que esta suele resentirse lo suyo. A eso le achaco yo que la trama me resultara un tanto deslavazada. En mi opinión, las historias no fluyen bien al conectarse entre sí. Quizá Mankell haya sido demasiado ambicioso; no contento con "meter" dos pesos pesados como el continente africano y el coloso chino en la misma novela, hizo aparecer también a Suecia (y a sus lobos) y tanto trasfondo político y social acaba por ahogar un poco a la historia en sí. Y, de nuevo, como me está pasando últimamente con más libros de esta misma editorial (a quienes tenía en más alta consideración), me entran dudas de si hay problemas de traducción. Si no los hay, el estilo de este hombre deja un tanto que desear. Por no hablar de los fallos tipo no pagar el taxi (si Ma Li tenía las cenizas de su amiga y el encargo de dispersarlas, ¿por qué lo acaba haciendo Ya Ru?) y cosas sencillamente incomprensibles (¿por qué se carga Ya Ru al guardaespaldas?, luego resulta que no tiene nadie más a quien recurrir y tiene que ir él en persona, con lo que tendrá que hacer ese hombre, a matar a la jueza, cosa ilógica). Pues eso, que la novela tiene su interés, pero no me ha convencido. Tendré que leer una de las protagonizadas por el comisario Kurt Wallander, a ver.

Se puede leer el comienzo de la novela aquí.