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lunes, 1 de noviembre de 2010

El hombre que siempre tiene razón

No sé qué me pasa con Salman Rushdie (devoción, supongo), que siempre me descubro dándole la razón en todo. Hoy viene una especie de entrevista en El País, anunciando las memorias de Rushdie sobre la época de la fetua (de paso me he enterado de que la RAE ya tiene adaptación para la "fatwa"). Y Rushdie vuelve a decir algo que creo que ya le había oído: que Shakespeare es el tipo que lo escribió todo hace ya más de cuatrocientos años, "todo sobre todas las cosas".
Amén.

lunes, 8 de febrero de 2010

Nunca segundas lecturas fueron buenas (I)

Los lectores desmemoriados tenemos la suerte de que con los libros que tenemos en casa podríamos pasar el resto de nuestras vidas, releyéndolos una y otra vez (casi) como si fuera la primera vez. Lo malo de las segundas lecturas no es que te acuerdes de la trama, de los personajes (cuando los Novelantes leyeron la primera novela de Kate Atkinson, Entre bastidores, la recordaba bastante a pesar de los años transcurridos), sino que (casi) nunca te gusta tanto como la primera. Tengo curiosidad por ver qué pasa cuando relea al Murakami de Kafka en la orilla (que me hizo devorar el resto de sus libros) o al seductor Kureishi de El Buda de los suburbios (ambas son lecturas para Novelantes en el cartel de este año). Para la "tertu" anterior a los Novelantes, releí Intimidad, también de Kureishi. Y tuve una agradable sorpresa al ver que seguía encontrándole el mismo interés. Pero, vamos, por lo general, con la honrosa excepción de Cumbres borrascosas (que podría leer decenas de veces más), las novelas no suelen salir airosas de relecturas que haces con más años y más horas con un libro en el sofá.
Leí
White Teeth (Dientes blancos) cuando se publicó en el 2000. Tenía todos los ingredientes para que me abalanzara sobre la novela casi caliente aún de la imprenta. Hablaba de un Londres que yo he conocido y vivido, y la editorial "vendía" a su autora como "la nueva Salman Rushdie". Ahí es nada. El propio Rushdie, lejos de ofenderse porque le hubiesen encontrado repuesto, recomendaba vivamente la lectura de la primera novela de Zadie Smith. Otro motivo más para no perder ni un momento e ir a comprarla. De repente, no era que Zadie Smith fuese protagonista absoluta de la esfera literaria británica, es que parecía que la esfera era ella; una autora desconocida tres años atrás, cuando consiguió agente literario con un capítulo y unos pocos relatos. Su propia historia parecía de ficción: se subastaron los derechos de una novela de la que solo existían algunos capítulos, todo el mundo esperaba con ansia su publicación. Y no defraudó a (casi) nadie. De hecho, ganó los premios más prestigiosos a los que podía optar: el Guardian First Book Award, el Whitbread First Novel Award y el premio al primer libro de un escritor de la Commonwealth. Y como no podía ser de otra forma, a mí también me encantó. Me pareció ocurrente, bien escrita y todos los dardos daban en la diana.
Parecía imposible que una segunda novela pudiera llegar a estos extremos de paroxismo y, de hecho, no lo hizo. De entrada, la joven autora se declaró profundamente agobiada por su repentina fama y dijo que estaba pasando por un bloqueo creativo. No fue muy largo, porque en 2002 publicaba The Autograph Man. De nuevo, una novela bien escrita que pretendía ser ocurrente y volver a llenar de dardos la diana. Pero lo cierto es que por mucha imaginación que le echase, The Autograph Man (
El cazador de autógrafos) era un intento fallido de volver a conseguir blancura dental. La acogida crítica fue tibia; pero las ventas no podían fallar. El siguiente bloqueo duró un poco más y Smith no publicó On Beauty (Sobre la belleza) hasta 2005. Las ventas bajaron un tanto (por la decepción que sufrieron muchos lectores con el segundo libro), pero los críticos decidieron que no podían equivocarse tanto y que aquella novela sí que era lo que habían estado esperando (ganó el Orange Prize for Fiction en 2006 y quedó finalista del Man Booker Prize). Para mi gusto, cada novela estaba más vacía que la anterior. De hecho, la tercera me pareció que, a pesar de estar bien construida, no tenía nada que contar. O, al menos, nada que me interesara a mí. Lo que demuestra, una vez más, que no basta con escribir bien. El bloqueo creativo actual debe ser el más duro de superar, porque no ha vuelto a publicar ninguna otra novela ni hay indicios de que vaya a hacerlo pronto.

Dientes blancos, Sobre la belleza y El cazador de autógrafos están publicados por Salamandra y Quinteto (bolsillo).

Los Novelantes se reúnen el 9 de febrero para comentar la lectura de White Teeth.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Rushdie el Grande

Mientras esperamos que este buen hombre nos regale otra novela tras la magnífica The Enchantress of Florence, no queda otro remedio que echar la mirada atrás, a sus libros más recientes. Su novela anterior, Shalimar the Clown (2005), recibió un cierto varapalo de la crítica por su excesiva ambición (a pesar de las reseñas negativas, el libro obtuvo varios premios de prestigio en India y Gran Bretaña, donde también quedó finalista para el Whitbread), lo que no deja de ser curioso; porque una de las principales características de Salman Rushdie es su insaciable ambición literaria. Rushdie es un escritor que no se acomoda, que no teme a los riesgos (es más, parece que le encanten). Y si hay un tema complicado que a Rushdie no le intimida lo más mínimo es el de esta novela: las tragedias políticas y religiosas del mundo moderno. Ahí es nada. Ese sería el plano más general, aunque Rushdie se concentra sobre todo en las raíces de la violencia y en la díficil situación de Cachemira.
Y si es cierto que las mejores partes de la novela son las que transcurren en Cachemira, no lo es menos que solo Rushdie puede salir airoso de una trama tan disparatada que consigue meter en una misma novela a los nazis y la resistencia, el conflicto de Cachemira, el yihadismo, los disturbios en Los Ángeles (el caso Rodney King) y a Akbar el Grande (por el que debe sentir una especial predilección). Y seguro que me estoy dejando algo. En mi opinión, el título no está a la altura de semejante despliegue. De hecho, siempre he pensado que los títulos no son el fuerte de este escritor de tanto talento. El único que me parece bueno (sin pasarse, pero muy adecuado) es Midnight's Children. Pero, desde luego, eso es un detalle sin demasiada importancia en comparación con las "constantes Rushdie": un auténtico torrente narrativo, su estilo majestuoso, la ironía...
Rushdie es capaz de transmitir el horror de un conflicto con el que la gente suele cenarse; solo por eso vale la pena leer este libro, aunque yo creo que tiene más méritos. A mí que me den cualquiera de estas novelas de Rushdie que la crítica a veces considera fallidas. Las prefiero mil veces a otras de escritores menores, por más que se las aclame y premie. El problema de Rushdie es que es superlativo. Y eso dificulta mucho las reseñas, los análisis... Para muestra, véase el título que le he dado yo a mi entrada.

Shalimar el payaso está publicado en Mondadori y Debolsillo.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Ventanas como televisores

Hace muchos días que me veo incapaz de pasar ni un minuto más delante del ordenador, después de trabajar, para redactar alguna entrada en este blog. Se me hace medianoche día sí, día también, y me voy directa a la cama con un libro de Salman Rushdie (que entre el poco tiempo que le dedico y lo largo que es, no veas lo que me está durando la distracción). No he visto más que una peli desde el "fracaso Coixet" (aunque tengo algunas anteriores pendientes de reseñar, algunos libros también); pero no será por falta de cosas que escribir. De hecho, tres líneas más tarde ya me siento mejor (y eso que tengo que volver al curro, esto es una especie de "recreo" u "hora del patio").
Una de las cosas que menos me gustan de mi trabajo (aunque al final me compensen todas) es la dedicación total que exige a menudo; la sensación de que se acaba un día en el que no has hecho mucho más que trabajar (por suerte, mi compañero de despacho me hace reír a diario, siempre hay un poco de charla durante las comidas...). Estos "secuestros" que sufro a manos de larguísimos manuales de complicadas instalaciones industriales me hacen ser la reina de las "tareas con patitas" que decía un buen amigo de una persona a la que quiero mucho (aún hoy, aunque no esté, ese es un pequeño detalle sin importancia que no resta cariño a la relación). Son las cosas que apuntas en la agenda (si eres tan anticuada como yo y aún tienes agenda de las de bolígrafo, de las de toda la vida) y tachas para volver a apuntar al día siguiente y así sucesivamente, por falta de tiempo (o ganas, que todo puede ser). Lo mío suele ser un problema de ciempiés; solo así se explica que las dichosas tareas sean capaces de recorrer no semanas, sino meses y años.
De los tiempos en los que veía la televisión (y los anuncios) recuerdo una chocolatina con una publicidad resultona que te invitaba a hacer una pausa. Y eso es exactamente lo que hicimos el fin de semana pasado (de tres días en Cataluña, donde somos tan patrióticos, que si hay que celebrar el día nacional, salimos todos pitando para irnos a la playa, a la montaña, al aeropuerto, a donde sea, vaya). Nos tomamos una pausa y nos dejamos el ordenador, los manuales, la agenda, casi todo, en casa (bueno, el libro de Rushdie se vino, claro). Con un poquito de ropa y unas provisiones para las excursiones, bastaba. Y nos fuimos a la Matarraña en Teruel, que con eso de que no existe, se está bastante tranquilo; a la casa rural de Monique y Joris, unos errantes a los que hay que llamar por otro nombre, porque con eso de que son holandeses, pues suena a cliché. Lo de los cielos estrellados (cuajados de estrellas más bien) y la abundancia de pájaros no era broma. Y el silencio, desconcertante de tan absoluto; todo un privilegio.
Y de eso estoy tirando esta semana, de las energías recuperadas durante mañanas de paseos tranquilos y tardes de lectura "vigilando" las montañas, los árboles, los colirrojos... Es una de mis actividades favoritas; leer en algún lugar en el que valga la pena levantar la vista al pasar la página, atisbando de reojo, mientras se lee, paisajes que limpian la mirada. De vez en cuando encontramos una habitación con "ventanas de pantalla plana". Esta vez tenía dos a mi disposición (más en el resto de la casa); ventanas que te atrapan y que muestran lo que de verdad necesitas ver. Yo las llamo "ventanas como televisores" no sé muy bien por qué, si yo la tele no la veo. Pero ejercen sobre mí la misma fascinación que sentimos casi todos ante una pantalla.

La foto de Matarraña es de Jaime Seuma Sandoval.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Estos sí que no son japoneses

Se acabó el "mono no aware": esto es Bollywood y de eso no tienen. Se acabó también el festival de cine asiático de este año (el BAFF) y no pude ir más que un día. Lástima, porque la programación tenía una pinta excelente y me hubiera gustado ir a ver alguna película japonesa y una de Hong Kong que me llamaban la atención (parece que voy entrando poco a poco en el cine asiático). Pero es que entre el finde de tres días en el campo (increíble, pero ya necesitábamos recargar pilas otra vez, a estas edades parece que las baterías duran muy poco) y el curro, no hubo manera, solo conseguí acudir a mi cita obligada con el estreno indio de cada año.
Y ya lo dijo Salman Rushdie (hacía días que no sacaba yo a colación a este hombre); estos indios están empeñados en que existió Jodha Bai y de ahí no les sacas. Y yo añado, si existió, está claro que tenía el rostro de la actriz india más famosa, Aishwarya Rai. Desde luego, dos cosas hay que entusiasman a los indios: las historias y la polémica. Así que con Jodhaa Akbar (2008, del director de Lagaan) han ido servidos en ambos frentes. Resulta que históricamente no está probado que existiera dicha señora. Es más, si existió, no era la esposa del emperador Akbar, sino su nuera. Ahí queda eso. Pero sí parece que una de las esposas del emperador mogol era "rajput", aunque se llamaba de otra forma. El nombre de Jodha Bai surge en la cultura popular del siglo XVIII y se hace tan popular en la India, que nadie presta atención a su autenticidad histórica hasta que a Ashutosh Gowariker se le ocurre rodar esta película y en Rajastán alzan el grito al cielo (como si no tuvieran problemas más importantes que ponerse a defender el honor "rajput", madre mía) y Gowariker tiene que agenciarse un ejército de historiadores, lo que no evita el boicot posterior de la película en el norte del país.
El emperador Akbar de la película comparte muchas de las características que le asigna Rushdie a su personaje en La encantadora de Florencia; personificado aquí en el atlético cuerpo de Hrithik Roshan, quien, por lo visto, se ha convertido también en el nuevo emperador de Bollywood (y parece que Sharukh Khan lo ha encajado con elegancia, lo que le honra). Por lo demás, en mi opinión, el puro entretenimiento está bien, siempre que consiga entretenernos. Y a mí me gusta oír hindi, me hacen gracia las convenciones de las pelis de Bollywood (pasan horas, literalmente, hasta que los protagonistas se dan un beso), su poca sutileza (a Roshan se le desencaja el rostro cual héroe de cómic cuando quiere mostrar ira y la música nos indica que el emperador se ha pillado un mosqueo del quince), las canciones, la percusión, los cientos de bailarines de los números musicales, la ropa y las joyas (de los dos protagonistas, no solo Aishwarya está estupenda, a Roshan los gorros y los collarines le quedan de miedo). Vamos, que a mí lo que me gusta es la India, y estas películas me resultan de lo más entretenidas; me distraen muchísimo con su ingenuidad. Y si encima le añadimos un mensaje de tolerancia en términos religiosos (que hace mucha falta en India, como en otros países), pues jugada redonda.

martes, 21 de abril de 2009

Y de postre...

Ahí queda eso.

"I don't think reading blogs count as reading"
(No creo que la lectura de blogs pueda considerarse leer)
Salman Rushdie, preocupado porque los jóvenes de hoy leen menos libros que antes

lunes, 20 de abril de 2009

La manzana del día

"There are many roads to truth"
(Son muchos los caminos que llevan a la verdad)
Salman Rushdie sobre las licencias literarias

viernes, 17 de abril de 2009

La manzana del día

"Fiction is the thing that is so, and not so"
(La ficción es algo que es y no es de una determinada manera)
Salman Rushdie

jueves, 16 de abril de 2009

El médico en Ontario

Dice el refranero particular que "Con un bife a diario, se mantiene al médico en Ontario" (si eres Margaret Atwood, por ejemplo, no te soluciona mucho la vida, pero, bueno). Yo es que soy más de manzanas; dicen que con una al día se mantiene el Alzheimer a raya (lo dudo, pero por probar...). Así que sigo con lo mío.

"You reach no conclusions, you reach endings"
(Nunca se llega a una conclusión, se llega al final)
(Salman Rushdie)

miércoles, 15 de abril de 2009

Keeping the doctor away

"I often have the desire to disappear into my books. The places there are far more interesting than outside"
(A menudo desearía desaparecer en uno de mis libros. Me parece que hay lugares mucho más interesantes que en la realidad.)
Salman Rushdie, durante su visita a Barcelona.

viernes, 3 de abril de 2009

One apple a day...

keeps the doctor away, que dicen los angloparlantes (una manzana al día mantiene al médico en la lejanía).
Vamos a probar a ver si sirve con una frase de Salman Rushdie al día (se puede acompañar de una manzana, para ir más sobre seguro). Es que me he dado cuenta de dos cosas: me dejé mucho en el tintero cuando escribí la entrada sobre su visita a Barcelona y es el escritor al que más se cita en este blog. Pues vamos a seguir con todo ello:
"You might call it lying, I call it art"
(Se puede pensar que eso es mentir; para mí es arte).
Salman Rushdie sobre las licencias literarias

miércoles, 1 de abril de 2009

Salman Rushdie en Barcelona

Sigo en racha con el ciclo "El valor de la paraula" de la biblioteca Jaume Fuster. ¿Cuántas veces se presenta en la vida la oportunidad de escuchar a tres de tus escritores favoritos en el plazo de 15 días? Salman Rushdie llegó envuelto (casi literalmente, aunque las medidas de seguridad eran discretas, apareció y desapareció sin que pudiera haber contacto directo con los lectores) en una nube de cámaras de televisión y fotógrafos; pero esta vez no hubo colas como con la visita de Murakami. Es lo que tiene ser más famoso que leído. En la conversación (principalmente sobre su última novela) con Juan Gabriel Vásquez, volvió a demostrar que, en cualquier caso, lo suyo son las palabras. Y no dijo ni una de más, a pesar de que no paró de hablar ni un solo momento.
Rushdie comentó que siempre había querido escribir sobre Maquiavelo y que le llamaba la atención que todas las referencias a esta figura fueran tan negativas. Con su habitual sentido del humor, añadió que eso le hizo sentirse más cercano a esta figura y pensar que si ecribía algo positivo sobre él, quizá dentro de 400 años alguien le haría a él el mismo favor. Pero al comenzar con la novela vio que no estaba preparado para escribirla, que necesitaba documentarse, y por ello se dedicó a leer sobre el Renacimiento italiano, el reinado del emperador Akbar, etc., mientras escribía novelas más contemporáneas ("novelas que parecían salidas de los periódicos"). Todo un contraste. Con sus lecturas llegó a la conclusión de que cualquier cosa que pudiera inventar sobre esa época sería "suave" en comparación con la realidad, tan extraña. Cuando descubrió que la historia le permitía incluir al conde Drácula en su novela, se sintió totalmente en la gloria.
Sobre su capacidad para contar historias, Rushdie comentó que "todos contamos historias", alegando que los humanos somos los únicos animales que nos contamos historias para entendernos los unos a los otros y destacando la gran importancia de contar tu propia historia a la persona adecuada y que esa persona la entienda (una necesidad que describió como universal). Por eso, el personaje del viajero de su última novela, The Enchantress of Florence, arriesga su vida para contar su historia a la persona que debe escucharla, el emperador Akbar. Curiosamente, Rushdie desveló que este personaje, verdadero hilo conductor de la novela, fue una incorporación posterior, no estaba contemplado inicialmente. También habló de cómo "proyectó retrospectivamente" la leyenda de la esposa hindú de Akbar, Jodhabai, que en realidad nunca existió, haciendo que tampoco fuese real en esa época, convirtiéndola en una esposa imaginaria (Rushdie hizo al respecto las bromitas esperables de alguien que se ha casado varias veces).
Hablando en general sobre la ficción (toda una clase de literatura), comentó que esta es democrática, que no pretende adoctrinar y que no es verdad pero contiene aspectos que sí lo son. Le parece que la novela nunca ha sido un medio de masas y que no lo puede ser (porque requiere un determinado grado de comprensión, cierta formación); pero que eso no significa que goce de mala salud, aunque se viene hablando de la muerte de la novela prácticamente desde su nacimiento (y él cree que sobrevivirá, aunque le preocupa ver que las nuevas generaciones leen menos, "leer blogs no cuenta", añadió). Respondió a las preguntas de los lectores sobre Midnight's Children, y recomendó leer a los nuevos escritores pakistaníes (dijo que no nos costaría mucho hacernos con todas sus obras, porque solo habían publicado un libro cada uno). La verdad es que solo pesqué el nombre que me resultaba más conocido, Daniyal Mueenuddin (más información aquí).
Más sobre Rushdie, próximamente.

domingo, 1 de marzo de 2009

El encantador de lectores

En su nueva novela, The Enchantress of Florence, Salman Rushdie demuestra ser lo que siempre ha sido, lo que quedaba patente en la magistral Midnight's Children (una de las mejores novelas que he leído nunca); un contador de historias a la manera clásica. Esta novela es una especie de "Las mil y una noches"; una sucesión de historias fabulosas que atrapan al lector. Merece especial mención la del pintor Dashwanth, que recuerda a Me llamo Rojo de Orhan Pamuk.
Desde luego, Rushdie tiene todas las virtudes de un gran escritor: una mente privilegiada, un estilo asombroso, una imaginación desbordante y, por si todo eso fuera poco, una vida de lo más "interesante". Sin olvidar su sentido del humor, siempre presente (el mogol del amor le dice a una de sus amantes, celosa, "no he venido hasta aquí para andar de cama en cama"). Con todos estos atributos, Rushdie se traslada a la corte de Akbar el Grande, en la mítica ciudad de Fatehpur Sikri, y sitúa su fábula en una tierra de nadie en la que se mezclan los sueños, la historia, la avaricia de los imperios y una feroz y continua crítica de la religión. No hay duda que es el propio autor el que habla por la boca del emperador que se pregunta por qué debería seguir una religión, ya que no se le pide que lo haga porque esta sea la verdadera, sino porque era la de sus antepasados. Escéptico, Akbar se pregunta si la fe no será quizá poco más que un hábito familiar. Estas son las preguntas que se ha hecho siempre el propio Rushdie y, cómo no, sus respuestas no pueden ser del agrado de todos los públicos. Quizá no había una religión verdadera, piensa Akbar, sino algo que pasa de padres a hijos hasta la eternidad. Igual que se pasa una virtud, podría pasarse un error. ¿Y si la religión fuera un error de nuestros antepasados? Siendo Akbar musulmán, no se puede menos que pensar que este Rushdie anda siempre pidiendo guerra. Akbar / Rushdie asegura que es el hombre quien ha creado a los dioses, y no al revés. Que el centro debe ser el hombre. Otros aspectos de la novela parecen hablar directamente de la experiencia vital de Rushdie, como cuando la Princesa Gulbadan dice que el mundo sigue siendo un misterio y la historia más extraña puede resultar ser cierta. También parece que el autor hable en algunos momentos de la princesa Qara Köz como si fuera él mismo: alguien que se transforma en todo tipo de cosas para todo tipo de personas; un recipiente en el que las personas vierten sus propias preferencias, prejuicios, odios, secretos, desconfianzas, sombras, culpas, dudas y certezas, su respuesta más generosa y también la más mezquina a su paso por el mundo.
En una de las múltiples entrevistas concedidas con motivo de la publicación de esta novela (ver el vídeo más abajo), Rushdie comenta que encontró liberador escribir sobre un mundo sin dividir, en el que no es necesario distinguir entre los sueños y la realidad, y que eso marcó su lenguaje. Yo iría más allá para añadir que justamente ese es su terreno natural, el territorio de Midnight's Children. Rushdie dice que esta es una historia sobre la persuasión del contador de historias; un contador que ya no puede contar una historia tan provinciana como la de Madame Bovary, porque ya no vivimos en un mundo tan limitado y provinciano, no vivimos en una caja, sino en un mundo en el que nos vemos influidos por las vidas de otras personas, por otras culturas. Y de nuevo, esa es la posición que le corresponde; seduciendo a los lectores con narraciones ambiciosas y exquisitas como La encantadora de Florencia.

La encantadora de Florencia está publicada en Mondadori. Se puede leer el primer capítulo (en castellano) aquí.

martes, 9 de diciembre de 2008

Bombay: el fin pero no el final

El titular es de hace unos días, de la BBC, cuando tocaba contar muertos y valorar las pérdidas materiales. La mezquindad occidental hace que parezca que hubo pocos porque eran en su mayoría indios (con los que hay en ese país), pero la última vez que lo consulté iban por casi 200 (ya nadie parece darse cuenta de lo que son doscientos muertos). Pero ese titular podría querer decir también que era el fin de la oleada de atentados más reciente, cuyas imágenes y horrores quedarán obsoletos pronto por la siguiente. Ojalá me equivoque, pero solo hay que echar un vistazo a las estadísticas de los 15 últimos años. El peor ataque (antes de este) tuvo lugar en 2006, cuando murieron 180 personas por las bombas en la red de ferrocarriles.
La única vez que he estado en Bombay nos salvamos por los pelos de ver de cerca uno de esos atentados. Era el 25 de agosto de 2003, estábamos alojados cerca del malecón y pensábamos ir a un famoso mercado del sur de la ciudad, el Zaveri Bazaar o mercado de los joyeros, y después a otro mercado, el Crawford Market. Mi compañero de viaje estudió el plano y decidió que nos interesaba más invertir el orden que yo había sugerido. Por eso no estábamos allí cuando estalló el coche bomba en Zaveri Bazaar, sino en el otro mercado. Como no podíamos seguir con el itinerario previsto y era nuestro último día en Bombay (y en la India), porque nuestro vuelo a Amsterdam salía por la noche, nos dedicamos a caminar por Colaba, en dirección a la Puerta de la India (uno de los monumentos más visitados por los turistas y los propios indios, a pesar de haber sido construido por los ingleses), justo donde había estallado el primer coche-bomba (el no entender las noticias de la tele es lo que tiene). Con la explosión se reventaron las ventanas del hotel Taj Mahal, que está enfrente (y que es uno de los dos hoteles que asaltaron los terroristas en noviembre). El día anterior habíamos entrado a cotillear; pero, claro, ese día no llegamos a acercarnos, porque estaba todo acordonado. Murieron 60 personas.
Como tuvimos la fortuna de no ver nada en absoluto y solo nos enteramos bien de lo que había pasado una vez en casa, no asocio Bombay con esos atentados, sino con la ciudad que tan bien describe Rohinton Mistry (claramente hay que dedicarle una entrada a este hombre) y con la dignidad de los indios, que me ha cautivado las dos veces que he ido como turista a ese país. Si el primer año, viajando por el norte me llamaba la atención las mujeres que se deslomaban trabajando en el campo y que, a pesar de ello, se preocupaban de su aspecto, de llevar el pelo bien recogido, el sari lo más limpio posible y en su sitio; ese año me sorprendieron las familias que vivían en las calles de Bombay y mandaban cada mañana a sus hijas a la escuela con uniformes impecables y trenzas perfectas con lazos planchados, peinadas por sus madres en una fuente pública.
Y, por eso, porque para mí Bombay no es un mero escenario de atentados terroristas, sino un lugar vivo, lleno de gente, que lleva sus familias al cine e increpa a los actores como si fueran de su familia mientras devoran cantidades ingentes de comida; que pasea por el malecón o por Chowpatty Beach, donde los niños se mojan los pies en el mar mientras juegan (y los adultos comen
bhel puri); que acuden a los templos a ofrecer dulces (que se comen los sacerdotes, en la India siempre gira todo alrededor de la comida) y flores a los dioses; que viven cada día ajenos a la barbarie que puede destrozar sus vidas; por eso, todas esas muertes me siguen resultando dolorosas casi dos semanas después, más de cinco años después. Por eso me asquean los políticos extranjeros que dan ruedas de prensa para contar que han pisado charcos de sangre, como si esa sangre no fuera de nadie.
En cualquier caso, será el fin de muchas cosas, pero nunca el final de Bombay. En mi recuerdo, el paseo por el barrio donde trabajaba Gustad Noble (el protagonista de Such a Long Journey, de Mistry) y la alegría al encontrar Flora Fountain, las mojaduras por los monzones, las familias indias comiendo kulfi (helado) los domingos, los bloques de cemento de Marine Drive que salen en Midnight's Children de Salman Rushdie... mucha pobreza y mucha muerte, sí, pero también mucha gente, muchas historias, mucha vida.

Utilizo Bombay y no Mumbai siguiendo las indicaciones de la RAE (no porque prefiera el nombre colonial).
La foto de Bombay es de Jaime Seuma.

sábado, 22 de noviembre de 2008

El Booker sigue en su línea

El Premio Booker de este año ha ido a parar a un escritor indio, treintañero, que se estrena como novelista con The White Tiger. Al jurado del Booker le gusta sorprender y provocar; por lo que sus decisiones no suelen coincidir con las elecciones más obvias. Y eso tiene su lado bueno y su lado malo, como todo en esta vida. Está muy bien eso de no premiar siempre a las "vacas sagradas" de la literatura británica (Salman Rushdie se quedó fuera de la lista de finalistas, aunque ya había ganado en el pasado). Pero, a veces, como en el caso de la ganadora del año pasado, Anne Enright (con The Gathering, ver entrada al respecto aquí), a estos del Booker se les va un poco la mano. Parece que han tomado por costumbre premiar a los autores que no parten como favoritos (este año se creía que la cosa estaría entre dos veteranos, Sebastian Barry y el también indio Amitav Ghosh). Y no es que The White Tiger no sea un buen libro; resulta muy prometedor como primera obra. Pero solo los libros inolvidables deberían alcanzar premios como el Booker, el de más prestigio en lengua inglesa. En teoría y según mi humilde opinión, claro.
The White Tiger es de una eficacia engañosa; a la que rascas un poco se le descascarilla la pintura. Captura la atención del lector inmediatamente gracias al recurso epistolar y, sobre todo, al destinatario de las cartas del protagonista, Balram. Pero en seguida se comprende que se trata de un mero pretexto (un tanto traído por los pelos) para dar rienda suelta a una confesión que destila amargura. La amargura del grueso de la población de un país que sigue viviendo sin cosas tan básicas como agua potable, electricidad o el alcantarillado que tanto obsesiona a Balram (que lo preferiría antes que la democracia). Un país donde un adolescente es capaz de vender su alma a cambio de beber un vaso de leche todos los días. Aravind Adiga no descubre nada; todos sabemos que India no es solo el paraíso del famoso "outsourcing" y los "call centers", que la mayoría de la población sigue viviendo con muy poco: pocos recursos, pocas esperanzas, poco futuro. Y que todos esos millones de personas son meros peones en un tablero de orden feudal en el que manda la corrupción. Pero si hay un escritor indio que ha retratado todo esto de forma magistral, no es Aravind Adiga, precisamente, sino alguien que le supera con mucho, Rohinton Mistry (otro día hablaremos de él).
En cualquier caso, la verdadera orginalidad de esta novela es la forma en la que rehuye toda lírica: las narrativas indias, por más miseria que contengan, suelen tener ese toque bucólico que le da un tinte rosado a la suciedad, al hambre... O al menos dramatismo. Adiga no tiene la menor intención de darnos ese respiro, es demasiado sarcástico. Nada es sagrado para él, ni los dioses, ni el padre de la nación, ni el Ganges... Y hace bien. Recurre al desapego, al realismo, para distinguirse y destacar dentro del numeroso grupo de escritores del subcontinente (en India hay muchos y muy buenos). Pero la sensación que me queda tras haber leído The White Tiger es que Adiga podía haber llegado más lejos, que debería haber sido más ambicioso y crear un retrato psicológico menos caricaturesco de su protagonista. Que podía haberle dotado de una voz más auténtica, yendo más allá de la anécdota, arriesgando más. Ha jugado seguro y ha ganado; y quizá los señores del Booker no le hayan hecho ningún favor. O, quién sabe, quizás el prestigio conseguido le anime a jugársela en una segunda novela.

Tigre blanco ha aparecido este mes en español, publicado por Miscelánea.

sábado, 8 de noviembre de 2008

El presidente de las palabras

Pues sí, al final ganó Obama. Un candidato presidencial que gozaba del favor de muchos literatos de su país. Por ejemplo, de la Premio Nobel de Literatura Toni Morrisson, que al hacer público su apoyo especificó que su elección no estaba basada en temas raciales (Morrisson es afroamericana), sino que le parecía que Obama era el hombre adecuado para el momento histórico que vivía su país. Y, además, elogió la capacidad de Obama para expresarse y lo bien escrito que estaba su libro (se refería a Dreams from my Father). Quien sepa el inglés suficiente y haya oído hablar al presidente electo de Estados Unidos se habrá dado cuenta de que demuestra un dominio del idioma muy superior al de la media de la clase política estadounidense, y que está a años luz del burdo uso del inglés de su predecesor, George Bush.
Otro escritor de prestigio, Michael Chabon, se alió con diversas figuras del mundillo literario estadounidense para recaudar fondos para Obama durante la campaña. También participaron en actos de apoyo Tobias Wolff y los escritores del subcontinente indio que viven en Nueva York, en bloque: Salman Rushdie, Jhumpa Lahiri, Kiran Desai, Suketu Mehta y Manil Suri. Y los escritores de origen irlandés se unieron a músicos y cineastas para formar una asociación de apoyo y demostrar que Obama gozaba también del apoyo de los intelectuales blancos. Tras su elección, Jonathan Safran Foer se mostró satisfecho de tener como presidente a alguien que conoce el valor de las palabras y las escoge cuidadosamente. También se ha hablado de Obama como el "presidente poeta" y todo un Harold Bloom comparó la poesía que el nuevo presidente escribió en su época de estudiante con la de Langston Hughes, la figura del movimiento artístico conocido como "Harlem Rennaisance". Curiosamente, durante la campaña se publicó que la candidata republicana a la vicepresidencia, Sarah Pallin, había intentado retirar de la biblioteca municipal en sus años como alcaldesa libros que consideraba inmorales, como Hojas de hierba de Walt Whitman, quien fue una gran influencia para Hughes. Con esos antecedentes (aunque no estoy segura de que la "anécdota" sea cierta, "se non è vera, è ben trovata"), está claro que los premiados con el Pulitzer no iban a hacer cola para auparla al poder.
Se supone que McCain tendría algunos seguidores en el ramo de las letras; pero, por lo visto, no se manifestaron a su favor con el mismo entusiasmo (o no lo hicieron en absoluto, más bien). Tradicionalmente, son los actores estadounidenses quien se decantan por un candidato presidencial de forma pública; pero esta vez Obama consiguió numerosas adhesiones de un colectivo con menos tendencia a semejantes manifestaciones. Ser un hombre ducho en el lenguaje es una gran virtud poco habitual, curiosamente, entre los políticos. Veremos qué tal le va a este "presidente de las palabras".