Mostrando entradas con la etiqueta Rohinton Mistry. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rohinton Mistry. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de diciembre de 2008

Bombay: el fin pero no el final

El titular es de hace unos días, de la BBC, cuando tocaba contar muertos y valorar las pérdidas materiales. La mezquindad occidental hace que parezca que hubo pocos porque eran en su mayoría indios (con los que hay en ese país), pero la última vez que lo consulté iban por casi 200 (ya nadie parece darse cuenta de lo que son doscientos muertos). Pero ese titular podría querer decir también que era el fin de la oleada de atentados más reciente, cuyas imágenes y horrores quedarán obsoletos pronto por la siguiente. Ojalá me equivoque, pero solo hay que echar un vistazo a las estadísticas de los 15 últimos años. El peor ataque (antes de este) tuvo lugar en 2006, cuando murieron 180 personas por las bombas en la red de ferrocarriles.
La única vez que he estado en Bombay nos salvamos por los pelos de ver de cerca uno de esos atentados. Era el 25 de agosto de 2003, estábamos alojados cerca del malecón y pensábamos ir a un famoso mercado del sur de la ciudad, el Zaveri Bazaar o mercado de los joyeros, y después a otro mercado, el Crawford Market. Mi compañero de viaje estudió el plano y decidió que nos interesaba más invertir el orden que yo había sugerido. Por eso no estábamos allí cuando estalló el coche bomba en Zaveri Bazaar, sino en el otro mercado. Como no podíamos seguir con el itinerario previsto y era nuestro último día en Bombay (y en la India), porque nuestro vuelo a Amsterdam salía por la noche, nos dedicamos a caminar por Colaba, en dirección a la Puerta de la India (uno de los monumentos más visitados por los turistas y los propios indios, a pesar de haber sido construido por los ingleses), justo donde había estallado el primer coche-bomba (el no entender las noticias de la tele es lo que tiene). Con la explosión se reventaron las ventanas del hotel Taj Mahal, que está enfrente (y que es uno de los dos hoteles que asaltaron los terroristas en noviembre). El día anterior habíamos entrado a cotillear; pero, claro, ese día no llegamos a acercarnos, porque estaba todo acordonado. Murieron 60 personas.
Como tuvimos la fortuna de no ver nada en absoluto y solo nos enteramos bien de lo que había pasado una vez en casa, no asocio Bombay con esos atentados, sino con la ciudad que tan bien describe Rohinton Mistry (claramente hay que dedicarle una entrada a este hombre) y con la dignidad de los indios, que me ha cautivado las dos veces que he ido como turista a ese país. Si el primer año, viajando por el norte me llamaba la atención las mujeres que se deslomaban trabajando en el campo y que, a pesar de ello, se preocupaban de su aspecto, de llevar el pelo bien recogido, el sari lo más limpio posible y en su sitio; ese año me sorprendieron las familias que vivían en las calles de Bombay y mandaban cada mañana a sus hijas a la escuela con uniformes impecables y trenzas perfectas con lazos planchados, peinadas por sus madres en una fuente pública.
Y, por eso, porque para mí Bombay no es un mero escenario de atentados terroristas, sino un lugar vivo, lleno de gente, que lleva sus familias al cine e increpa a los actores como si fueran de su familia mientras devoran cantidades ingentes de comida; que pasea por el malecón o por Chowpatty Beach, donde los niños se mojan los pies en el mar mientras juegan (y los adultos comen
bhel puri); que acuden a los templos a ofrecer dulces (que se comen los sacerdotes, en la India siempre gira todo alrededor de la comida) y flores a los dioses; que viven cada día ajenos a la barbarie que puede destrozar sus vidas; por eso, todas esas muertes me siguen resultando dolorosas casi dos semanas después, más de cinco años después. Por eso me asquean los políticos extranjeros que dan ruedas de prensa para contar que han pisado charcos de sangre, como si esa sangre no fuera de nadie.
En cualquier caso, será el fin de muchas cosas, pero nunca el final de Bombay. En mi recuerdo, el paseo por el barrio donde trabajaba Gustad Noble (el protagonista de Such a Long Journey, de Mistry) y la alegría al encontrar Flora Fountain, las mojaduras por los monzones, las familias indias comiendo kulfi (helado) los domingos, los bloques de cemento de Marine Drive que salen en Midnight's Children de Salman Rushdie... mucha pobreza y mucha muerte, sí, pero también mucha gente, muchas historias, mucha vida.

Utilizo Bombay y no Mumbai siguiendo las indicaciones de la RAE (no porque prefiera el nombre colonial).
La foto de Bombay es de Jaime Seuma.

sábado, 22 de noviembre de 2008

El Booker sigue en su línea

El Premio Booker de este año ha ido a parar a un escritor indio, treintañero, que se estrena como novelista con The White Tiger. Al jurado del Booker le gusta sorprender y provocar; por lo que sus decisiones no suelen coincidir con las elecciones más obvias. Y eso tiene su lado bueno y su lado malo, como todo en esta vida. Está muy bien eso de no premiar siempre a las "vacas sagradas" de la literatura británica (Salman Rushdie se quedó fuera de la lista de finalistas, aunque ya había ganado en el pasado). Pero, a veces, como en el caso de la ganadora del año pasado, Anne Enright (con The Gathering, ver entrada al respecto aquí), a estos del Booker se les va un poco la mano. Parece que han tomado por costumbre premiar a los autores que no parten como favoritos (este año se creía que la cosa estaría entre dos veteranos, Sebastian Barry y el también indio Amitav Ghosh). Y no es que The White Tiger no sea un buen libro; resulta muy prometedor como primera obra. Pero solo los libros inolvidables deberían alcanzar premios como el Booker, el de más prestigio en lengua inglesa. En teoría y según mi humilde opinión, claro.
The White Tiger es de una eficacia engañosa; a la que rascas un poco se le descascarilla la pintura. Captura la atención del lector inmediatamente gracias al recurso epistolar y, sobre todo, al destinatario de las cartas del protagonista, Balram. Pero en seguida se comprende que se trata de un mero pretexto (un tanto traído por los pelos) para dar rienda suelta a una confesión que destila amargura. La amargura del grueso de la población de un país que sigue viviendo sin cosas tan básicas como agua potable, electricidad o el alcantarillado que tanto obsesiona a Balram (que lo preferiría antes que la democracia). Un país donde un adolescente es capaz de vender su alma a cambio de beber un vaso de leche todos los días. Aravind Adiga no descubre nada; todos sabemos que India no es solo el paraíso del famoso "outsourcing" y los "call centers", que la mayoría de la población sigue viviendo con muy poco: pocos recursos, pocas esperanzas, poco futuro. Y que todos esos millones de personas son meros peones en un tablero de orden feudal en el que manda la corrupción. Pero si hay un escritor indio que ha retratado todo esto de forma magistral, no es Aravind Adiga, precisamente, sino alguien que le supera con mucho, Rohinton Mistry (otro día hablaremos de él).
En cualquier caso, la verdadera orginalidad de esta novela es la forma en la que rehuye toda lírica: las narrativas indias, por más miseria que contengan, suelen tener ese toque bucólico que le da un tinte rosado a la suciedad, al hambre... O al menos dramatismo. Adiga no tiene la menor intención de darnos ese respiro, es demasiado sarcástico. Nada es sagrado para él, ni los dioses, ni el padre de la nación, ni el Ganges... Y hace bien. Recurre al desapego, al realismo, para distinguirse y destacar dentro del numeroso grupo de escritores del subcontinente (en India hay muchos y muy buenos). Pero la sensación que me queda tras haber leído The White Tiger es que Adiga podía haber llegado más lejos, que debería haber sido más ambicioso y crear un retrato psicológico menos caricaturesco de su protagonista. Que podía haberle dotado de una voz más auténtica, yendo más allá de la anécdota, arriesgando más. Ha jugado seguro y ha ganado; y quizá los señores del Booker no le hayan hecho ningún favor. O, quién sabe, quizás el prestigio conseguido le anime a jugársela en una segunda novela.

Tigre blanco ha aparecido este mes en español, publicado por Miscelánea.