lunes, 11 de mayo de 2009

Melancolía japonesa (esta vez, Made in Japan)

Hablando de "mono no aware", ayer vi un ejemplo perfecto; la premiada película Nijushi no hitomi (24 ojos, 1954) de uno de los directores japoneses más importantes del siglo XX, Keisuke Kinoshita. Adaptación de una novela de Sakae Tsuboi, presta especial atención al sufrimiento femenino en una sociedad muy convencional. Muestra además una clara conciencia social (no en vano el director está considerado como el máximo exponente del realismo social nipón), y es una obra humanista y anti-belicista de gran belleza.
De la mano de una profesora recorremos las vidas de sus primeros alumnos (doce niños, veinticuatro ojos para contemplar la vida), y la suya propia, viendo cómo el tiempo transforma la inocencia, la belleza y el compromiso en dolor y desilusión.
Nijushi no hitomi está considerada en Japón como una de las diez mejores películas de todos los tiempos. Se la conoce sobre todo por ser la película que "arrebató" a Los siete samurais de Kurosawa el premio a la Mejor Película de 1955.
Pues le estoy encontrando yo el punto a esto de las películas japonesas, me gustó hasta la muy surrealista Agua tibia bajo un puente rojo. Y con eso lo digo todo.

domingo, 10 de mayo de 2009

Lo poético cuesta

Los japoneses llaman "mono no aware" a una sensibilidad especial ante las cosas que no conlleva grandes reacciones pero que provoca la comunión del lector/espectador con la obra y una cierta melancolía ante el paso del tiempo. O algo así. Esta buena gente son así de sofisticados y complejos. Suele citarse a Haruki Murakami como ejemplo de este tipo de conciencia del creador. La directora de cine más famosa de Alemania, Doris Dörrie, ha confesado que fue este concepto de tan mal explicar el que la movió, de alguna forma, a rodar su última película, Kirschblüten, Hanami (Cerezos en flor, tráiler en español aquí). No sé si el escritor iraní Kader Abdolah (todo un fenómeno editorial en Holanda) conocía el término y lo tuvo en mente a la hora de escribir El Reflejo de las Palabras (la novela que comentan los Novelantes este martes 12 de mayo); pero todo es posible. Abdolah narra momentos históricos cruciales para Irán con la melancolía de quien sabe que nada dura y el estoicismo de quien conoce cuán pequeño es su papel en la historia de su país. Como esos personajes de Murakami que se dejan llevar por las circunstancias sin apenas luchar, las familias que salen en la película de Dörrie y en el libro de Abdolah (ambas obras son retratos de familia) fluyen con la narrativa, conscientes de su papel, sin resistirse.
Sé que es un comienzo muy raro para una entrada de blog; pero es que la lectura del libro de Abdolah me trajo a la mente la película de Dörrie, que vi poco antes de las vacaciones de Semana Santa (cuando fuimos a Baviera, que también sale en la película). Ambos me han parecido intentos loables pero, en mi opinión, no redondos, de recurrir a países como Japón (por su preciosismo formal) e Irán (en este caso una elección bastante lógica, al tratarse de un escritor iraní) para adornar con poesía un tema tan universal como la relación entre padres e hijos. Una poesía que se traduce en la gestualidad de la película y el tono de leyenda (junto con una estructura del tipo de Las Mil y una noches) del libro. Y lo malo es que no es tan fácil crear poesía auténtica; ni con palabras, ni visual. Pero esta especie de cuentos orientales para europeos (uno claramente más rebuscado que el otro) emiten considerables destellos de poesía, que no es poco. Y ese es su gran mérito.
Lo peor de ambas obras es que queda patente que buscan ser poéticas. Sobre todo en el caso de la película. Lo mejor, lo que aprendemos de dos países apasionantes gracias a estas expresiones artísticas auténticas y honestas. Y muy japonesas, a pesar de que la película está rodada en alemán por una alemana, y el libro es de un escritor iraní que escribe en neerlandés. Estos japoneses, que lo lían todo.

jueves, 7 de mayo de 2009

Una nueva decepción para mi lista

El mes pasado, la nueva novela de Louise Erdrich, The Plague of Doves (2008), quedaba finalista para el Premio Pulitzer en la categoría de ficción. He de decir que, tras leer anteriormente siete de sus novelas, esta es la primera vez que un libro suyo me decepciona (diga lo que diga Philip Roth). Aunque también es cierto que la última que había leído (Four Souls, 2004) me había parecido inferior a las anteriores; a pesar de la recuperación de personajes como Nanapush y de una prosa que evocaba a la de los mejores tiempos. Y con ello no quiero decir que me quedase anclada en la exhuberancia de sus primeras obras; porque me entusiasmaron dos publicadas ya en el nuevo milenio, The Last Report on the Miracles at Little No Horse (2001) y The Master Butchers Singing Club (2003).
Leí por primera vez a esta autora en la facultad, tras la publicación de Love Medicine (1984), la primera (y muy premiada) de varias novelas con una estructura similar (probablemente inspirada por Faulkner) que da voz a diferentes personajes (que, como la propia autora, descienden de nativos americanos, alemanes, franceses... y que como ella nacieron en la zona de las reservas indias de Dakota del Norte) para narrar décadas de historia familiar y local. Me quedé maravillada por la fuerza expresiva de su narrativa, por la mezcla de realidad gris con toques de color, sin reivindicaciones chillonas, y leyenda mágica. A todo ello contribuyó que la propia autora visitara la clase de literatura norteamericana a la que asistía (resultó ser tan fascinante y seductora como su novela). Más tarde, compré The Beet Queen (1986) en los puestos de segunda mano del South Bank de Londres. Me pareció una forma inteligente de no repetir el mismo patrón, con menos personajes "nativos", centrándose en otra faceta de sus propios orígenes, en los americanos de origen alemán (como su padre). Luego llegarían The Bingo Palace (1994) y Tales of Burning Love (1997); todas ellas con abundantes vínculos geográficos y narrativos, así como personajes en común.
En The Plague of Doves, la habitual estructura de voces que aportan información sobre la misma historia resulta más confusa, está peor tejida. Erdrich continúa escribiendo bien (no creo que pueda hacer lo contrario), pero está menos inspirada o más desganada. El misterio del asesinato de toda una familia (y la violencia de la venganza racista que le sigue), que se supone que es el centro de la narración y que condiciona las vidas de las siguientes generaciones de población blanca (y no tan blanca) de una pequeña localidad de Dakota del Norte y de los Ojibwe que viven en la reserva colindante, no parece tan decisivo para el lector, ni tan intrigante. Y para ocupar tantas páginas, se liquida en apenas las diez últimas y con pocas contemplaciones. Un tema interesante que aparece en la trama y las subtramas es la distorsión de la verdad; pero, a mi entender, no acaba de comunicarse bien.
Ya no sé si son mis autores favoritos los que se hacen viejos, o si soy yo la que se ha hecho demasiado mayor y crítica. Seguramente se trate de una mezcla de ambas cosas.

Tusquets ha publicado Filtro de amor, Huellas y La reina de la remolacha.
Ediciones del Bronce ha publicado El último informe del Padre Damien.
En catalán, Quaderns Crema ha publicado La reina de la remolatxa.

martes, 28 de abril de 2009

Diario de viaje: Baviera

Zwiesel, 4 de abril de 2009

Hemos preguntado cómo llegar en tren a Zwiesel y nos han indicado todo fantásticamente. En dos horas y media estábamos aquí a pesar de los trasbordos. Estupendo sistema de transporte público, vive dios. Y ni siquiera nos ha parecido caro. Hemos visto nieve por el camino; pero al llegar hacía un solecillo la mar de agradable. Llamé a Frau S. y nos fue a buscar en coche a la estación. Es muy simpática. No entiende por qué siendo de un lugar soleado hemos venido a parar a la Selva Bávara, donde tienen nieve 5 meses al año. Por lo visto, a principios de semana seguían con un metro de nieve. Nos ha ido de pelos. Nada más llegar, J. ha empezado a ver pájaros. El pueblo es muy tranquilito. La calle principal, con el Ayuntamiento y todas las fachadas tan bien pintaditas, de colores, es de cuento.

Zwiesel, 5 de abril de 2009

Cogemos el tren a Bayerische Eisenstein, que está a más altura que Zwiesel. Por el camino vemos unos abetos altísimos y mucha nieve. Qué pueblo tan bonito, con sus torres de iglesia. Hace muy buen día. Comenzamos la caminata sin sospechar el lío en el que nos estamos metiendo. Cuando llegamos al río, donde empieza la señalización del sendero que hemos elegido, sorpresa: está todo cubierto de nieve. Empieza una lucha contra los elementos que durará horas. Pero el bosque vale la pena (cuando consigo verlo, claro, me paso bastante rato con nieve hasta la rodilla y a veces me cuesta un poquillo salir).
Grafenau, 8 de abril de 2009

Frase del día: "einige Steigen" (algunas pendientes). J. bromea diciendo que igual en el arroyo hay un mirlo acuático como el que vimos en Zwiesel y pasa uno escopeteado. Buen augurio. Pasamos al lado de un nevero (a la vuelta haremos aprecio del banco colindante) y contemplamos los prados. Nos metemos por un bosque mixto de robles y abetos llenito de pajarillos que nos lleva hasta el río Grosser Ohe, que acaba confluyendo (en Passau) con el Danubio.

Regensburg, 10 de abril de 2009

Regensburg es la única ciudad medieval alemana que sobrevivió a la segunda guerra mundial, y es Patrimonio de la Humanidad desde 2006. Salimos disparados a explorar la parte antigua. Empezamos por el puente de piedra sobre el río Danubio. Hay una salchichería al lado, se supone que es la más antigua del mundo (es del siglo XII) y que si no te comes una salchicha de esas no has estado en Regensburg. J. se sacrifica por la causa (y yo más, porque, como soy la portavoz oficial, entro en una cocina diminuta a comprar la salchicha y quedo aromatizada para días). Lleva algo de "sauerkraut", pero J. se la zampa sin contemplaciones. Hace un día increíble y no se ha quedado en casa ni Blas (nos recuerda al Viernes Santo que pasamos en Ljubliana hace tres o cuatro años). Hay terrazas por todas partes, hasta arriba de gente. En los "biergarten" hay centenares de personas (algunas cervecerías alemanas tienen más población que el pueblo de J.) que han aparcado fuera las bicis.
Munich, 11 de abril de 2009

El tren a Munich parece un "tren biergarten"; todo lleno de gente bebiendo y cantando. Llevan camisetas (y bufandas, con el calor que hace) del Bayern. Al llegar, la estación está tomada por la policía, cámaras de vídeo en ristre. Vemos pasar un tranvía que han "secuestrado" los hinchas del Frankfurt (no se atreve a subirse nadie en la parada); por lo visto hemos llegado en día de fútbol, y de otros acontecimientos. El centro de la ciudad está totalmente colapsado. Manifestantes con banderas de Israel (ni idea de por qué), pacifistas en contra de la participación de tropas alemanas en conflictos extranjeros, los susodichos hinchas, las terrazas hasta arriba de gente (cómo no), familias aprovechando la llegada de la primavera... Después de la tranquilidad de la Selva Bávara, el mogollón se nos hace cuesta arriba. Nos vamos al Englischer Garten, unos jardines enormes donde la gente va a hacer de todo: surf (tal cual), ceremonias de té a la japonesa, tomar el sol con más o menos ropa, correr o ir en bici (con o sin extensión para niño), jugar al "corro de la patata" (o algo así) cerveza en ristre (los adolescentes), zamparse (varias) jarras de litro en el "biergarten", escuchar a la banda de música (vestidos de bávaros, los músicos, digo)...

La foto es de cosecha propia, con tratamiento digital de Jaime Seuma.
Más fotos del viaje aquí.

lunes, 27 de abril de 2009

¿Puede un final redimir una película?

Como dice en The International el actor alemán Armin Mueller-Stahl, en el papel del coronel Wexler, “There’s a difference between truth and fiction; fiction has to make sense” (la diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción debe tener sentido). Lástima que al guionista y al director de la película se les pasó por alto semejante máxima, en su afán por crear un "thriller" político ambicioso y de gran actualidad. Porque el principal fallo de la película es justamente que el argumento cojea: es impensable que el bueno de Louis Salinger/Clive Owen pueda hacerle algo más que cosquillas a un banco de esa relevancia y no es creíble que su personaje (voluntarioso, sin duchar ni afeitar, acumulando heridas de guerra a lo largo de la película, obsesionado con hacer justicia, la criatura) pueda llegar a inquietar lo más mínimo a los ejecutivos de dicho banco.
En fin, yo es que no soy muy fan de este tipo de películas; pero a la espera de estrenos que me llamen más la atención, decidimos darle una oportunidad a una película con tan buenas "intenciones" y, al menos, pasar el rato. Y entretenida es. Por una parte, está la muy buena escena de acción en una réplica del Guggenheim construida en un estudio. Y luego, algo que debe ser un poco infantil o una obsesión particular, pero siempre me hace ilusión que una película me lleve de viaje por diferentes ciudades. En este caso, Clive Owen se convierte en un auténtico Willy Fogg que hasta camina por los tejados del Gran Bazar con la Mezquita Azul de fondo, en una bellísima imagen. Las intenciones en cuestión quedan claras desde el póster o el tráiler de la película, donde ya nos avisan de que los bancos no solo controlan nuestro dinero, sino a nuestros gobiernos y nuestras vidas, y todo el mundo debe pagar (menos ellos, claro, que por algo tienen la sartén por el mango). Algo de lo que me parece que se ha dado cuenta hasta Blas en los últimos meses.
Pero una película necesita mucho más para ser sólida. Y lo primero, unos personajes menos planos y caricaturescos. El personaje de Clive Owen no está bien desarrollado, pero te lo acabas medio creyendo; pero lo de Naomi Watts no tiene nombre, o ella lo hace fatal o no pudo hacer más con el guión que le dieron (o ambas cosas a la vez). No basta con que, tras un digno final (sentía yo curiosidad por ver cómo saldrían del embrollo), nos pongan unos recortes de prensa para "predicar a los convertidos", que se dice en inglés. En fin, un entretenimiento para los que necesitamos algo de ideología además de la acción.

martes, 21 de abril de 2009

Y de postre...

Ahí queda eso.

"I don't think reading blogs count as reading"
(No creo que la lectura de blogs pueda considerarse leer)
Salman Rushdie, preocupado porque los jóvenes de hoy leen menos libros que antes

lunes, 20 de abril de 2009

La manzana del día

"There are many roads to truth"
(Son muchos los caminos que llevan a la verdad)
Salman Rushdie sobre las licencias literarias