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jueves, 7 de mayo de 2009

Una nueva decepción para mi lista

El mes pasado, la nueva novela de Louise Erdrich, The Plague of Doves (2008), quedaba finalista para el Premio Pulitzer en la categoría de ficción. He de decir que, tras leer anteriormente siete de sus novelas, esta es la primera vez que un libro suyo me decepciona (diga lo que diga Philip Roth). Aunque también es cierto que la última que había leído (Four Souls, 2004) me había parecido inferior a las anteriores; a pesar de la recuperación de personajes como Nanapush y de una prosa que evocaba a la de los mejores tiempos. Y con ello no quiero decir que me quedase anclada en la exhuberancia de sus primeras obras; porque me entusiasmaron dos publicadas ya en el nuevo milenio, The Last Report on the Miracles at Little No Horse (2001) y The Master Butchers Singing Club (2003).
Leí por primera vez a esta autora en la facultad, tras la publicación de Love Medicine (1984), la primera (y muy premiada) de varias novelas con una estructura similar (probablemente inspirada por Faulkner) que da voz a diferentes personajes (que, como la propia autora, descienden de nativos americanos, alemanes, franceses... y que como ella nacieron en la zona de las reservas indias de Dakota del Norte) para narrar décadas de historia familiar y local. Me quedé maravillada por la fuerza expresiva de su narrativa, por la mezcla de realidad gris con toques de color, sin reivindicaciones chillonas, y leyenda mágica. A todo ello contribuyó que la propia autora visitara la clase de literatura norteamericana a la que asistía (resultó ser tan fascinante y seductora como su novela). Más tarde, compré The Beet Queen (1986) en los puestos de segunda mano del South Bank de Londres. Me pareció una forma inteligente de no repetir el mismo patrón, con menos personajes "nativos", centrándose en otra faceta de sus propios orígenes, en los americanos de origen alemán (como su padre). Luego llegarían The Bingo Palace (1994) y Tales of Burning Love (1997); todas ellas con abundantes vínculos geográficos y narrativos, así como personajes en común.
En The Plague of Doves, la habitual estructura de voces que aportan información sobre la misma historia resulta más confusa, está peor tejida. Erdrich continúa escribiendo bien (no creo que pueda hacer lo contrario), pero está menos inspirada o más desganada. El misterio del asesinato de toda una familia (y la violencia de la venganza racista que le sigue), que se supone que es el centro de la narración y que condiciona las vidas de las siguientes generaciones de población blanca (y no tan blanca) de una pequeña localidad de Dakota del Norte y de los Ojibwe que viven en la reserva colindante, no parece tan decisivo para el lector, ni tan intrigante. Y para ocupar tantas páginas, se liquida en apenas las diez últimas y con pocas contemplaciones. Un tema interesante que aparece en la trama y las subtramas es la distorsión de la verdad; pero, a mi entender, no acaba de comunicarse bien.
Ya no sé si son mis autores favoritos los que se hacen viejos, o si soy yo la que se ha hecho demasiado mayor y crítica. Seguramente se trate de una mezcla de ambas cosas.

Tusquets ha publicado Filtro de amor, Huellas y La reina de la remolacha.
Ediciones del Bronce ha publicado El último informe del Padre Damien.
En catalán, Quaderns Crema ha publicado La reina de la remolatxa.

jueves, 8 de mayo de 2008

"Elegy" se queda corta

Tenía ganas de ver la nueva película de Isabel Coixet desde que leí que estaba basada en una novela de Philip Roth. Es un escritor que me parece muy sólido (aunque se repite un poco). Y el trabajo anterior de la directora me había gustado mucho. La vida secreta de las palabras me pareció asombrosa, con la siempre eficaz Sarah Polley y un Tim Robbins como nunca (salí enamorada de él, cada vez que me acuerdo, que tiene su mérito, de su "Aprenderé a nadar"...). Mi vida sin mí (sobre todo) y Cosas que nunca te dije también pertenecen a ese tipo de películas que permanecen en ti unos días después de haberlas visto; que te llegan. Esa es una de las cualidades del cine de Coixet, en mi opinión; su capacidad para conmover en la medida justa.
En ese sentido, creo que Elegy se queda un poco corta. Quizá resulte menos personal por su condición de película de encargo. Para mí, lo que perdura, por encima de la trama, de la historia de amor, es la interpretación de Ben Kingsley (con su maravilloso acento inglés, por fin, gran decisión que no hiciera de norteamericano), que está muy en su papel de alter ego de Roth. Y los secundarios están a la altura, desde luego. Dennis Hopper borda el papel de poeta sinvergüenza. Lo mismo que Patricia Clarkson haciendo de eterna amante. A Peter Sarsgaard no le había visto antes, pero parece otro actor muy solvente (la cara de amargura de su personaje está muy conseguida). Y llegamos a Penélope Cruz. He aquí mi principal pero a esta película; sospecho que me hubiera gustado bastante más con otra actriz. Penélope no es santo de mi devoción (aunque me sorprendió en Volver), así que puede ser prejuicio mío, pero no veo que exista ninguna química con Ben Kingsley. No me convence la relación entre ellos. No sé si no está bien desarrollado su personaje o si es ella la que no lo representa adecuadamente (y ya será lo segundo). La duda que me queda tras leer que se escogió a la actriz antes que a la directora es si la hubiera elegido Coixet de no habérsela encontrado ya en el proyecto.
El caso es que la película está bien construida, como era esperable, con alguna excepción (¿era necesaria esa escena con Hopper trastornado y moribundo?, para el papel que le dan a Deborah Harry, podían habérsela ahorrado). No hay fotograma que no se pueda poner en un marco, y la puesta en escena es muy elegante: con esa música tan maravillosa y la casa de Kepesh, que es justo como nos la hubiéramos imaginado, con los libros y las fotografías en blanco y negro (aunque la lluvia que vemos por las ventanas es un poco de manguera). Pero no, no me llega. Me acuerdo de Kepesh, de nada más (y la vi anteayer, así que...).