En Gran Torino, Eastwood borda el papel de viejo gruñón (lo de que gruñe es literal) y racista que tiene una "perla" para todos; ya sean hijos, vecinos... (como cuando le dice al joven cura que pretende confesarle para cumplir con la última voluntad de la esposa de Walt que es un "27-year-old, over-educated, virgin priest", una de las mejores salidas del personaje). El rosario de epítetos racistas que dedica a sus vecinos resulta de lo más exhaustivo; pero Walt acaba siendo un hombre entrañable, de principios.
La historia se salva, además de por el buen hacer de Eastwood (que parece obsesionado por la violencia, quizá es herencia de papeles como Harry el Sucio, aunque vivir en los EE.UU. debe ayudar bastante), por un final inesperado (y no me refiero a que el hombre cante, algo que se podía haber ahorrado, parece empeñado en hacerlo absolutamente todo él mismo).
Para fans.
Entrevista con Clint Eastwood en El Mundo.
