Aunque los Premios Planeta ni me sorprenden ni me dejan de sorprender porque no me suelen interesar, sí encuentro curioso haber dado un premio de novela a una obra que no lo es. Desde luego, Millás escribe (en mi opinión) mejor que muchos escritores que ganan ese premio. Es más, creo que escribe muy bien. Y soy una gran admiradora de sus artículos periodísticos (sobre todo de los que publica en un formato más corto, comentando fotos o noticias). Me gustaron mucho sus primeras novelas y disfruto leyendo cualquier cosa que haya escrito él, con su ingenio habitual, sus acertadas metáforas y su amargura no exenta de ternura. Como tengo quien me las suministre, he leído incluso novelas como Laura y Julio, que parece que las haya escrito ya hace tiempo, de tan "millasianas", y que, lamentablemente, no dejan ningún poso en el lector. Pero, insisto, el yoga le debe resultar demasiado fácil; sobre todo ahora que lleva tanto tiempo practicándolo.
En un momento del libro, hablando de El jardín vacío, Millás comenta que "No era una novela propiamente dicha, sino una digestión, un proceso metabólico, una asimilación". Podría decirse exactamente lo mismo de esta, que es justamente eso, cualquier cosa menos una novela; algún proceso que quizás el Millás "hijo de vecino" necesitaba hacer, pero que el "Millás autor" debería haber sabido transformar en literatura.
